El final de Luis Miguel

El imitador de Luis Miguel se limpiaba los restos de papas fritas cuando el sonidista se acercó a la combi. Venía de comprar una Coca en la YPF de la ruta 25.
-Saliste en el diario -le dijo y señaló un recuadro del Jornada de Chubut mientras ajustaba el cinturón de seguridad.
El imitador leyó en voz alta: “¡Luis Miguel llega a Dolavon! Esta noche a las 22 en lo de Tato. ¡Imperdible!”.
-¡Qué grande el tipo! –se felicitó a sí mismo y encendió el motor para alejarse definitivamente de Trelew.
Dolavon tenía tres mil habitantes y el imitador calculó con optimismo que esa noche lo irían a ver treinta. Se conformaba con hacer la plata suficiente para el gasoil que necesitaba para llegar al final de la ruta 25, donde debía tomar la 40 hacia Esquel.
–En Esquel hay otro público, hay más oportunidades –le dijo al sonidista, que no lo escuchó porque ya roncaba antes de pasar Gaiman.
Al atardecer estacionó la combi en la puerta del Hotel Pierce, cuatro estrellas. Le preguntó el precio de la noche al recepcionista, un hombre de barba canosa de unos sesenta años. Tras oír el precio, el imitador dijo que seguramente vendría a quedarse al otro día, ya que esa noche tenía alojamiento en otro lugar.
-Ah, ¿dónde se quedan esta noche? –le preguntó el recepcionista. El imitador no esperaba la pregunta pero reaccionó con rapidez y respondió que se quedarían en lo de una vieja amiga. El recepcionista sabía que mentía pero le deseó una buena estadía y le dijo que lo esperaba al día siguiente. Otra mentira.
-Dormimos en la combi de nuevo –dijo el imitador una vez en la camioneta. El sonidista resopló. Los dos hombres cavilaron por un momento hasta que el sonidista propuso tomar cerveza con el dinero que pensaban gastar en el hotel.
Estaba fresco pero prefirieron caminar hasta encontrar algún negocio que vendiera cerveza. El kiosco de Berta tenía mesas de plástico en la vereda. Le pidieron dos Quilmes y Berta se las llevó hasta la mesa con un pote con maní pelado.
-¿Ustedes son los músicos? –se atrevió Berta.
-Efectivamente, señora –respondió el imitador.
-Señorita, Luismi, señorita –corrigió la kiosquera y guiñó un ojo.
Cuando se alejó, el sonidista murmuró: “Ya tenés una víctima”.
-Callate, boludo –se quejó el imitador y tomó un trago largo.
Cuando se acercaban las 9 de la noche y ya habían tomado cuatro cervezas, le pagaron a Berta y le preguntaron dónde quedaba lo de Tato. Les hizo una descripción demasiado detallada de cómo llegar y les prometió que iría al show.
Dos cuadras antes, pararon a mear en un terreno baldío. El único testigo fue un perro que no ladró.
Lo de Tato era un galpón sin revoque adornado con luces de colores y mesas como las que tenía Berta en su vereda. Tato había muerto y el lugar lo manejaban sus hijas, Priscilla y Dafne.
–Como la de Scooby Doo –bromeó el sonidista luego de las presentaciones y Dafne le echó la mirada del terror.
-El camarín está en el fondo, después de los baños –indicó Priscilla. Las dueñas eran las únicas personas presentes en el galpón además de un grupo de tres tipos que tomaban vino alrededor de una de las mesas.
El camarín era una baulera de dos metros cuadrados en el que había un espejo de tocador, una canilla a la altura de los gemelos y una lamparita de bajo consumo que colgaba de un cable.
-Todo lo que necesita un artista para compenetrarse con la actuación –dijo el sonidista.
-Estás chistoso –lo regañó el imitador-. Cuando llegue al Gran Rex me vas a mirar por Crónica TV.
Pese a la esperanza de sus palabras, el imitador pensó que el show de esa noche entraría sin dudas en el podio de sus peores experiencias como cantante.
Pero cuando sólo quedaban cinco minutos para la hora de salir al escenario, que era un pallet con la mitad de las tablas, lo de Tato se llenó de espectadores.
El imitador contempló que en su mayoría eran mujeres y sintió un cosquilleo en la barriga. Se lamió las puntas de los dedos y se los pasó por el flequillo. “Hoy la rompemos”, le susurró al sonidista, que ya había hecho funcionar la consola después de penar para conseguir un enchufe de tres patas.
La primera pista fue Sueña y no tuvo una repercusión cálida, sino sólo algunos aplausos espaciados. El imitador hizo entonces una seña y el sonidista puso Entrégate para salir del pantano. En el estribillo, el cantante pudo ver cómo los cuerpos se balanceaban entre las mesas y escuchó que lo acompañaban algunos coros.
Entonado por el éxito naciente, en el medio de “Hasta que me olvides” le sopló un beso desde la palma de la mano a una joven que lo miraba sonriente. Al lado de la joven estaba un tipo de gorra y camisa de leñador que se pasó el dedo índice por el pescuezo para anticiparle lo que le esperaba luego del show.
El imitador tuvo miedo pero siguió con su arte y no miró jamás para el sector de la amenaza. La excitación del público escaló con La incondicional y al final de Cuando calienta el sol el pallet ya estaba desbordado de mujeres que se subieron a cantar junto a la estrella.
El primer mordisco se lo aplicó en el cuello una mujer de unos treinta años. Después se sumó el de una vieja en el brazo izquierdo y cuando quiso acordar, ya tenía encima siete mujeres que le clavaban los dientes en los pies, en la espalda y la cara y le desgarraban la carne.
Aterrado por esa escena de canibalismo, el sonidista quiso huir de lo de Tato y salvar el pellejo. Pero el público todavía no se había saciado.
