Mundos íntimos II

Habían llevado a mi viejo al hospital por un dolor en el pecho. Aunque los niveles de enzimas descartaron un infarto en progreso, pronto le detectaron una obstrucción arterial complicada que requería la colocación de un stent. Se suponía que se lo harían el martes, pero el sábado después del desayuno -mientras todavía estaba internado- sufrió un principio de infarto que apuró los tiempos y hubo que intervenirlo de urgencia. Yo me estaba mudando: dejé todo y fui al hospital.

Afuera estaba mi tío José. Tiene tres cuartos de corazón: el resto se le murió en aquel infarto lejano que lo expulsó de la tropa de fumadores, tal vez por el 98. También mi viejo, por entonces, había dejado de fumar por un susto cardíaco que derivó en un hospital. Y aunque mi abuelo ya pasa los noventa tiene un bypass quíntuple. Cuando los cardiólogos me preguntan antecedentes familiares no les digo sí: les digo puf.

Por eso, lo primero que dijo mi viejo cuando pude entrar, fue que dejara de fumar.

— Dejá de fumar. No seas boludo.

Y por supuesto, lo primero que hice cuando salí, fue encender un cigarrillo. No me sentía inmortal. Simplemente no me sentía capaz de otra cosa.

***

Eso fue en febrero del año pasado. Aunque venía pensando en dejar desde hacía un tiempo -incluso había tenido un intento, vareniclina mediante, que abandoné en menos de un mes y en medio de una crisis nerviosa- siempre encontraba una excusa para postergarlo. ¿Cómo se escribe sin fumar? ¿Cómo se lee sin fumar? ¿Cómo se transita el placer, el sufrimiento, el dolor, la soledad, la angustia, el insomnio, el tedio, la mañana?

Durante más de veinticinco años yo funcioné con algún tipo de combustión interna similar al de las antiguas locomotoras de vapor. No me movía por el mundo si no era echando humo. Como si en esas bocanadas ásperas radicara el verdadero secreto de la energía que necesitaba. Todavía hoy, a más de diez meses, ese es uno de los cigarrillos que más extraño: el inaugural, el que encendía a modo de desayuno. Ese cigarrillo configuraba el día, me reacomodaba y armaba después de la fragmentación y los desacoples que siempre produce el sueño. Recién entonces volvía a ser yo y podía salir a la calle.

Y un día eso terminó. El 18 de diciembre de 2016 apagué mi último cigarrillo. El mundo, entonces, se me reveló diferente.

Mundos íntimos. Uno empieza a fumar pero nunca deja: con suerte, aprende a vivir sin hacerlo. Yo hace diez meses que estoy en eso.
 Años atrás. Javier creía que su cuerpo “necesitaba” ese sistema de combustión interna.

Cuando dejás de fumar no se trata solamente de tolerar la abstinencia -ese zombie que te devora por dentro y que sólo se calma cuando le das lo que quiere-. No se trata sólo de los padecimientos en la retirada de la adicción (la irritabilidad, la ansiedad, el desánimo, las dificultades para conciliar el sueño). Se trata, también, de aprenderlo todo de nuevo.

Yo que me las apañaba para fumar de cualquier forma y en cualquier momento -he llegado a fumar en la ducha, manteniendo la mano con el cigarrillo fuera del alcance del agua, y una vez traté de escabullirme para fumar en el balcón de un sanatorio mientras me reponía de una cirugía-, llevo meses aprendiéndolo todo de nuevo. Aprendiendo a andar con otro sistema de combustión. Aprendiendo a ser mi versión diésel con la ilusión de dejar atrás, para siempre, la época en que funcionaba a base de echar humo por la boca.

***

Uno empieza a fumar pero nunca deja: con suerte, aprende a vivir sin hacerlo. Yo empecé a la edad más habitual -entre los trece y los catorce- y más o menos por los mismos motivos que todos. Es decir, por pura estupidez. Creía que me hacía parecer intrépido y aventurero como el bigotudo de las publicidades de Camel de los 80 o canchero y seductor como los de las publicidades de Phillip Morris con canciones de Eddie Sierra (en realidad no sé qué parecían los personajes masculinos de esas publicidades: yo estaba perdidamente enamorado de la chica de la lavandería que fumaba esos cigarrillos de 490 australes. Si para conquistarla había que fumar Phillip Morris, estaba dispuesto al cáncer de pulmón, a las siete plagas de Egipto y a la discografía completa de Eddie Sierra).

Tratar de identificar un motivo concreto que me haya acercado al cigarrillo es una tarea tan dificultosa como determinar los motivos que me impulsaron a dejarlo. Puedo decir, sin embargo, que si un día apagué un cigarrillo con la más o menos firme determinación de no encender ninguno más, mucho tuvieron que ver, además de los antecedentes y sustos familiares: a) la perseverancia persecutoria de mi madre, que me preguntaba fin de semana por medio cuándo iba a dejar de fumar, me regalaba libros como “Es fácil dejar de fumar si sabes cómo” o me enviaba por mail gacetillas de cursos antitabaco; b) los sutiles golpes bajos de mis hijos, que como quién no quiere la cosa dejaban caer algún comentario sobre mi adicción al tabaco que era como una piña de Tyson; y c) la feroz insistencia de mi compañera, que sobrellevó con bastante aplomo el hecho de que yo tardara casi un año en imitarla en dejar el cigarrillo y en cambio boicoteara su retirada con mi tabaquismo persistente que hacía que hasta la cama oliera a cenicero, pero que al final se acercó peligrosamente al hartazgo y al ultimátum.

El mundo, por otra parte, tuvo el buen tino de luchar contra el tabaquismo y se volvió un lugar decididamente hostil para los fumadores. A uno no le queda otra opción que sentirse un paria en todas partes mientras asiste a la lenta pero inexorable retirada de todos los que se pasan de bando. Los subgrupos que en cada salida abandonan al grupo principal para ir a fumar cada vez son menos nutridos, van perdiendo soldados con el paso de los años o los enfisemas y uno a veces se encuentra solo, desafiando el viento helado de una noche de pleno invierno, y de pronto se pregunta por qué. Si cincuenta o sesenta años atrás encender un cigarrillo era visto como un acto de sofisticación, hoy resulta un gesto anacrónico y casi medieval. El fumador es el bárbaro que come con las manos en un tiempo donde hace rato se impuso el uso de los cubiertos.

¿Dejé de fumar por esto? Claro que no. Mi madre me persiguió durante más de veinte años, de los golpes lograba reponerme y mi compañera no era la primera que trataba de empujarme a una vida menos autodestructiva. Y los fastidios del mundo, bueno: el mundo tiene tantas cosas con las que me siento incómodo que no podía inclinar la balanza aunque atacasen a garrotazos a los fumadores en las puertas de los bares.

Supongo que pasé los 40 y aunque pocas cosas me seduzcan menos que la dictadura de la salud y sus gurúes, comprendí que había fumado durante más de la mitad de mi vida. Podría decir, como Alejandro Zambra, que el motivo tuvo que ver con la cobardía y la ambición: “De pronto descubrí que quería vivir más. Qué cosa absurda, realmente: querer vivir más. Como si uno fuera, por ejemplo, feliz.” Creo, sin embargo, que si me empeño en no fumar no es tanto por la ambición de vivir más años, sino por miedo a vivirlos demasiado mal. A lo que en verdad le temo no es al final, sino al epílogo.

Y eso no es poco.

***

¿Cómo se espera sin fumar? El próximo colectivo, el horario de comienzo de la película, el arribo de un tren. No consigo transitar los tiempos muertos sin querer apurarlos a pitadas. Una espera, sin embargo, fue lo que empujó a mi abuelo Rubén a dejar. Fue hace años, en el aeropuerto de San Pablo: a los fumadores se les asignaba un espacio cerrado que pronto se transformaba en una pecera de humo que no se despejaba ni a manotazos, donde el olor se le clavó como flechas en el preciso instante en que abrió la puerta. Ese fue el momento de inflexión en que comprendió que el cigarrillo lo transformaba en un «ciudadano de segunda».

— Hay dos formas de estar en el mundo -me dijo-: del lado de adentro de ese vidrio y del lado de afuera.

Ese día yo supe de qué lado quería estar de ahí en más.

De todos modos no le fue fácil. Dice que dejó con un método de un paso. Era un curso de doce pasos de los adventistas, pero mi abuelo sólo fue al primer encuentro: tiró el folleto a la salida y siguió fumando. Cuando retomó la decisión, en lugar de volver con los adventistas se propuso repetir el único paso que sabía una y otra vez, día tras día, como si fuera el primero en que había dejado de fumar. Ya se le olvidó también en qué consistía, pero sabe que lo repitió hasta que consiguió vivir sin fumar. Como si la abstinencia fuera algo que se impone a fuerza de repetición, inaugura cada mañana con la ilusión sostenida de que un día, por fin, se hace definitiva.

O con esa esperanza, a lo mejor, la transito yo.

***

Cualquier fumador sabe que no hay un buen momento para fumar: todos lo son y lo son por motivos contradictorios. Se fuma cuando se está triste y se fuma cuando se es feliz; en situaciones de estrés y en momentos de relajación; porque sí y porque por qué no; porque estás por subir al colectivo y porque te acabás de bajar. Aprender a no fumar es reconstituirse, plantarse en el mundo desde un lugar diferente.

Mis compañeros de oficina tardaron en notar que yo había dejado de fumar porque al principio salía a la puerta con la misma frecuencia que antes. Comía un caramelo, miraba pasar los autos, aguantaba las ganas de llorar, de gritar, de fumarme un cartucho de dinamita y estallar en mil pedazos. En general me iba a dar una vuelta a la manzana. A veces siento que lo hacía para soltar energía o tensión. Otras, en cambio, pienso que me escapaba y me perseguía a la vez. Como un perro a su propia cola.

***

Entonces, ¿cómo se espera, cómo se lee, cómo se escribe? ¿Cómo se transita el tiempo y el mundo sin fumar?

No lo sé. Igual lo intento. Aprendí lo que es leer sin fumar. Y también a reír con amigos sin fumar, hacer el amor sin fumar, angustiarme sin fumar, llorar sin fumar, emborracharme sin fumar, perder sin fumar. Pero durante un buen tiempo seguí sin poder escribir sin fumar. Era, creo yo, a lo que más miedo le tenía. Habían pasado meses y todavía, al volver del trabajo, miraba el escritorio de lejos, convencido de que era una misión condenada: yo pensaba entre el humo. No concebía otra forma. Creía, como Julio Ramón Ribeyro, que escribir era un placer complementario al placer de fumar. Y me pasé meses sin intentar una palabra. Llegué a pensar que la aventura de escribir se había terminado de golpe y para siempre aplastada contra el fondo de aquel cenicero de madera.

Una madrugada, atrapado en el desvelo recurrente de esos días en que amanecía a las cinco sin excepción, me aventuré a descubrirlo. Frases escupidas entre dientes: un cuento intimista que por momentos parecía narrado por un personaje de un western de Clint Eastwood y que termina con un hombre y una mujer asomados a un balcón, al borde del amanecer, esperando algo que saben que no va a suceder. Mi primer texto libre de humo lo fue tanto por dentro como por fuera: después de años en que todos mis personajes se repitieran en gestos que involucraban un cigarrillo, el primer personaje de mi abstinencia fue, por supuesto, uno que intentaba dejar de fumar.

Pero había vuelto a escribir.

Puede que ese haya sido, por sobre todos los demás, el más íntimo acto de valentía en esta batalla desigual entre el que fui y el que sigo aprendiendo a ser.

(Publicado en Mundos íntimos, Clarín, en la edición del 21/10/2017)


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