Punto de fuga

A Roberto y Etelia

El 2011 Roberto y yo vinimos a Buenos Aires. Digo vinimos porque estas líneas las escribo sentada en un café de esa misma ciudad que caminamos de la mano y en la que ahora busco los rastros de lo que fue nuestro viaje. No por casualidad nos topamos con la entonces 21ra versión de la Feria del Libro Infantil y Juvenil donde, evidentemente, compramos libros como locos. Él El soldadito de plomo de Jorg Müller, Lobos de Emily Garvett, Secreto de familia de Isol, Pamplinas de Scieska y Smith, Los limones no son rojos de Laura Vaccaro y varios de Hervé Tullet. Yo Espejo de Suzy Lee. A la salida lo noté más misterioso y risueño que de costumbre. Cuando lo interrogué al respecto, sonrió nervioso y hurgando entre sus bolsas sacó un paquete de regalo cuadrado. A todas luces un libro. Para ti, me dijo. Adentro estaba La fuga del ilustrador quebecois Pascal Blanchet, publicada por la editorial española Bárbara Fiore. En ese tiempo yo tenía una particular predilección por todo aquello que vinculara música y texto (pictórico o escrito). Esta novela híbrida era, en ese sentido, el regalo perfecto. Él lo sabía. Con solo hojear rápidamente sus páginas me entusiasmé hasta el paroxismo.

Esa tarde, como siempre que viajábamos, caminamos muchísimo. Todavía con algunas de nuestras compras a cuestas paramos a tomar té en un café en Rodríguez Peña y Arenales. Él pidió un cortado con leche condensada, yo un café con leche–eran los tiempos en que todavía tomábamos café. Mientras me contaba una de sus películas favoritas, El nadador (1968) con Burt Lancaster, hizo una pausa. Apuntó disimuladamente con el dedo a la mesa que estaba a mis espaldas. En ella una señora mayor y su aún mayor y porteño marido compartían un café con medias lunas. En el reverso del envoltorio de un alfajor que comimos ese día, Roberto describe la escena:

Detrás de Javi, una pareja de ancianos, él considerablemente mayor que ella, aún muy elegante y presta. Él es tan viejo que pareciera resguardar el aliento que le queda únicamente para respirar. De pronto toma un papel y un lápiz que lleva en el bolsillo de su chaqueta y escribe un mensaje a su mujer. Ella lo lee y le toma la mano con cariño cálido y eterno. Lo mira con una ternura incomparable y le dice “sho también”. Luego ambos miran por la ventana la calle sabatina y a medio oscurecer en un invierno tibio y húmedo.

Cuando volvimos la mirada el uno al otro ya sabíamos que queríamos envejecer así. Imaginamos que un día él sería ese anciano y yo esa señora. Sordos, arrugados y con la vida a cuestas pero igual de enamorados y bien vestidos.

Hoy vuelvo al mismo café, a la misma mesa, al mismo asiento contra la ventana de Rodríguez Peña y Arenales. Miro la silla vacía frente a mí, tomo un sorbo de chocolate caliente y escribo. A ratos estudio las mesas a mi alrededor y es ahí cuando lo veo, encorvado sobre el diario La Nación, concentrado en el crucigrama de la última página, la silla frente a él vacía. El corazón se me hunde en el pecho. “¡Está él y está solo!” anoto en mi bitácora de viaje mientras mi respiración se acelera. En todo el café las nuestras son las dos únicas sillas vacías.

Le hago una seña al mesero para que se acerque. Te tengo que preguntar algo, le digo. Decíme. ¿Hace cuánto trabajas acá?. Uff, y hace un tiempo. A ese caballero de la mesa de allá, ¿lo conoces?. ¿A Charlie? Y sí, viene siempre por estos lados ¡Noventa y nueve años tiene el hombre! ¿Y su mujer? ¿qué le pasó a su mujer? Falleció su mujer, me dice, en agosto del año pasado. En agosto, repito, el aire escapando de mis pulmones. ¿Por qué? me pregunta. Es un viejo conocido, le digo. ¿Crees que se moleste si voy a interrumpirlo? No, estás loca, contesta. A Don Carlos le encanta conversar, imaginate, además, una chica linda como vos. Asiento. Acto seguido le saco la última página a mi libreta y escribo una carta. “Querido Carlos, mi nombre es Javiera y soy una desconocida”, comienza. Tomo mi cartera, avanzo hacia su mesa y toco su hombro. Él levanta la vista del periódico y me mira, sus ojos azules nublados por la vejez, su piel blanca arrugada, su bigote gris impoluto. Sonrío y me presento. Le entrego el pedazo de papel con la misma prestancia con la que él, hace cuatro años, entregó el suyo. Lo lee. Cuando termina me mira largamente asintiendo. Mi mujer, dice. Pero vos sos muy joven, ven, sentate, charlemos, dice. Me siento a su lado. Ambos nos miramos largo rato reconociéndonos. ¿Cuál era el nombre de su mujer? pregunto. Etelia, me contesta. Carlos y Etelia. Me toma la mano antes de comenzar a contarme su vida y preguntarme por la mía. Ya no hay sillas vacías en el café.

*

Se llama Carlos Vidaurreta. Su apellido es vasco, me cuenta. Nació en 1916, es abogado igual que su padre, ministro del gobierno de Yrigoyen por los años 30. Hizo clases de derecho constitucional en la academia toda su vida. Fue asesor de un presidente en los cincuenta pero no recuerdo cuál. Le gusta leer y cree que en Chile hay buenos escritores. Vive en esta cuadra hace cuarenta años, pero cuando niño, cuando Buenos Aires era una ciudad distinta, vivía por Almagro. Tiene dos hijos, el mayor hace un rato le trajo unas facturas del bar de la esquina que son una delicia, es ingeniero mecánico el mayor. El menor murió a los 57 años. Era ingeniero civil. Cuando habla de su hijo menor los ojos se le nublan. Tiene seis nietos, ninguno se ha casado. Hace meses que ya no lo llaman los nietos. Me cuenta que vivió en Nueva York a fines de la década del 40 porque hizo un master en Columbia. Se fueron con su mujer, los chicos y lo puesto. Le pregunto cómo era Nueva York en esa época. Me habla del jazz, de los libros, del Central Park. Dice que el 57 vivieron en Dallas. El mayor alcanzó a ir a la escuela allá.

Me pregunta qué hago en Argentina. Le digo que estoy en un congreso sobre libros antiguos en la Biblioteca Nacional. Me escucha interesado. Le cuento que también me quiero ir a estudiar afuera, como hizo él. Me pregunta dónde. A Inglaterra, le digo. Estuvo de viaje en Europa en los sesenta, él y su mujer. Ahora ya no viaja, imposible. No entiende la vida de hoy. No entiende que cuatro chicos se sienten en una mesa a tomar el té y en lugar de charlar miren sus aparatos celulares. Cree que la revolución comunicacional que vivimos no se parece a nada que él haya visto en sus noventa y nueve años y dos meses. Tiene una tablet pero no sabe usarla, a lo más revisa el e-mail de vez en cuando. La vida le parece innecesariamente larga. Está cansado.

Se casó con Etelia el 44. Cumplieron 70 años de matrimonio el año pasado. Se conocieron afuera de la Facultad de Moreno. Ella era la hermana de uno de sus compañeros de procesal. Eran felices. La amaba. Murió el 14 de agosto, me cuenta. Se le entrecorta la voz cuando habla de ella. Me pregunta si tengo novio. Alzo mi mano izquierda mostrándole el delgado anillo de plata que Roberto mandó a hacer y hoy abraza mi dedo anular. No, le digo, no puedo. Él asiente, mirándome. La vida es larga, quizás demasiado, dice, no hay apuro.

Like what you read? Give Javiera Barrientos G. a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.