No había antecedentes
El Airbus A320 nunca se había estrellado, fue su primera vez ese fatídico 24 de marzo de 2015. Un tipo suicida, que nunca había hecho nada raro, que no tenía antecedentes de empotrar un avión cargado de pasajeros contra una montaña, hizo lo propio en los Alpes porque estaba deprimido. Un 16 de agosto, tras más de 15.500 días viviendo, haciendo historia con sus letras, éxitos y movimientos de cadera, nadie anticipó que Elvis, el Rey, iba a morir de un infarto. No había antecedentes en esos 15.500 días en los que estuvo vivo, esos 42 años, de haber tenido fuertes infartos como el que sufrió ese día. Un gran amigo de la infancia, salió a correr como lo venía haciendo en los últimos 15 años. Atlético, con un cuidado extremo de su alimentación, ejercicio y pruebas médicas, no tenía antecedentes de caerse, encontrarse mal y tener un tumor en la cabeza del tamaño de una canica que casi lo mata. Tras ser la primera empresa energética del mundo con más de 100.000 millones de dólares de ingresos, un día en una inspección alguien se da cuenta que la joya de la corona americana, Enron, estaba construida sobre una mentira contable. Le quitaron 10.000 millones de grasa contable que la llevaron a la quiebra en cuestión de horas. Todo se desplomó y sus únicos antecedentes eran los de un imperio económico energético. Aquella tarde, tras ser vitoreado y aclamado como uno de los mejores, de camino a su hotel, un accidente le segó la vida. No tenía antecedentes.
Hoy la noticia del día es que el líder intelectual del atentado de Barcelona, el imán de Ripoll Abdelbaki es Satty, no tenía antecedentes, a pesar de que la policía belga venía vigilando sus comportamientos extraños y avisó a la policía española.
La gran mayoría de las cosas que nos pasan, en cualquier ámbito, no tienen antecedentes. No hace falta ser un cisne negro para que esto ocurra. Nassim Taleb usó la analogía del cisne negro para llamar así a los sucesos que de alguna forma son impensables o de muy baja probabilidad en el momento de que ocurren, y tienen efectos dramáticos, positivos o negativos. Pero ocurren, tienen un gran impacto y nos quedamos noqueados hasta que empezamos a unir los puntos hacia atrás — es más fácil que hacerlo hacia adelante — y explicar lo que todo el mundo, después, parece que sabía, preveía o consideraba probable. Nos hemos hecho expertos en el retrovisor, en explicar hechos pasados uniendo cabos que sólo parecían visibles después de que las cosas ocurran.

Nos gusta más la narrativa que la lógica matemática. Nos asustan los riesgos y la fría sensación de inseguridad de no saber qué nos pasará en cualquier momento. Estamos cómodos explicando hechos pasados con la implacable intención de asumir que, en el fondo, erramos en las previsiones, pero estaban ahí, sólo era cuestión de poner la graduación adecuada a nuestras gafas. Sin embargo, estamos desnudos ante el riesgo y mucho más ante la incertidumbre (no sabemos la probabilidad de que ocurra un suceso ni cuándo o dónde).
Ante un mundo complejo, poco previsible, el propio Nassim Taleb sólo nos aporta una solución, ser lo contrario a la fragilidad, lo llama la antifragilidad. En el fondo no deja de reconocer que no podemos luchar contra lo imprevisible, ni aferrarnos a una idea como si fuera inmutable. Debemos asumir que la vida no es una línea recta. Las decisiones son tan efímeras que deberíamos cambiarlas, o al menos revisarlas, cuando tengamos información nueva. Ser flexibles, alertas, aprender, desaprender, actuar rápido, revisar cada poco dónde está el viento y cambiar las velas; caminar por la vida con GPS y tanto con mapas fijos cuya información puede quedarse desfasada. Trabajar en planes A, B, C o los que hagan falta. Dar pocas cosas por sentadas, tener pensamiento crítico, simular y hacerse fuertes ante sucesos que están ahí y que no vemos, pero existen.
De nada sirve el «nunca antes ha mordido ni atacado a nadie», «era joven y pacífico, no doy crédito a lo que ha hecho», parecía que quería mucho a «sus hijos y su esposa, a los que acaba de matar», o la típica frase «jamás dejó de pagar sus facturas, ¿cómo ha podido quebrar?». Colocarnos en el ¿y si?, prepararse para un escenario distinto, saber reaccionar ante cosas que no parece que puedan pasar; es nuestro destino, la complejidad, y esto va a peor, es también fragilidad. Y la fragilidad no se puede sortear con anumerismo — desconocimiento de las matemáticas básicas y del campo de la probabilidad, fundamentalmente- ni con rigidez. Es otra forma de vivir, es otra forma de pensar, es otra forma de actuar, es otra forma de aprender. No creo que sea la más sana, pero igual nos evita sorpresas, no tenemos antecedentes sobre cómo sobrellevar la complejidad.
