Me voy hacer un Silicon Valley: el peligro de medir el progreso en toneladas

Me voy hacer un Silicon Valley”. Tal es la frivolidad y la incompetencia de algunos políticos que asusta. Pensar que por destinar 7, 10, 25, 300 millones de euros en crear un edificio o un complejo de ellos se puede replicar o crear un ecosistema innovador, es como creer que una persona con 140 kilos y obesa puede hacer una maratón en menos de 2 horas porque compró las zapatillas de Eliud Kipchoge. Asociamos innovación a gasto, y en política a edificios. Y luego no tienen dinero ni para mantenerlos ni para llenarlos de contenido. Mientras sigamos midiendo la innovación y el progreso en toneladas de hormigón, mal vamos a gestionar. Mientras ignoremos que la frontera entre Kipchoge y yo es muy superior a unas zapatillas, menos tiempo dedicaré a una dieta saludable y un entrenamiento continuo.

Esto es muy de política faraónica, y seguro se te ocurren muchos ejemplos mientras lees esto. Si te das un paseo por Sevilla o por Zaragoza lo podrás comprobar. La Expo de Zaragoza, en el mejor de los casos, costó unos 600 millones de euros y su producto final fue crear muertos de hormigón vacíos. Ahora piensa una cosa: estudiar en Harvard 4 años cuesta 100.000 euros. ¿No sería más rentable tener a 6.000 jóvenes aragoneses estudiando en Harvard 4 años con todo pagado? Sólo por poner un ejemplo de coste de oportunidad del dinero público…(piensa que la Universidad de Zaragoza tiene unos 31.000 estudiantes).

Crear ecosistemas de emprendimiento y de innovación no va de hormigón, va de cultura, de personas, de instituciones adaptadas a las necesidades de las personas que emprenden y crean valor; va de apertura mental, de formación, de intangibles, de apoyo social.

Sobran edificios y espacios. El mayor hervidero de ideas innovadoras del mismísimo MIT fue su Edificio 20, cutre donde los haya. Pero funcional, donde la interacción del talento logró cosas extraordinarias para la humanidad. Te invito a leer lo último de Tim Harford y encontrarás muchos ejemplos como éste.

El hormigón es fácil de licitar, lo difícil es llenarlo de ideas y crear incentivos para que las personas usen su talento para afrontar el riesgo que supone transformar el futuro. Faltan ideas y sobre todo culturas inclusiva. Que la universidad, la empresa y las instituciones se mimeticen y se comprometan por la meritocracia, por la diversidad, por la colaboración, por la apertura de fronteras. Falta limpieza de normas, de obstáculos, y eliminar el eslogan que reina nuestro ADN social: ‘esto no se puede hacer’.

Es hora de rentabilizar la cantidad de dinero público y privado metido en hormigón y llenarlos de ideas y culturas que favorezcan la libertad de las personas para crear y dinamizar sus empresas.

Es hora de facilitar la contratación de talento extranjero; facilitar nuevas formas de remuneración (sobre todo en nuevas empresas jóvenes que no tienen recursos pero tienen proyectos) y trabajar en lo que hace fuerte a un país: sus ideas y su ejecución.

Como escribía en su día en Sintetia:

La mayor parte del crecimiento se esconde tras un elemento genéricamente llamado “aumento de la productividad”, el cual, a pesar de ser un gran desconocido, era el único determinante del crecimiento de la renta a largo plazo hasta la década de los 80, donde el economista Paul Romer dio con la solución más precisa: el crecimiento económico está causado por la creación de nuevos factores de producción no rivales, es decir, por el nacimiento y la implementación de nuevas ideas con valor.

La polea, el teorema de Pitágoras, el barbecho, la máquina de vapor o los lenguajes de programación tienen una característica común: una vez inventados, todo el mundo puede usarlos sin con ello impedir que el resto del mundo los utilice a su vez.

Cada vez que se realiza un nuevo descubrimiento, este pasa a formar siempre del conjunto del conocimiento humano, superando y sustituyendo soluciones obsoletas.

Los fabricantes de pantalones no han de inventar para cada modelo la cremallera. Y cuando un informático invoca métodos para crear una base de datos, dibujar una textura o crear un interfaz de usuario rara vez crea algo nuevo, sino que solo necesita copiar y adaptar los procesos óptimos ya existentes.

Nuestro stock de conocimiento mundial va creciendo.

El reto es detectar el conocimiento, comprenderlo y absorber lo mejor del mismo para seguir construyendo y creando valor añadido. España tiene que ser un país proactivo en aplicar nuestras capacidades para buscar y diseñar soluciones a problemas. Con mentalidad global, con alta capacidad de comunicación y, sobre todo, con dominio de idiomas y disponibilidad para cooperar.

Para crear empresas globales, diferentes y con capacidad de escalar se precisa una alienación de los astros que influyen en el crecimiento económico: instituciones eficaces, universidades abiertas, globales y con alta capacidad de difusión de su conocimiento; natalidad empresarial liderada por jóvenes y profesionales de gran talento; empresas consolidadas en proceso de re-pensamiento y con un foco en crecer, y mejorar la forma en la que gestionan para ser verdaderos hervideros de capacidades creativas continuas.

“Mientras el proceso político no detenga el cambio tecnológico, no temo un frenazo en el ritmo del progreso tecnológico” nos decía el autor de “Por qué Fracasan los Países”, Daron Acemoglu, en una entrevista que le hicimos con motivo de la publicación de su libro en castellano. Y es que el progreso y la riqueza se encuentran en la forma en la que se combinan los recursos para generar más producción, calidad o eficiencia.

La creación, difusión y comercialización de nuevas ideas responde en gran parte a incentivos de mercado. El progreso tecnológico y el crecimiento económico dependen de que los incentivos estén alineados para que los agentes se muevan hacia donde puedan dar más de sí, para que generen ideas y arriesguen en su implantación; y con ello ofrecer alternativas de producción o simplemente nuevos bienes o servicios al mercado. Los agentes arriesgan cada vez que introducen una novedad en el mercado o en el sistema productivo, pues nada garantiza que una idea sea comercialmente viable. Ese riesgo tiende a ser menor en aquellas economías con alta dotación de talento, con una cooperación empresarial muy tupida y donde existen fuertes redes de empresas y centros de conocimiento donde las ideas se convierten en soluciones de una forma menos costosa y eficaz.

Para tener una economía fuerte y saneada preparada para el siglo XXI en España tenemos que colocar en primer lugar todos aquellos condimentos que permitan crear sólidos pilares para el crecimiento económico. Y eso pasa inevitablemente porque España deje de invertir en toneladas (de hormigón, asfalto o materias primas sin transformación) para hacerlo en intangibles, que son los verdaderos activos del siglo XXI.