El majestuoso Orinoco en Ciudad Bolívar.

Conversando, escuchando, agradeciendo

Cerrando un año de increíbles experiencias, todo mientras aporto mi granito de arena por el país. Hora de agradecer.

Uno como periodista tiene la oportunidad de verlo todo, oírlo todo, estar en el centro de lo que podría ser el mayor acontecimiento histórico o noticioso de su carrera. Pero poder escuchar el suave murmullo de la naturaleza, el lejano llamado de un ave en libertad, el travieso parloteo de un mono pedigüeño, culminando en el poderoso bramido de un río lanzándose al vacío, tiene que haber sido uno de los puntos altos de mi vida profesional y personal, igualándose a muy poco. Fue quizá la conversación más fructífera que he tenido.

Estas experiencias fueron el cierre de mi visita al estado Bolívar, así llamado por un hombre que ha despertado amor extremo y desprecio extremo a los venezolanos sin que él siquiera lo imaginara en vida, pendiente como estaba de liberar a su patria del yugo español. La ciudad que lleva el apellido de don Simón fue la primera quien me habló, narrándome hechos que hace dos siglos cambiaron el rumbo de una nación y sus hombres y mujeres.

Ahí se ve el hueco de la bala.
Catedral de Ciudad Bolívar. Piar fue fusilado en su ala derecha.
Plaza Bolívar de Ciudad Bolívar

Aún queda la huella de la bala que segó la vida del llamado “Libertador de Oriente” Manuel Piar, a un lado de la catedral de Ciudad Bolívar, frente al Congreso de Angostura, dos años antes del acto que le daría su nombre. Bolívar contempló todo el hecho desde el primer balcón de la ventana, y parado en ese sitio histórico, uno se pregunta qué pasaba por la mente del generalísimo cuando vio al que fue un firme aliado, si no amigo, caer abatido por una ráfaga que él mismo ordenó. ¿Remordimiento y dolor, por haber traicionado a un compañero de batallas? ¿Satisfacción, de haberse quitado a un rival político, como le habían hecho llegar? Esas páginas no la escribieron los historiadores. Sólo sé que parado allí en ese lugar, con una arquitectura impresionante y llena de vitales colores, agradecí que eran decisiones que nunca deberé tomar, por los caminos que he decidido tomar.

Congreso de Angostura. En la ventana a la derecha de la entrada, Bolívar vio a Piar caer fusilado.

Apenas a unos metros de la catedral, la vena que da vida al pulmón vegetal de Venezuela, el imponente Orinoco, fluye con tranquila majestuosidad mientras los transeúntes locales apenas voltean a verlo. Anderson, el muchacho que nos ha traído hasta acá, sin duda ve mi cara maravillada y entre risas me comenta, “La verdad es que hasta que uno no ve cómo los de afuera ven esta vista, uno no se acuerda de lo que tiene”.

Le digo que es primera vez que piso estas tierras y en efecto lo envidio de tener semejante belleza a apenas unos minutos de camino por carro. “No bueno, como uno ve esto todos los días uno ya no lo ve igual”, me contesta, casi apenado pero de buen talante. Siento que aun así está orgulloso de su paisaje. Que lo cuidará, en la medida que su individualidad pueda hacerlo. Eso me baja un poco el asombro que vea esto tan casualmente. El pensamiento se me repetiría más adelante.

El Puente Sobre El Río

Si la construcción de los hombres me ofreció una amable conversación que prácticamente aseguró una próxima visita, la franca exposición de la naturaleza lo convirtió en obligación. Pues el cierre del segundo día fue al que Miguel, otro joven que fungió como chofer y compañero, sí dijo abiertamente que era orgullo de los bolivarenses. “Siempre que vienen invitados de afuera y tenemos un tiempito libre, ahí no hay discusión. Todos decimos, ‘hay que llevarlos a La Llovizna’”.

(Traten de ignorar la barriga, por favor.)

La auténtica naturaleza. Uno de los sitios más prístinos de nuestra Venezuela querida. El río Caroní en su más magnífico y prístino esplendor, en un hermoso salto que da nombre al parque. Siempre me pasa cuando estoy cerca de la naturaleza que admiro sin contemplaciones es confirmar en lo que tanto creo: que no importa lo rudo que sea el mundo, siempre hay algo positivo que te da esperanzas por las cuales luchar.

Si hablamos a nivel macro, 2015 fue un año de muchos retos para las esperanzas. Inflación galopante, para usar un cliché. Escasez. Colas. Enfermedades. Angelitos que se fueron antes de tiempo. Venezuela se vio enfrentada a una situación durísima, que a pesar de todo no será nada comparada al año próximo. Y el triunfo que obtuvo la oposición en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre es el trailer para una película de guerra política, ante un Gobierno que rehúsa soltar un ápice de poder.

Pero a nivel personal, 2015 me dio muchísimas razones para ser esperanzado. Mi nuevo trabajo finalmente me dio la oportunidad no sólo de conocer magníficas locaciones de mi país, sino que conocí muy buenas personas que quieren dejar el resto para lograr un país mejor. No sólo políticos, sino abogados, empresarios, campesinos, obreros, periodistas, locutores y policías. Tuve unas conversaciones increíbles con personas de todos los estratos de la vida, que simplemente quieren vivir en paz. Y me regaló nuevos ángeles que me llenaron de plena felicidad. (Ya se enterarán.)

Mi viaje al estado Bolívar culminó un año de muchos avances profesionales y personales que culminó en decisiones que llevaré a cabo en 2016, donde espero finalmente conseguir para lo que he trabajado toda mi vida. Y les aseguro, mi gente, siempre hay un motivo para sonreír, para estar agradecido, para encontrar las fuerzas para trabajar para lograr un mejor futuro. Así que, gracias 2015, por todos los favores recibidos. Quizá no te extrañe, pero siempre te estaré agradecido. A todos ustedes, espero que el final de 2015 los encuentre rodeados de felicidad, con los seres queridos, con la gente que los quiere y los va a ayudar a mejorar, incluso con los que ya no están físicamente pero que tienen presentes en su corazón.

Bring it on, 2016!

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