Conocé a Alberto, el peluquero manos de tijera

Atiende en su salón y hace giras por el país. Estilo, shows y mucho ritmo.

Alberto Díaz creció en el pueblo de Laprida. Cuando era adolescente, un hombre lo vio zapateando, le gustó y le ofreció un trabajo en su rotisería. Alberto armó su bolso y partió de Provincia a la gran ciudad. Ahí empezó todo.

Algo en la rapidez de sus manos y su atención a los detalles resultaba único. Una estilista que diariamente compraba comida en el local le dijo, con certeza: “Vos vas a ser peinador”.

Recién llegado del campo, no sabía bien de qué le hablaban. “Cuando dijo peinador, no entendí nada: peluquero me sonaba mejor”, cuenta Alberto, entre risas. La misma señora lo inscribió en una academia y nunca más dejó el oficio.

Tempranamente se hizo un nombre en el mundo de la peluquería. Y, gracias a su talento para los cortes, lo empezaron a convocar a exposiciones. Él decidió transformar esos eventos en verdaderos espectáculos. Primero agregó humor y música (la cumbia y el cuarteto son sus géneros de cabecera); finalmente, trajes y distintas herramientas para cortar y peinar.

Un sobrino le consiguió unas tijeras gigantes para esquilar ovejas, les sacó filo, las adiestró y las sumó al show. Con ellas, recorrió distintas provincias y países. En 2013, el conductor Beto Casella vio un video suyo y lo invitó a la “Noche de talentos” de Bendita TV.

A partir entonces, adoptó como apodo “el peluquero manos de tijera”. Claro que, a diferencia del personaje interpretado por Johnny Depp, Alberto es pura alegría.

Afirma que no se inclina particularmente por atender famosos pero, a lo largo de su vida, peinó a varios: desde Adriana Aguirre hasta Carlos Menem –antes de que fuera presidente–, la cantante de soul Mary Wilson y Pampita.

Alberto anima fiestas y se presenta en boliches, pero no es todo lo que hace. También se dedica al desarrollo de productos –trabajó durante años para una importante empresa internacional de shampoo–, cuenta con una 0 800 donde responde dudas sobre pelo y recibe clientes. “Eso sí, me cuesta estar trabajando en el laboratorio y no poder bailar”, confiesa.

Su salón, ubicado en el barrio de Villa Crespo, es colorido y cálido. Entre sprays, secadores, tijeras y peines, hay banderas brasileñas –admira el fútbol verde amarelo– y un pequeño escenario, donde canta serenatas y música tradicional. Aunque es fanático de Ricky Maravilla y la “Bomba tucumana”, lleva a su pueblo en el corazón.

El secreto de su éxito reside en mantener la excelencia profesional… y dar rienda suelta a su personalidad.