El sube y baja

Puedes salir del país pero no de tu mundo

Juan Carlo Rodríguez
Mar 10 · 4 min read

Odio las montañas rusas. Pero con pasión. No basta con decir que les temo, aunque eso viene de cajón. No, es una cosa que me niego a montarme en ellas, dado cómo mi estómago tiende a llegar diez minutos después de mí al terminar el recorrido y el corazón se transforma en un tropel de caballos desbocados. No, no es mi intención morirme en un aparatejo de esos, gracias.

Pero una y otra vez, uno se da cuenta que esa es la vida que uno lleva. Lo quiera o no, lo decida o no, la vida nunca es un carrusel (está bien, amigos españoles, tiovivo). O al menos, no puedes asumir que va a ser siempre un carrusel. No, la vida tiene momentos altos y bajos. Fuertes picadas y lentos ascensos. A veces de cabeza, a veces rectas. Ya lo decía la abuela en Parenthood.

Sabía que me estaría montando en una nueva montaña rusa el momento en que decidí irme de mi país. Asumiría una realidad completamente nueva, desde un clima nuevo hasta las responsabilidades de ser un padre. Y dejé a mi gente lejos, a mi mamá, a mi papá, mi hermano, mi cuñada, mi tía, mi madrina, mis amistades. Mi Ávila, mis cafés, mi Higuerote, Margarita, Mérida. Lo dejé todo por amor, por poder ayudar a mi gente y por ayudarme a mí mismo. Y he tenido momentos de increíble triunfo y muy, muy bajos. Como una montaña rusa, pues.

Recientemente pasé por una etapa muy, muy difícil. Supongo que así se siente la gente que pasa por depresión, sólo que de manera constante. Sentía que no había ningún avance, que la vida se había parado, que no tenía ninguna utilidad. Qué importaba todo lo bueno que había hecho ya, no veía ningún prospecto de mejorar las cosas. Seguía siendo un mesonero, no lograba publicar ninguno de mis cuentos, la empresa para la que escribo no avanza tampoco. Fue un túnel oscuro, no tan oscuro como algunos que he visto, pero es lo peor que me he sentido en mucho tiempo.

Dios guarde a mi familia y en especial a mi pareja, que estuvieron ahí en todo momento para escucharme y aconsejarme. Ese es el impulso que uno necesita, siempre. Nunca dejar de hablar, nunca encerrarse en uno mismo, una costumbre que lamentablemente es muy parte de mí. Así fue como surgí, me sacudí y seguí adelante.

Y luego los papeles se revirtieron.

Mientras escribo estas líneas, Venezuela sufre el peor apagón de su historia. Desde el pasado 8 de marzo a las 16:50 pm, al menos el 90% del país no tiene luz. Uno sigue la etiqueta #MegaApagonVzla en Twitter y ve las historias de terror: neonatos, enfermos de diálisis, infartados y hasta mascotas que mueren porque los hospitales no tienen cómo atenderlos. Hay un video absolutamente desgarrador de una madre que carga en brazos el cadáver de su hija de 19 años que murió por desnutrición a una morgue del estado Lara; otro de médicos en un hospital en Caracas trabajando para salvar bebés de manera manual. Restaurantes ofreciendo plantas eléctricas para cargar celulares. Un tuitero que sigo hace tiempo que se trató de quitar la vida.

Y lo que me afecta más directamente, el no poder comunicarme con mi familia para saber que están bien. Trato de ignorar el síndrome del superviviente que siento, y simplemente espero.

Cuando finalmente sé de ellos, sé que han tenido suerte. Han podido acceder una cocina a gas, y no han perdido (mucha) comida. Tienen a mi hermano allá, Dios lo guarde, quien los ha apoyado como puede. Y yo me doy cuenta que todos tenemos nuestras cruces que cargar, algunas más grandes que otras. Uno trata de ver en perspectiva su sufrimiento ante el de los demás, y se da cuenta que todos tenemos una responsabilidad: ser la luz en la oscuridad de nuestros seres queridos.

Cierro como abrí, con la analogía de la montaña rusa. Cuando esté por arrancar, si son creyentes recen, si no confíen, y en los dos casos respiren. En la subida, tomen la mano de quien los acompañe, recuerden que no están solos. En la bajada, griten al tope de sus fuerzas, desahóguense, no dejen ningún sentimiento por dentro que los pueda consumir. Y así, hasta que la experiencia termine.

Y aunque no lo crean, la vida sigue. Hay gente casándose, viendo películas (cuando puede), leyendo. Aprovechan de ver las estrellas cuando han solventado emergencias. Se caen. Se levantan. Piden ayuda. La dan.

Esta es la locura de ser venezolano, parte del reto de serlo. En estos momentos, es eso lo que nos va a ayudar a superar este duro camino. ¿Vamos bien? Mira, no. Pero vamos a ir mejorando. Esperen y verán.

Juan Carlo Rodríguez

Written by

Periodista venezolano. Lucho por encontrar equilibrio en un mundo desequilibrado. / Venezuelan journalist, struggling to find balance in an unbalanced world.

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