Mi calefón

Volví de Río feliz y sin haber tocado una teta. Todavía no me había vuelto el gas.
Al principio me bañé con agua fría pero dejé de hacerme el Clint Eastwood de principios de marzo y ahora caliento un litro de agua en la pava eléctrica para intercalarlo con los cuchillazos de la ducha helada.
Cuando te sacan la dosis de una buena ducha caliente de tu vida, lo más terrible no es que te privan del momento de relax y de la sensación de alivio que causa la limpieza corporal: lo más terrible es que te empezás a acostumbrar.
Igual con la comida. La noche en la que se fue el gas salí cagado de hambre de la oficina y me metí en el Carrefour de Corrientes casi Cerrito, que cierra a las 10 y es la última esperanza del día para no reincidir en Güerrín y en los hidratos de carbono, el napalm de nuestros tiempos, según la vicepresidenta del Banco Central.
Compré unas pechugas, que en el súper salen más caras que el pollo entero con los menudos y todo, calculo que te cobran porque se tomaron la molestia. También unas papas para meter en el horno durante la hora que me iba a dedicar a ojear la repetición de un Táchira-Emelec. Una fiesta.
Pero no hubo gas y no quedaba otra que el microondas. Para ponerle un poco de gourmet a la depresión, googlié qué pasaba si usaba papel de aluminio. En Taringa actualizado 2008 el fallo estaba dividido, así que preferí ahorrarme la explosión y mandar quince minutos de pollo y cinco de papas, sin aluminio. La aridez del menú determinó que esa fuera la última vez que cociné. También te acostumbrás a Güerrín y a los tres kilos extra por culpa del gas.
Al otro día vi a unos tipos rompiendo todo en la vereda, con overoles de Cosugas, y le escribí un whatsapp al encargado, que se tomó el trabajo de grabar ENCARGADO en el timbre para que a nadie se le ocurriera llamarlo con la palabra con P.
–Dani, ¿cómo va? –usé por primera vez el diminutivo desde la mudanza, como si eso garantizara que me volviera el gas– Desde anoche no tengo gas… (los tres puntos como echándole la culpa pero con cariño) ¿Sabés si cortaron por los arreglos que están haciendo en la calle?
–Sí, algo de eso, a las 13 viene el gasista –respondió, las comas son mías.
–Perfecto, abrazo –dije con el alivio que te da que el encargado se encargue.
Me despreocupé, me bañé con agua fría y al otro día me fui a Río, en donde si se corta el gas se van a tomar una Skol y a bailar samba en Copacabana.
A la vuelta me enteré que Cosugas, la Compañía Sudamericana de Gas SRL, no había roto la calle por problemas de gas sino de agua, porque Sudamérica es así.
Por abajo de la puerta me habían tirado una A4 que decía “Reunión de consorcio el lunes al mediodía para discutir el tema del gas”.
II
El primer llamado de 12 en punto no tuvo quórum, así que fui al segundo, de las 12.30. En la segunda convocatoria se vota lo que sea con los propietarios presentes. Si faltás es un peligro, te pueden subir las expensas personalizadamente o mandarte un sicario.
Nos reunimos en el pasillo de la entrada, porque en la clase media de los ’50 se puso de moda olvidarse de construir el hall.

Era mi primera reunión de consorcio, el calvario del propietario, y éramos siete, récord absoluto según el administrador, entendible por la gravedad del asunto.
Estaba apurado porque tenía que encontrarme a la 1 con una fuente que no podía colgar otra vez. La primera imagen de la cumbre fue el banquito que se había llevado la vieja del sexto porque el evento se iba a estirar, una fuente menos.
El administrador estaba de joggineta y con algo de miedo. Arrancó la “asamblea extraordinaria” con una mención al vecino anónimo que llamó a Metrogas y provocó que nos cortaran el suministro.
–Yo creo que lo hizo de mala leche –diagnosticó la vieja y nos miramos entre todos, de reojo.
Hasta el administrador recibió la mirada inquisidora. ¿Y si estaba entongado con Metrogas y lo que buscaba era una coima? ¿Qué tal si todos los administradores de consorcios están entongados con Metrogas y las denuncias anónimas las hacen para ir a medias con la coima? Todas preguntas que se harían Canaletti o Sdrech, que en paz descanse. A mí me chupaba un huevo, mientras me devolvieran la libertad de hervir unos fideos.
Además de la vieja, el administrador y yo, había un cubano que había ido con el poder firmado por el propietario, Ramírez. El cubano no hablaba y tenía olor a algo.
También había un matrimonio, dueños de la agencia de quinielas de planta baja que no vivían en el edificio y no ocultaban su fastidio por tener que fumarse el evento. Vaya uno a saber en qué afecta la falta de gas a la industria de la timba, pero lo querían resolver ahí mismo. La séptima era Marita, de casi sesenta, soltera y rompehuevos.
All of a sudden in walks a chick, como decían los The Coasters. Flaca, anteojos, medio fea, de unos 33 años y por la jeta varios meses sin nerpola, como dice mi primo Alito.
III
El administrador dijo que después de la denuncia del vecino había venido Ricardo, el gasista histórico, que había recomendado meter un par de rejillas en la sala del gas y correr unos centímetros la tortuga antiexplosiva.
La “tortuga antiexplosiva”, dijo, y me imaginé a Ricardo como Splinter, el sensei de las Tortugas Ninja, una rata horrible y gigante que andaba en bata y eso cuando sos chico te parece natural.

–Lo que pidió Ricardo ya lo reformamos, pero él no se anima a firmar los papeles para pedir la reconexión porque vio algo que no le gustó –relató el administrador y de la rata Splinter pasé a imaginarme al Lole Reutemann.
El alegato que hizo sobre el gasista es que una vez que presentan los papeles en Metrogas tienen 10 días para corregir alguna irregularidad que encuentre el inspector. Y si el error del primer diagnóstico del gasista no se puede corregir en 10 días, lo sancionan, lo pueden suspender y hasta mandarlo a Guantánamo, pobre criatura.
El edificio tiene 60 años, los putos de Metrogas piden normas siglo XXI después de Cromañón, pero la culpa es del cagón de Ricardo y en eso coincidimos todos menos el administrador.
La encendida defensa que el administrador hizo de Ricardo despertó el apetito de Marita, que aprovechó el momento de debilidad del notario para lanzar, con la crueldad que sólo puede tener una guerrera de consorcio que ya se cargó mínimo a 3 plomeros, dos fumigadores y por qué no al anterior administrador:
–¿No será hora de cambiar de gasista? No es la primera vez que Ricardo nos trae problemas.
El administrador acusó el golpe, un upper al hígado, que según los boxeadores de Córdoba casi Azcuénaga tiene 60 por ciento más chances de noquear que un castañazo en el mentón.
El líder la dibujó con que necesitábamos otro gasista matriculado para zafar en esta ocasión, pero que no veía por qué desprenderse para siempre de Ricardo, con todo lo que había ayudado en estos años.
Lo que Ricardo vio y no le gustó no bajaba de las 300 lucas, lo que incluso superaba a la “Gran Reforma”. La Gran Reforma no era un hito histórico de México o algo por el estilo, sino el cambio de toda la cañería que años atrás los había dejado 14 meses sin gas, esa por suerte me la perdí.

La flaca medio fea recordó que la anterior denuncia anónima había desembocado en la Gran Reforma y que ya era momento de pensar en quitar el gas del edificio y vivir a duchas eléctricas y otros instrumentos insólitos como la vaporera.
El hermano quinielero la frenó y dijo lo más sensato del día: –Busquemos un matriculado que firme, se haga el boludo, le pagamos la coima y listo.
Las palabras coima y boludo causaron escozor en la tribuna más veterana, pero firmamos todos en el libro de actas y nos saludamos.
Cuando me estaba yendo para la calle la flaca medio fea me frenó y me pidió el mail, como para avanzar en la rosca de eliminar el gas y pasarnos al primer mundo. Rosca hasta en el consorcio, cómo no iba a tener éxito House of Cards en Argentina.
¿No habrá sido ella la de la denuncia? ¿No tendrá un tongo con Garbarino, para ir a medias con la venta de electrodomésticos a edificios sin gas? Todas preguntas que se harían Kablan o Mauro Szeta, yo le di el mail por si había chances de coger.
IV
Vinieron tres gasistas. Uno dijo que había que hacer otra sala de gas, para la que no queda espacio, otro dijo que no había que hacer nada y el tercero que había que tirar abajo el edificio, que él no firmaba ni en pedo.
Después de otra reunión en el pasillo –ya no llegábamos al récord-, se decidió que entre tirar abajo el edificio, inventar una cuarta dimensión para meter la nueva sala de gas o no hacer nada, era mejor no hacer nada.
–El señor Ramírez me pidió que preguntara cuánto nos cobraría el gasista que dijo que no había que hacer nada –dijo el cubano en perfecto castellano. Al parecer Ramírez, a quien nadie había visto jamás, estaba a tiro de Whatsapp.
El administrador tosió. Estaba un poco acalorado, se había venido de traje esta vez, como para dar malas noticias.
–El presupuesto que me dio es de 50 mil pesos –dijo el líder y volvió a toser y como si no hubiera sido suficiente, agregó: Lo que no garantiza que pasemos la inspección de Metrogas.
No hubo quórum para aprobar la cometa monstruosa.
Subí al dos ambientes y le escribí un mail a la flaca medio fea, que no había estado en la sesión, para contarle las novedades y para preguntarle si quería juntarse para hablar de la estrategia para sacar el gas y volvernos eléctricos.
Me lavé la pija con agua fría mientras planchaba una camisa. Pensé en llevar un vino pero preferí dejarlo con unas copas sobre mi mesa, para tener la excusa de migrar si la cosa se empantanaba.
Toqué timbre pensando en que coger gracias a Metrogas era buen título para un libro de autoayuda. Me abrió la puerta un tipo y sólo esperé que no me notara muy perfumado. “Mi novia ya viene”, meó.
Sin gas y sin ponerla. Propietario.
