¿Un buen discurso da la credibilidad?


“No basta un mensaje profundo o novedoso para captar la atención de las personas”

Comunicar es una tarea difícil y abierta a múltiples fracasos.

Con seres humanos cada vez más prevenidos y capaces, se vuelve complicado convencer y persuadir, que es todo el propósito de la comunicación.

Porque la buena comunicación contiene un mensaje eficaz, no basta con eso para mover a la gente en una dirección. La necesidad de sentido es casi insaciable en nuestra especie. La gente busca certezas y conocimientos hasta en la ropa, la apariencia, los gustos y la clase social. Todos estos elementos y más, aunados a un mensaje eficaz, entran en juego en un proceso de comunicación.

Hace dos mil años, en Palestina, Jesús atisbó con acierto el problema. De tomar sus palabras como un estudio de comunicación humana, el galileo enseñó que el mensaje idóneo, por más valioso que sea, sólo convencerá a una minoría.

Para demostrar este efecto, propuso cuatro tipos de oyentes. Agrupados en la parábola del sembrador, se refirió a cada uno según sus reacciones. Con su ejemplar elocuencia lo relató así: Un hombre echa semillas en el campo pero algunas caen fuera del surco; de inmediato se pierden devoradas por los pájaros; otras caen en las piedras y ahí mismo retoñan, pero mueren por falta de agua. Otras se posan entre espinas y, apenas germinan, se destruyen. Por último, caen semillas en tierra buena, y ahí se desarrollan y se multiplican por cien.

A continuación Jesús aclara el apólogo: “La semilla es la palabra de Dios. Los que están en el camino son los que la han escuchado, pero luego viene el diablo y la arrebata… Los que sobre la roca son aquellos que, oída, la recogen con alegría, pero no tienen raíces…Lo que cayó entre espinos son aquellos que, después de haberla escuchado, viven ahogados por las preocupaciones, y no dan fruto…Lo que se sembró en tierra buena son aquellos que con un corazón noble… retienen la palabra y dan fruto con constancia” (San Lucas 8, 11–15).

En consecuencia, no basta un mensaje profundo o novedoso para captar la atención de las personas.

El mismo Jesús vivió situaciones conflictivas durante su viaje misionero. Mientras predicaba la buena nueva, algunas personas reconocieron su origen familiar, que identificaban con las clases bajas de la época, y se lo recriminaron. No rechazaron su mensaje (lo hallaron formidable); lo rechazaron a él por pertenecer a una familia de simples carpinteros.

Por eso, quien busque atraer la voluntad o la admiración de los demás fracasará si solo cultiva su mensaje e ignora la historia personal que representa (o su contexto social); de igual forma, si solo presume su reputación y descuida su discurso, tropezará con rechazos. Un ejemplo de lo primero (buen mensaje y mala imagen) puede hallarse en alguno de los secretarios de Estado vinculados a historias de corrupción, que se expresan con elocuencia pero nadie les cree. El segundo caso (buena imagen y nulo mensaje) encaja a la perfección con Andrea Legarreta, actriz de televisión que alcanzó la fama gracias a melodramas superficiales, los propios del medio, pero que después sufrió el aborrecimiento público por hablar de temas serios sin conocimiento de causa.

Aunque resulte difícil equilibrar todos los aspectos de la comunicación para influir en la gente, ésta se da, como lo demuestran Barak Obama y el Papa Francisco, dos personajes interesante por su poder de persuasión.

Pero de estas figuras hablaremos en otra entrega.