Killer

1

En la Aspen estaban pasando New Order y el viento me golpeaba la cara por Libertador. Hasta ahí bien.

Unilateral, el tachero puso AM. Hablaban del tipo que apareció muerto con una tanga en la boca.

–Sin ofender, doña, pero yo me quiero morir así–, me dijo en medio de una carcajada falsa y me miró. Debe haber algún castigo para los que se ríen antes de terminar de contarle algo a un extraño. Encima doña.

–En mi vida tuve muchas minas pero nunca una mujer–, insistió y me guiñó el ojo. Deduje que era uno de los que acomoda el retrovisor para vernos la bombacha.

–Aguante Uber –le dije al bajar en Callao y Lavalle y me mandó a la concha de mi hermana. Le miré la patente y la anoté en el bloc de notas del celular.

En el bar me esperaba Mariela, que acababa de cortar con el novio. El virgo se dejó el Facebook abierto con cinco pestañas de conversaciones y sendas fotos de su pijita.

En Los Galgos pusieron luces led, barrieron y sirven tragos con albahaca que a veces parecen un puchero frío. No está más el mozo de 100 años que te traía un pebete de salame y queso por más que no estuviera en la carta.

Brindamos porque al menos yo había conseguido trabajo. Mariela se bajó Tinder después de la segunda birra y le dije que admiraba su facilidad para seguir adelante.

–Yo lo mato y le dejo una tanga en la boca –le dije y sonrió sin sacar la vista del celular. Ya había pegado un match con un flaco que tenía todos los dientes.

2

El jefe me tocó una teta en el primer día de trabajo.

Me aplicó la mano muerta después de darme el saludo inicial, mientras explicaba la manera correcta de usar el dispenser, algunos trucos del Excel y una guía breve para triunfar en la vida.

La técnica de la mano muerta tiene cuatro pasos. Primero te agarra del hombro para darte confianza.

A medida que te habla, deja caer la mano de a poco sin dejar de mirarte a los ojos. Cuando te está diciendo lo más importante o arranca a hacerte una pregunta que requiere toda tu atención, te roza una teta con los nudillos.

Y enseguida hace otra pregunta o saca otro tema para que no te detengas en el incidente.

No muchos saben aplicar esta técnica y prefieren la del codo, pero aunque sean profesionales, aunque estemos ante El Rozador Dorado, siempre nos damos cuenta.

Quejarse es difícil porque la hacen pasar por accidente. Más aún si se trata del nuevo jefe.

En mi escritorio me dejaron un Nugaton al lado del teclado como bienvenida.

3

La computadora de mi escritorio tenía bloqueado el acceso a Facebook, como en Irán. Hice tiempo hasta que se cumplió mi horario y deduje que en ese laburo no iba a encontrar otra satisfacción que la del aguinaldo y la obra social.

Cuando me estaba por ir, se acercó un flaco alto, con voz parecida a la de Quico.

–No te comiste el Nugaton –me dijo para confesarse como el autor material del gesto de bienvenida, siempre en el límite de la buena onda y la grasada. No estaba tan mal, pero usaba camisa escocesa.

“Sí, me lo comí, lo vomité y lo envolví de nuevo”, fue la respuesta que le hubiera dado de no ser porque preferí guardarme el cinismo para la segunda semana.

–Es que me estoy cuidando, pero gracias –le mentí.

–No parecés de las que necesiten cuidarse –insistió y le clavé el visto humano.

El chequeo de las 200 aplicaciones del smartphone es ideal para eso. La vida es más llevadera, como cuando no mirás linyeras a los ojos.

-Te dejo tranquila, un gusto –asumió la derrota y sumó algún punto en el conteo final.

En el 29 de vuelta a casa no me miraron las tetas durante 8 paradas y me sentí en armonía con la sociedad. Pero cuando llegué vi la solicitud de amistad de Quico y pensé que ya era hora de comprar gas pimienta.

-No seas exagerada, Flor –me retó mi mejor amiga cuando le conté por audio–. Aparte coger un poco no te vendría mal.

A otra la hubiera mandado a la mierda, pero ella sabía de tipos intensos porque el boludo del ex novio se había suicidado por despecho tirándose del Obelisco y salió hasta en Al Jazeera.

Lo acepté a Quico. Tocaba la guitarra y no subía selfies.

4

Mi prima Zoe me obligó a ir a correr al Rosedal porque había detectado la pastalinda del novio en una foto del Instagram de una pendeja. Otra afiliada al sindicato.

Como yo todavía no había cobrado, me pagó la luca por adelantado para entrar en el Palermo Warriors Running & Healthy Fun Team II.

–Me dijeron que hay tremendos potros, que cualquiera garcha antes de la segunda clase –se esperanzó.

Yo estaba más preocupada porque no se me rajara la calza de lycra que usaba de pijama hacía tres años. Nunca me gustaron los grupos humanos nacidos por y para ponerla, pero peor es el colesterol malo.

Claudia la profe tenía menos tetas que un lavarropas, pero se conservaba con piel de Miss Hawaiian Tropic, tendones de acero y una hiperactividad de ardilla.

–No quiero que las tetas me desaparezcan –le susurré a Zoe mientras elongábamos los abductores.

–Tranquila, boluda, pegamos chongos en menos de un mes y te vas con las tetas puestas –me pronosticó.

En el grupo éramos ocho, cuatro y cuatro. Tres de los flacos se conocían de antes y parecía obvio que venían a cazar. El cuarto tenía una remera de Ona Sáez de billetes de un dólar. Las otras dos mujeres tenían 400 años entre ambas y mucho olor a chivo.

Casi pierdo un pulmón en la mitad de la primera vuelta, pero Claudia la profe me obligó a seguir a los gritos con frases como “Dame todo de vos, mami” y “Sos la reina del mundo, Flor”. Tienen una capacidad asombrosa para acordarse tu nombre a los veinte minutos de haberte conocido.

Paramos para saltar unos conitos naranjas mientras se escuchaban los aviones saliendo de Aeroparque. Los tres amigos discutieron si ese ejercicio era el mismo que hace Messi.

–Este es el Trabódromo –dijo uno de los amiguitos–. La otra vez vine con Leopoldo que quería comprar la merca que venden los trabas, nos terminaron corriendo y se cagaron a tiros entre ellos –agregó y se rieron entre los tres.

Cómo piensan cogernos así, pensé. Es menos efectivo que postear una foto de un bife de delfín.

Antes de terminar, Claudia nos ordenó cuerpo a tierra como en la colimba y uno de los tres pelotudos dijo que en el Barcelona también lo hacían.

–Y dale con Messi –dijo en voz baja el de la remera de los dólares mientras tomaba agua del bebedero.

Sus palabras tuvieron un sonido líquido y sólo yo y un pato que salía del lago pudimos escucharlo. De repente la remera en vez de hacerlo parecer un bobo ya lo dejaba como valiente.

5

Ona Sáez se tomó unos días para agregarme al Face. Son especialistas para encontrarte. Si te vieron diez minutos en una fiesta a la que fuiste disfrazada del hombre araña te encuentran igual.

Chateamos un par de veces y me hizo reír. Hice las preguntas correctas para asegurarme de que no fuera el sátiro de la bicicleta. Él no volvió a ir a la clase de running porque los leones no se dejan mostrar dos veces ante la presa.

Le pregunté a un par de amigas si correspondía aceptar la cita tan rápido. Una me dijo que no se encontraba con nadie antes del primer mes de chat intenso. Le hice caso a la que me dijo lo que tenía ganas de escuchar:

–Yo voy a citas por Tinder con sólo ver una foto de un cuello y acá me ves, vivita y culeando.

Ona Sáez me propuso hacer la ruta del moscato entre Güerrín, Banchero y La Americana. Supe que era para ponerme en pedo y bajar el hándicap del hoyo, pero la idea me gustó.

Camino a Güerrín, hice como que hablaba por teléfono para evitar a los standaperos de Paseo la Plaza.

Ona estaba empapado en un perfume de Calvin Klein y cuando pasa eso no sabés si es un obsesivo de la limpieza o un sucio que se baña sólo los martes.

Me habló de su ex antes de la primera fainá.

–¿Qué rompimos? –dijo cuando llegó la cuenta y pensé que me había cruzado con otro roedor.

Pero se ofreció a pagar él y como yo todavía no cobraba, me dejé. Preferí combatir el patriarcado otro día.

Fuimos a su casa en su moto y el viento me despeinó.

6

Vivía en San Telmo y se me tiró encima en el ascensor.

Como ya estábamos jugando el partido, no me pareció tan desubicado como pedir semillas de chía en Burger King, pero algo me molestó. Qué les cuesta esperar tres pisos más y hacerla bien. Me gusta jugosa pero no cruda.

Lo aparté sutilmente, aunque no haya manera sutil de desprender a una fiera de un cacho de carne recién capturado.

Con el primer pantallazo al monoambiente me vinieron ganas de rajar. El poster de Ráfaga y el cubrecama con la gigantografía de Messi mal cortada no me perturbaron tanto como el corpiño colgado en el tender de un tamaño desproporcionado para los 25 metros cuadrados.

Igual no me pareció pertinente hacerle una escena de celos a un tipo al que ya había decidido no ver nunca más. Y dale con Messi, pensé.

Se me arrimó otra vez, con la lengua asomando. Lo esquivé como se esquivan las palomas suicidas.

–¿Querés escuchar música? –me preguntó, advertido de la expresión de espanto que se estaba desparramando por mis facciones.

Accedí. Por más que pusiera “Agüita, sobre tu cuerpo” al mango, creí que las voces de los cumbieros me harían sentir menos sola en ese cuchitril.

Tengo que ir al baño, le dije. Hasta en el reflejo de la cortina de la ducha se notaba mi cara de alterada. Busqué a alguna amiga conectada en el Whatsapp para que me diera los cinco consejos para huir ilesa. No andaba el 4G.

Del otro lado de la puerta empezó a sonar Pink Floyd, por lo que deduje que el poster de Ráfaga era irónico. Siempre es mejor un fan auténtico de Ráfaga que un oyente de Pink Floyd acomplejado.

Salí del baño y me bajó la presión cuando vi que se había puesto en bolas. Tenía el pito tan chico que parecía una joda. Cualquiera pensaría que una anaconda mete más miedo, pero su mirada fija acompañada del gusanito configuraron una imagen diabólica que me hizo temblar.

Corrí hasta la puerta que el pijicorto había dejado sin llave, gracias a esos guiños insondables del destino.

–Vos no te vas nada –me gritó y apoyó un brazo en la puerta.

En un segundo me imaginé cómo cambiaría mi futuro si no me escapaba. Le clavé las uñas en la lombriz y se retorció en el suelo.

La carrera por los adoquines de calle Defensa me destruyó los tacos. Me subí en patas al 29 más hermoso que vi en mi vida.

–En este colectivo, la primera chica linda que se sube viaja gratis –me dijo el pajero del chofer.

–Quiero pagar, señor –le respondí con la cara de la nena de El Exorcista. Me cobró el boleto más caro.

7

Me refugié en el pastel de papas de mamá y les conté a mis viejos que quería hacer la denuncia.

–Vos también para qué vas a la casa si sabés que no va a pasar nada –me desalentó papá –. En mi época le decíamos calentar la pava.

–Ay, Jorge… –fue lo único que dijo mamá. Me fui al trabajo sin saludarlos.

Cuando Quico me vio llorando en la vereda en el break del laburo, dijo que me invitaba un café de Starbucks. Hizo firmar el nombre Romualda en mi vaso y me sacó una sonrisa. Su compañía no me molestó.

A la hora del mate toda la oficina daba por hecho que Quico y yo habíamos garchado. Me chupó un huevo el currículum y lo encaré enfrente de todos.

–¿Vos hiciste correr la bola de que me cogiste? –le grité. No pudo responder y sentí que se había meado encima. La cara de ojete de mi jefe me auguró un futuro fugaz en la empresa.

En la comisaría tenía a tres personas antes que yo. Un pibe con la camisa llena de sangre, una mujer con laceraciones en los brazos y un tuberculoso que denunciaba a los gritos que los enfermeros del Borda lo querían matar y robarle todo el oro.

En la primera hora de espera vi pasar cuatro cucarachas, una albina. Me atendió un tipo con menos pinta de cana que Alejandro Romay. Tenía bigote blanco y labios de libidinoso.

–Vengo a hacer una denuncia por abuso sexual –le dije. Me castañetearon los dientes cuando esa combinación de palabras salió de mi boca.

–¿Hubo penetración? –preguntó sin sacar la vista del formulario, como si estuviera preguntándome el talle de las zapatillas.

–¿Cómo dice?

–Si hubo penetración –insistió y me miró de arriba abajo.

–No, pero…

–Vuelva cuando haya penetración –me interrumpió mientras llevaba la vista de nuevo al formulario y tachaba lo que había empezado a anotar.

Con lágrimas en los ojos, le dije que no me podía decir semejante animalada.

–¿Vio a la mujer que pasó antes que usted? Se enfrentó al marido porque apagaba los puchos en el perro. Entonces el marido empezó a apagarle los puchos en el brazo a ella. Así y todo lo más probable es que el juez se haga el boludo. Te estoy ahorrando tiempo, nena –me tuteó.

Cuando recuperé el aire, una vez en casa, me dije que era hora de comprar el pasaje.

8

El pasaje más barato de ida a Barcelona costaba ocho lucas y tenía escala en Senegal.

Como no quería manguear a mis viejos, intenté pedirles plata a mis amigas. Dos me hicieron más preguntas que el gerente de créditos del Santander y finalmente se hicieron las boludas.

Mi mejor amiga me juró que se había endeudado entre los abogados, el whisky para el padre, los psicólogos y la terapia de algas y barro en un spa de Lobos. Le creí.

Antes de resignarme pensé en los calzones de Esteban Pogany, arquero suplente del Boca campeón del Apertura 92. Mi papá los guardaba en un mueble con vitrina en pleno living y decía que iban a valer miles de dólares en el futuro.

La vitrina estaba cerrada con llave, obvio. Pero yo sabía dónde estaba la llave desde los 8 años, obvio.

En el lugar del calzón de Pogany puse uno que mi viejo había tirado en el cesto de la ropa sucia y conservaba prácticamente el mismo hedor que el del guardameta.

No me le animé a Mercado Libre por miedo a que me rastreara mi viejo, aunque él tenía menos internet que un parripollo.

Fui a una casa de empeños en Constitución ensayando mi postura inflexible, de una mina que se iba a ir por esa puerta con no menos de 10 lucas.

-Por esto te doy 25 pesos -me dijo el señor levantando los calzones con una pinza. Fue su manera de mandarme a la mierda.

En el bondi de vuelta, mientras ya analizaba prostituirme, Facebook me avisó que a mi tía y a un compañero colorado de la primaria les gustaba una página llamada “Compramos tu pelo y pagamos bien”.

Caí en un dos ambientes lúgubre del Once dispuesta a dejar mi pelazo en manos de extraños.

-Bienvenida -vociferaron a coro los dos pelados petisos que llevaban el negocio, como si estuviera por hacer un check-in en un hotel.

Me dijeron que tenía un pelo hermoso y que había hecho bien al haberlo traído sin cortar porque eso iba a subir el precio. Pero que si quería cobrar más, me lo tenían que cortar con una tijera de podar a dos manos, para que el largo de todos los pelos se quedara parejo.

Como empecé a dar vueltas, uno de los petisos me chilló: “¡9 mil pesos!”.

“Hecho”, respondí y trajeron la tijera de medio metro.

Al echar la última mirada antes de salir del departamento, vi cómo los pelados se abrazaban y contemplaban mis mechas con cara lasciva.

Dudé si harían pelucas con el pelo que compraban o sólo se dedicarían a acariciarlo y vaya una a saber qué más. Me rapé lo que me quedaba a escondidas con la afeitadora Braun de mi viejo y me compré el pasaje.

El avión salía un martes a las cuatro de la mañana y llegaba el jueves al mediodía. En el asiento de mi derecha me tocó un nene de cinco años. Me sacó las ganas de ser mamá antes de alcanzar los 10 mil metros de altura. Festejé como un triunfo propio cuando se puso a vomitar.

A la izquierda había un tipo que hacía movimientos espasmódicos en el asiento mientras intentaba dormirse.

Busqué un álbum de música Chill Out para evadirme algunas millas y cerré los ojos después de poner un tema que se llamaba “2 horas de lluvia”.

Pero los sacudones del epiléptico por elección y los vómitos del diablito más que a una imagen mental de tormenta en el campo me transportaron a una sala de espera con goteras del Hospital Fiorito.

“Qué viaje del orto va a ser este”, dije en voz baja. Me consolé al acordarme de que en pocos dias iba a cambiar el mundo.

9

En el avión sirvieron polenta.

Los primeros dos meses en Barcelona se me pasaron más rápido que las ocho horas de escala como única occidental en el aeropuerto Léopold Sédar Senghor de Dakar.

Conocí a un tal Jordi en un bar de tapas en el que los gallegos andaban a los gritos hasta para encarar. Para decirte “eres guapa” usan el mismo volumen que el tipo de la barra cuando le pide a Pepe de la cocina que marche otra tortilla.

Jordi tenía olor a cebolla hasta en los ojos pero estaba podrido en guita y tenía un departamento en Montjuic.

Me hice la difícil un par de veces para que se tomara la conquista de la zona sagrada de allá abajo como una epopeya. Así le costaría un poco más de tiempo hincharse los huevos y echarme del jacuzzi que le usaba doce horas por día.

Además de cambiar el aceite que nunca viene mal, él podía decir que se garchaba a una argentina con el look de Sinead O’Connor.

Pero lo único que me interesaba realmente del plomazo de Jordi era su curso acelerado de fotografía que otorgaba un diploma y todo eso.

Me lo fumé unas semanas haciéndose el profesor sexy en un aula con otras cuatro catalanas de 70 años y un albino. Eso y algunas caminatas por La Rambla de la mano del piedra me consiguieron lo que había venido a buscar: la credencial para acceder al pool de fotógrafos del Camp Nou.

Mi primer partido era el sábado siguiente, un Barcelona-Real Madrid.

10

Messi metió un caño en el primer minuto y el grito de 95 mil personas pareció un trueno.

Por televisión lo miraba todo el planeta, el mejor escenario posible.

Jordi me había prestado la cámara y despedido con un pico a la entrada del estadio. Al besarlo sentí lo mismo que al tender la ropa. Ya no podía sentir.

Después del tercer caño de Messi me invadió la inseguridad. Él no se merecía lo que le iba a pasar, pero tampoco los millones de tipos que iban a pagar por culpa de otros.

Tuve que esperar hasta el segundo tiempo para que se cayera al lado mío, después de una patada de un brasileño.

Saqué la jeringa que había metido en el bolso de Jordi y se la clavé donde pude. Me miró extrañado y lanzó un “Qué hacés, boludo”.

Cuando el veneno le empezó a correr por las venas, me volvió a mirar, pero esta vez con terror en los ojos.

“Boluda, perdón”, se corrigió antes de morir.

FIN

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