Vencer al gorila, mi gran victoria
Lo tenía todo, o eso creían. Empezaba mi camino a una nueva vida, o eso intentaba. El camino empezó unos días antes, cuando me aseguré de tener el reloj correcto, las zapatillas adecuadas, la camiseta y la aplicación del móvil de la que todos hablan instalada. Prepararse para ese primer día es una mezcla de ilusión, nervios, ansiedad del momento por volver a empezar. Esta vez será diferente, te dices. Lo intentas otra vez desde hace más de diez años, casi siempre por las mismas fechas. Fueron más de diez intentos, ¿o fueron veinte o treinta? Da igual, cada intento no duró más de una semana. Esta vez tenía que ser diferente.
Primer paso, segundo, tercero, esto parece nuevo, la sensación es extraña, y aún confías en que irá bien. Pero hacia la mitad del primer kilómetro empiezan los problemas. Tus músculos prácticamente no están acostumbrados a absorber ácido láctico, algo así como el combustible que necesitan para moverse. Es como querer beber de una boca de incendios, no puedes. El corazón bombea más y más, en un intento de dar oxígeno rápido ante tanta «anomalía». La sensación de asfixia empieza a ser dura. Miras para atrás y ves tu casa ahí al lado. ¡Acabas de salir! Te dices a ti mismo. Sigues, un paso más, pero fisiológicamente no estás preparado. Esto es un proceso, largo, adaptativo, difícil. Quería empezar el camino a una nueva vida, pero no sería fácil. Ese primer día la recompensa fue la asfixia, los dolores, y regresar a casa con un sentimiento de derrota.
De las derrotas se sale con esfuerzo mental. Tenía todo lo que se podía comprar, pero faltaba el componente principal. No está en ninguna estantería de supermercado y es el trabajo mental. Doblegar a un subsconsciente poderoso, más entrenado que mis piernas, con buena base argumental y gran capacidad para hacerte decaer. Cuando lo intenté esas diez, veinte o treinta veces antes, siempre ganó. Ahora se cree victorioso otra vez. Dolores, sensación de incapacidad. La invitación a la retirada, la imagen de ridículo, viejo, flácido y derrotado físicamente es muy impactante. Salir de ella es tremendamente difícil.
Esta vez sería distinto, tenía que ser distinto, se trataba de aguantar en los peores momentos, los inciales. Había que entrenar más y más al gorila que tengo por subconsciente. Poderoso, fuerte, intimidatorio. Silencio, valor, mucho valor, respiración, concentración y visionar. La imagen corriendo, cada vez más ligero, ganando en salud, en agilidad, en fortaleza, en energía. Sensación poderosa que hacía más de diez años que no sentía. Pero que tenía grabada en mi retina. La traje al momento presente, en ese sillón, en silencio, en mi habitación. Los pensamientos negativos, distorsionados, inundaban mi cabeza. El gorila poderoso e intimidatorio tiene muchas armas, una de ellas es evitar que te concentres en algo que haga cambiar tu estado actual. Un paso, otro y otro, imaginar que puedes, en esa senda, con ese aire fresco, esas praderas, vacas, árboles, pájaros cantando. Paz, fuerza, energía. Puedes hacerlo.

El gorila espera al acecho, «te espero mañana cuando salgas», piensa. Y, efectivamente, mañana, un paso, otro y otro, mismo problema que el día anterior: asfixia, dolores, incapacidad para continuar y a caminar. Pero esta vez te pones a caminar. «Si no corro, al menos camino» me digo. Un paso, otro, hasta ver las praderas, vacas, árboles, pájaros, recrearme con el ambiente. Necesito material para seguir domando al gorila en mi cabeza. Sigo.
Otro día, otro paso, y otro. Lento, pesado, vuelta a la derrota, pero con menos amargor. Ese día, uno cualquiera del principio, tras la pesada sensación, comes algo mejor. Esto va de cabeza y de alimentación. Va de subir escaleras cuando tienes la opción de ir en ascensor. Ir caminando a la reunión cuando podrías ir en coche, va de pequeñas victorias. Pero la principal es visionar, aportarte la imagen de que hacerlo es un proceso largo. Mantener la motivación es la única opción. El gorila habla, y habla, y no se calla, y me torpedea.
Lo peor es ser consciente de todo lo que queda por hacer. Días y días, cientos de kilómetros para romper la barrera del dominio y no abandonar. Día tras día, cada kilómetro es una especie de superación. Un dolor que es más mental que físico, pegarse contra uno mismo. Te sientes débil de mentalidad, abatido, ¿cómo aguantar todo esto? Buscas recursos, veo en You Tube un video que me impactó. Hay que tener motivos, ser constante y domar al gorila.
Sigo leyendo sobre cómo trabajar y entrenar mi mente. Cierro los ojos, atiendo a mi respiración y observo los cientos de pensamientos por segundo. Mi cabeza es un hervidero. El gorila se mueve a sus anchas, tiene dominada la cancha. Será duro destronarle. Cada vez que sales a correr, te dice que no. Convencerle de lo contrario requiere una clase de retórica avanzada. Sales otro día, kilómetro a kilómetro, lento, pesado, pero vas algo mejor aunque es inapreciable, por el dolor y tu atención a una respiración que te ahoga. Te engañas con música, con pensamientos, pero rápidamente todo tu ser te lleva a «parar, stop, peligro, no, no lo hagas. Vete a trabajar, vete a dormir, vete a leer, camina, esto no es para ti, te vas a lesionar…» el gorila saca sus armas, me da donde más me duele.
Acabas todos los días con una derrota, con los dolores de quien ha recibido una paliza, pero la mente también, el gorila empieza a ver que no le escucho. Dime, no te voy hacer caso. Dices no, pero yo digo si, no me vas a quitar los motivos, ni la intención, ni por supuesto mi libertad. Así es como lo he ido doblegando. Una noche, y después otra y otra, cenas más ligero, cada día te preocupas más de comer mejor. Lees, te informas, tienes la sensación de que el sufrimiento se evita con pequeños actos heroicos y soportar tentaciones.
Otro día vas al gimnasio, para evitar lesiones y fortalecer ese mar de flacidez, de grasa magra a la vista de cualquiera. El espectáculo de no poder levantar un peso para un mamotreto de casi 100 kilos es digno de ver. En las máquinas de al lado, tipos definidos, que sudan con placer, que levantan pesos para perfilar aún más su cuerpo perfecto, al menos para para mis ojos. Piensas en la de veces que tienes que ir para lograr algo así. No ves cumplido el objetivo, el gorila salta con fuerza, te dice «abandona, para qué lo haces, te llevará tanto tiempo que no podrás hacerlo… Tienes otras prioridades, come, duerme, descansa, ocupa el tiempo en otra cosa. Te equivocas». Pero dices, no, no me equivoco. Sigo, esta vez con dolores en músculos que no sabes que tenías. Todo tu ser agotado, no puedes abrocharte bien los zapatos, tu cara roja, no dejas de sudar, todo un espectáculo que quieres esconder con el pudor del principiante. Vuelves a la carga con tu cabeza, te visionas más fuerte, con más energía, y con la determinación de que debo continuar. Y así otro día, ratos caminando, ratos corriendo, cada pendiente una penitencia, no llegas, no puedes, no das más de ti. Pero la haces, a pie o corriendo, pero se hace. Pequeñas victorias, te demuestras que puedes. Que una vez lo hiciste, hace muchos años, y esta vez no será para menos.
Tu médico te dice que los resultados de tus analíticas han mejorado. Poco, pero en los escasos meses desde que han transcurrido desde las últimas esa mejora es importante, todo suma en un contexto donde hacía pocos meses que te habías quedado paralizado físicamente, y una especie clavo penetró en mi cabeza causándome un dolor que no cesó durante 16 meses de continuo, día tras día. En medio de todos los dolores, derrotado, incapaz de ofrecer nada más, ves una luz, hay pequeñas mejoras, pequeñas victorias. Me siento más ligero dentro de la rigidez, dentro de la grasa magra. Algo funciona mejor, respiro mejor. Tomas fuerzas, puedes doblegar aún más al gorila. Ahora le digo que se siente y come de mi mano. Ya me tiene miedo.
Practico la atención plena mientras como, mientras ceno, mientras algo taladra la cabeza con un dolor agudo, mientras camino, en silencio, con ruido, haciendo la compra, en la ducha. Doblegar la mente no solo requería una clase de oratoria avanzada, también aprender una especie de karate mental que te permitiera estar presente, no indentificarte con los pensamientos, visualizar cosas positivas, darte energía, fuerza y, sobre todo, no ceder ante las tentaciones. Salir, moverse, caminar, ir, hacer lo que tú decides hacer y no estar al dictado de tu subconsciente. Pequeñas victorias.
«Te veo bien, has rejuvenecido», «tienes un aspecto más saludable», «papá ya no está tan enfadado». Pequeñas victorias que dan paso a grandes transformaciones. Desde que nacieron mis hijas me pintaron en familia con mucho peso, con un maletín, un móvil, un tipo apegado a un portátil y a un coche. En la pared de mi cocina tengo esos pequeños trofeos a la mediocridad. Los últimos dibujos son de un tipo que se ríe, inexistente durante años, en pantalones cortos y de la mano de su familia. La gran victoria. La imagen con la que mi gorila no puede, se queda petrificado, hundido. La uso cuando cuando hago mis ejercicios mentales, después de verla se escapa y no la veo durante días. Pero es sigiloso, vuelve sin que te des cuenta, pero no le tengo miedo, él me lo tiene a mí.
