Desarmar para aprender.

Me pase gran parte de mi niñez desarmando cosas. Especialmente juguetes. Me fascinaba desarmarlos, incluso mucho más que jugar con ellos.

Reflexionando descubrí muchas enseñanzas basadas en este recuerdo y cómo las aplico en la actualidad en mi oficio de creatividad e innovación. Esta es una historia de cómo me convertí en un solucionador de problemas.


Parte I: Los autos a control remoto.

Todo comenzó porque mi padre es un entusiasta del automovilismo de toda la vida. Supongo que en su afán de inculcarme su fanatismo por los autos, siempre que podía me regalaba autos a control remoto. Me encantaba.

Sin embargo después de cientos de metros recorridos, luego de haber gastado decenas de baterías, de haber colisionado con paredes, puertas, pies, perros o mesas y de haber creado decenas de circuitos caseros y rampas, siempre pero siempre ese juguete que alguna vez fue emocionante se tornaba poco a poco en algo aburrido.

Justo en ese momento me invadía un sensación de curiosidad. Sentía una intriga enorme por saber cómo funcionaban y de qué estaban hechos. ¿Qué nueva característica, componente o tecnología podría a encontrar en su interior?

A pesar de las advertencias de mi padre de no estropear el regalo que me había hecho, no podía evitar tomar prestado sus destornilladores e iniciar el proceso de desarme.

Este juguete pensado para entretener, ahora se había convertido en una experiencia de juego muy distinta que consistía en desmontar meticulosamente tornillo por tornillo, desunir una a una cada pieza.

De todos los autos a control remoto que desarmaba, el objeto más preciado siempre fue el motor. Ese pequeño componente que convierte energía eléctrica en mecánica, provocando un movimiento rotatorio que permite al juguete mover sus ruedas y trasladar este objeto de un lugar a otro.

Me encantaba extraer este componente porque con él podía crear otros objetos. Al modificar su función, o mejor dicho al asignarle una nueva, estaba creando algo distinto. Por primera vez.

Para ese entonces, como todo niño tomaba a la hora de la merienda leche con cacao. Si lo disfrutaban tanto como yo, seguro recuerdan lo difícil que es disolver el cacao en polvo en leche fría. Uno puede pasarse varios minutos revolviendo con la cuchara para conseguir una leche chocolatada sin grumos. Acción que por más que uno lo intente fracasará terriblemente.

Así que un día, sin pensarlo, me propuse resolver ese problema. Y al hacerlo obtuve la primer solución que recuerdo haber creado.

Esta más o menos era la idea:

La solución era realmente simple. Un pedazo de metal con una base de forma triangular que al conectarlo al motor sustraído del auto a control remoto lo hacía girar. Así fue que invente mi propia batidora casera.

Después de varios intentos y derramar cacao y leche por toda la casa llegué a tener un prototipo que cumplía bastante bien su función. No podía estar más feliz, lo había solucionado. Nunca más una merienda con grumos de cacao en la leche.

Tiempo después mis padres trajeron del supermercado un nuevo paquete de cacao con este objeto como parte de una promoción.

Nunca más use mi invento. Este nuevo objeto era muy superior en funcionalidad y diseño.

No recuerdo haber creado otros objetos, pero con seguridad los hice. Nunca más me regalaron autos a control remoto. Para ese entonces ya había desarmado muchos.


Parte II: Mi padre y sus inventos.

Llevo varios días preguntándome cómo, por qué o quién me enseño a desarmar para aprender.

Le he dado mil vueltas a este tema durante más de dos semanas hasta que hoy escuche a mi padre decir:

“Antes que arquitecto soy constructor.”

Acto seguido nos ofreció una explicación. Dijo que él aprendió a construir antes que diseñar. Y no era simple retórica, era más bien literal. Para cuando recibió su título universitario ya tenía en su haber al menos dos docenas de proyectos realizados.

Proyectos grandes o chicos, diseños propios o ajenos, las lecciones más importantes las recibió al inmiscuirse en el proceso de construir.

Fue al entrar en contacto con los materiales, con sus cualidades y funcionamiento. Sea con cemento, ladrillos o fabricando sus propios bloques de hormigón, madera o metal. La clave era entender cómo todos esos elementos pueden interactuar entre sí. En la construcción, no en un dibujo sobre un plano arquitectónico o en un software. En sus propias palabras, de esa forma logró convertirse en el arquitecto que es.

A través de su relato mi padre me estaba ofreciendo una lección:

Para aprender a crear algo uno debe conocer cómo “eso” funciona y de qué está hecho.

Al hacer este ejercicio, uno tiene dos opciones:

  1. Descubrir y resolver un problema o mal funcionamiento que ese algo tiene.
  2. Entender la función de sus componentes para reusarlos, modificarlos o crear algo nuevo con las mismos.

Mi padre además de arquitecto de profesión, siempre ha sido el electricista, el mecánico, el plomero, el cerrajero y el reparador de computadoras de la familia. Y tal como él dice, fue constructor antes que arquitecto. Y cuando dice constructor tengo la sensación que se refiere a algo más.

  • Una vez creó su propio diseño y estructura de un sidecare para motos porque importarlos era muy costoso.
  • En otra ocasión modificó el funcionamiento de los motores de unas ordeñadoras mecánicas de leche lo que permitió optimizar la producción de una hacienda.
  • Durante los años 90s habrá construido, desarmado y vuelto a armar al menos seis computadores clons con sus componentes.
  • Hace unos pocos años diseño y fabricó un dolly casero a control remoto para realizar timelapes con una cámara de fotos/video.

Todo lo que necesita ser resuelto a través de la construcción de una solución es una tarea destinada a él. No puede evitar resolver problemas. Él, su bolígrafo y una servilleta son invencibles.

Es así como mi padre sin darse cuenta me regalo algo mejor que autos a control remoto, me regaló una de las mejores lecciones que es aplicable a casi todo en la vida:

Desarma, aprende, soluciona.

Parte III: Desarmando negocios.

Hoy siendo un adulto sigo desarmando cosas. Los juguetes pasaron a ser productos, marcas, servicios o experiencias.

Cada vez que llega un nuevo proyecto a IMMIGRANT lo que más me entusiasma es la oportunidad de resolver problemas complejos de negocio.

Desarmarlos en pequeñas partes. Ver y analizar todos los componentes, aprender su mecanismo y poder observar como cada pieza y actor involucrado da forma a un sistema más grande.

El proceso suele ser el siguiente:

  1. Desarmar: desmontar uno a uno los componentes de un producto o servicio con el único fin de explorar en su interior. La marca, el producto, sus características, los consumidores, etc.
  2. Aprender: de qué está hechos, cómo fueron ensamblados, que componentes, piezas y mecanismos permiten su funcionamiento, en qué se destacan, que historia tienen, etc.
  3. Solucionar: que elementos puedo usar, que puntos puedo conectar, cómo puedo alterar o combinarlos con otros para crear una solución diferente.

Para mí, la creatividad y la innovación es tan solo el resultado de encontrar formas originales de mezclar componentes que uno ya tiene a su disposición. Conectar piezas y asignarles un nuevo significado, funcionalidad y propósito.

Finalmente logre resolver el dilema. Acabo de darme cuenta que empecé a crear soluciones mucho antes de lo que creía. Mucho antes que mis emprendimientos, los brainstormings, los hackathons, las agencias y las metodologías. Así como lo hizo siempre mi padre. Construyendo.


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