Odios de ayer

Viñeta de Caín, publicada en LA RAZÓN el 11–06–2015

La carrera de fondo electoral que terminaba esta semana deja varios episodios de ambición sin escrúpulos que harían las delicias de Ambrose Bierce, escritor que dedicó su pluma cáustica a denunciar las corrupciones de su tiempo y cuyas Fábulas fantásticas podrían leerse hoy con la misma sensación de estar asistiendo a la decadencia del género humano.

Más que nunca, sabemos que la ceguera de quienes buscan poder todo lo puede. Desde el “pacto de la tortilla” para repartirse España que Pablo Iglesias y Pdro Snchz acordaron en el privado de un hotel, hasta el infame apoyo que un PSOE de opereta ha regalado en Vitoria a dos tradicionales enemigos de la socialdemocracia: el nacionalismo de PNV y el terrorismo de Bildu. O la triple intentona de apareamiento político triplemente fracasada de Esperanza Aguirre, que llegó a proponer un gobierno de concentración con Carmena si ésta renunciaba a sus propuestas de soviets en los barrios.

Ante esta acusación, el programa de Ahora Madrid no tardó en demostrar que la creación de soviets efectivamente no figuraba entre sus puntos, cosa esperable por otra parte. Si en algo aprenden el populismo revolucionario y las corrientes políticas de revancha es en la forma de encubrir las causas de sus anteriores fracasos para presentarse como soluciones de intacta credibilidad. Un cambio nominal, nunca estructural. Liman sus métodos, perfeccionan la propaganda y a lo sumo populismos como el anarquismo de Bakunin son superados por otros más científicos y realizables como el marxismo.

Pero lo que está claro es que, en esencia, invocar una ideología populista implica revivirla con sus intemporales vicios y sus seguidores ensimismados de siempre, algo que no debe ocurrir en los pueblos conscientes de su pasado –que suelen ser los liberales y democráticos–, los cuales consiguen, en palabras de E. H. Carr, que “los dramas no se repitan en la historia porque los dramati personae protagonistas del segundo conflicto son conscientes de las consecuencias del anterior”. Por eso resultan ridículos, por ejemplo, mantras como aquel que dice que el fracaso del comunismo en todas sus experiencias se debe a una mala interpretación del verdadero comunismo, que es válido como producto teórico y no debe ser marginado de cara a su aplicación en un futuro; ridículo y falso, pues el comunismo es hoy un rancio producto teórico en las naciones democráticas sencillamente porque ha sido derrotado en el campo teórico por el liberalismo parlamentario, y en el práctico por el mismo “progreso” humano que él creía representar.

Viñeta de Caín, publicada en LA RAZÓN el 24–02–2015

Ver como el neocomunismo ensueña continuamente con su utopía puede ser incluso cachondo, mientras éste se mantiene en las bibliotecas o en un circuito minoritario de partidos políticos y activistas. En el momento en que estas fuerzas se hacen con gran parte del poder municipal y autonómico, y las encuestas otorgan una segunda posición a un partido como Podemos en las elecciones generales, los defensores del Estado liberal-democrático deben ponerse en guardia. Más cuando estamos tratando con un partido cuyo líder Pablo Iglesias no duda en definirse “socialdemócrata, como Lenin”. Un perfil que dice mucho de sus intenciones caso de llegar a ser presidente del Gobierno, y que significaría que Aguirre no erró demasiado el tiro cuando acusó a Carmena y su tropa (que es Podemos) de volver a los soviets. Al fin y al cabo, tras la victoria bolchevique de 1917 fue el propio Lenin quien situó todo el poder en estas plataformas de obreros y campesinos, dominadas por el socialismo radical. Y no precisamente para darle al pueblo ruso aquello de “paz, tierra y pan”, como querría pensar Iglesias, sino porque Lenin aborrecía volver al régimen parlamentario, que consideraba algo así como mierda burguesa.

Nada es casual. No lo son los referentes ideológicos de Podemos y desde luego sucesos como el del pleno de constitución del Ayuntamiento de Madrid tampoco, donde a la portavoz de Ciudadanos, Begoña Villacís, le recibieron a la salida los votantes de Podemos deseándole “la guillotina y la horca”. Lo que sigue después es bien conocido, con el esperpéntico desfile de un concejal antisemita y su recambio “bollera, camionera, desviada, leñadora y feminazi”, el otro concejal que también tiene una filia por las guillotinas –pero esta vez para Gallardón–, la otra feminazi que reivindica en una capilla su derecho a “comer almejas” y un número dos de Carmena más cercano que el resto de la lista de Ahora Madrid –que ya es decir– a los ambientes abertzales.

En general, todo lo visto en Madrid, pero también en Barcelona –donde corría como la pólvora una foto de los nudillos de un concejal de la CUP con la palabra “odio” tatuada–, más que una serie de casualidades, es el resultado esperado entre quienes tanto han hecho por reavivar la conciencia de clase –concepto indudablemente marxista– en las familias más afectadas por la crisis para que renegasen de un sistema que, según esos agitadores, no les representaba. Se trataba, y lo consiguieron, de acumular resentimiento contra todo aquel que no sintiese esa revolución desde abajo como imperativo moral, que es como decir contra cualquiera que no quisiera reventar el llamado candado de la Constitución del 78.

La horda de “odiadores profesionales” que llamaban a la muerte de Begoña Villacís es la viva imagen del pueblo exaltado que ya no quiere otra libertad que la libertad de hacer la revolución, y por eso justifican y defienden estos días a concejales como Zapata, Soto o Maestre. No dudo que parte del electorado de Podemos sólo busca combatir la corrupción en España y reparar unos derechos sociales que creen maltrechos por las reformas del PP en los últimos años, y esa indignación de hecho forma parte del debate democrático. Pero no hay que esconder al otro votante de Podemos, el que no quiere trabajar en democracia por conseguir mejores derechos sino que, desde hace tiempo, tiene como único objetivo perforar los muros del Estado y con esas ganas de revancha confía el voto del odio a “candidaturas de unidad popular” –escalofriante concepto– para que señoras como Carmena o Ada Colau, que ya adelantó que desobedecerá las leyes que le parezcan injustas, empiecen a destruir el edificio desde dentro. Baste escuchar los juramentos del cargo de todos estos concejales para confirmarnos su poca cultura democrática y saber qué han venido a hacer aquí.

Y así es como, a mi entender, llegamos a la gran paradoja de los movimientos populistas una vez en el poder. Hablo de la profunda brecha que inevitablemente se abre entre el populismo institucionalizado y el pueblo que fuera pide más y más “radicalidad democrática” –otro escalofriante concepto–, hasta el momento en que sus demandas no puedan ser atendidas dentro de nuestro sistema y vuelvan su odio y su frustración a los mismos políticos que les juraron revolución. Con las imprevisibles consecuencias que tendría una radicalización de los radicales para la estabilidad nacional.

Ahora que vemos en los Ayuntamientos y las plazas la primera hornada de viejos odios, sólo le pediría a Pdro Snchz que tome asiento y contemple el monstruo creado. Jamás le salió a España tan cara una tortilla.