Carlos Olivarez not dead

Me encontré con la edición original de Concentración de bicicletas por casualidad en una librería de viejo perdida en Avenida Matta. En rigor andaba buscando unos libros de economía para una investigación cae sobre mi cabeza este ejemplar flaco, de 1971 (editorial Cormorán) y que parte con la dedicatoria más increíble de la historia:

Nada de índices, ni presentaciones.
Sólo esa dedicatoria que ni siquiera estaba centrada o a un costado de la página, sino que arriba, como si fuera el título.
Los siete cuentos se leían con gusto y sorpresa. Y aunque se podía emparentar con el primer Skármeta o, incluso, Poli Délano, la voz de Carlos Olivárez era más urgente, más garage rock, digamos, para capturar el Chile -y el mundo- de fines de los 60: con discos de los Beatles y Rolling Stones, fuentes de soda, mucha pobreza, agitación política y sexual, micros, hospitales, estadios, salas de clases y angst adolescente.
Buscando por internet, me enteré que recién en 1988 publicó su segundo libro de cuentos: Combustión interna. También, que en esos años, editó practicamente solo el suplemento cultural de La Época. Un diario que intentaba parecerse a El Pais de España. Claro que en antes, desde los 60, se sumergió en la crítica literaria en revistas como Quinta Rueda.
Otro detalle: había nacido en La Unión, estudiado en Valdivia y llegado a Santiago, donde pasó como un OVNI sin integrarse del todo a ninguna escena literaria en particular. En las entrevistas se le presentaba como una joven promesa -que se puso una zeta en el apellido- y que inspirado primero que todo por mexicano José Agustín y luego Nicanor Parra y el mismo Skármeta iba a revolucionar la literatura chilena. Quizá no lo logró como lo esperaba.
O renunció a la tarea, enfocándose en descubrir a otros autores.
La reedición de esta colección de cuentos a cargo de Simplemente Editores -con material extra sobre el autor fallecido en 1999- debería dejar las cosas en su lugar. Carlos Olivárez merece mucho más que el olvido.
Su especialidad: los seres marginales, solitarios, vapuleados*
Por Fernando Jerez
En 1971 se publica en Santiago CONCENTRACIÓN DE BICICLETAS un libro firmado por Carlos Olivárez, el joven escritor que pocos años atrás había llegado desde La Unión a la capital, con la intención de “bailar en la pista literaria”, según declararía en una entrevista con el crítico Mariano Aguirre. Admirado por sus pares, los jóvenes lectores de su tiempo no demoran en acoger con entusiasmo los siete cuentos que componen el libro. Les atrae el tono suelto, innovador y provocativo de las historias y el afán rupturista del mexicano José Agustín, escritor que hizo las delicias de los escritores agrupados por algunos críticos en la generación del 70, también conocidos como los Novísimos. La mente brillante la de Carlos Olivárez se hace notar también en las agencias de publicidad donde trabajó llevando a cabo los proyectos más exigentes con imaginación y saltos audaces.
En Concentración de bicicletas, Olivárez se sirve de un estilo parco, centrado más en las ideas que en la ampulosidad de la forma. Cada una de su frases conlleva la intención de retratar el entorno perturbador de la urbe en la que viven los jóvenes de los años sesenta, cómo piensan y se divierten, cómo sueñan. Desde este punto de vista, el libro es un agente revelador de una época importante del Chile que pocos años después viviría hechos traumáticos.
Era un enamorado de la vida. Disfrutaba de cada detalle que solía conectarlo con su noción de ser viviente.
Su carácter cuestionador y provocativo queda de manifiesto cuando al periodista Antonio Martínez, le confiesa: “No me fui de Chile (durante la dictadura) por flojera, había que hacer muchos trámites y me casé… tal vez fue la flojera, o bien por llevar la contra. No me fui cuando todos se fueron; me casé cuando todos se divorciaban, tuve hijos mientras estaba cesante”.
Absorbe los hechos cotidianos, muchas veces nimios, y los enaltece. Hoy, cuarenta años después de la publicación de los relatos reunidos en Concentración de bicicletas, cuando el país ha celebrado doscientos años de vida independiente, sus páginas ayudan al siempre provechoso ejercicio de evocar el pasado, a reunir los granitos de arena que constituyen nuestra inasible identidad. Sus historias nos revelan, por ejemplo, la hiperbólica admiración de los hombres de la época por los trajes de la afamada marca Scappini; la devoción por los Beatles, por el ciclista Jacques Anquetil, por Garrincha, Peter Sellers y las papas Chips. Los jóvenes amantes intercambian caricias en los cines Ducal, Huérfanos y Marconi. Y bailan en el Topsi-Topsi. Están presentes en sus páginas actores como Paul Newman y Marlon Brando, y se oye el eco de las canciones interpretadas por Gilbert Becaud, los Bric a Brac, el Clan 91, Sandro o Bert Kaempfert. Vibran los discursos pronunciados por Bosco Parra o Gladys Marín, Fidel o el Ché. El televisor ofrece al atardecer Misión Imposible, restándole valiosos momentos al diálogo familiar, y en cuestiones de salud, preocupa la fiebre de Hong Kong. Nada escapa al ojo de Carlos Olivárez, un rastreador de la vida.
Autor de un segundo libro de cuentos, Combustión interna, en 1988 ejerce de compilador y logra publicar Los veteranos del 70, con presencia inusitadamente equilibrada de 21 narradores y 21 poetas. También se ocupa de la Nueva Narrativa Chilena (1977); en Antofagasta durante el ejercicio de una beca se le ocurre reunir a los poetas de la región, y los publica. Con Ramón Díaz Eterovic dan vida a New York 11, un libro que asegura posteridad a los singulares parroquianos el mítico restaurante La unión chica. La Editorial Los Andes publicó en 1993 su libro Conversaciones con Jorge Teillier.
Fue crítico literario de la revistas Onda, Ahora, Quinta Rueda; jefe de redacción de la revista Ojo, circunscrita al cine, y director del Suplemento literario, del diario La Época. En la revistaRamona realizó crítica literaria y entrevistas a escritores. También, redactor creativo en agencias de publicidad y fue autor del guión Pepe Donoso, un documental que ganó el Premio de la Crítica.
“Su especialidad –dice el escritor Darío Osses– son los seres marginales, solitarios, vapuleados, ansiosos, levemente nostálgicos y autodestructivos. Frecuentemente beben en exceso, fuman como chimeneas y sangran copiosamente”. El cierre del diario La Época, a cuyo suplemento literario consagró todas sus energías, le produjo un enorme dolor. Desde entonces, su salud comienza a resentirse.
Por lo someramente dicho, Concentración de Bicicletas es un libro que con toda propiedad debe integrar el selecto grupo de las obras de literatura que conforman el patrimonio nacional. Su autor, fallecido en 1999, que durante un tiempo subsistió vendiendo pescado, locos y erizos en el Mercado Central, conocía la vida como pocos y la traspasó en detalle a las páginas de su escasa y muy exigente obra, utilizando a veces ritmos de rock o el espíritu de hippies encorbatados, amantes devotos de las mujeres y sus faldas “plato”. Y, por supuesto, con talento y brillantez.
*Esta es la introducción del libro reeditado. El título es nuestro.
No estacionar toda la cuadra

Por Carlos Olivárez*
Segundos atrás debe estar el viaje en tren a Santiago con la nostalgia encima como un terno Scappini que cae perfecto. En este momento tiene que haber sido mi matrícula en la Universidad de Chile, de eso estoy casi seguro. De lo que no lo estoy mucho es de si está en el pasado o no, cuando la conocí. Porque las colas para el almuerzo en el casino se hacen todos los días y a toda hora, por eso no comprendo muy bien, porque fíjate que yo, viniendo de saltar barreras, corriendo como John Carlos desde allá, nadando con estilo mariposa, pedaleando a lo Jacques Anquetil, dribleando a lo Garrincha, tomando parsimoniosamente mis cafés a lo Balzac, etcetereando como yo sé hacerlo, no tenía, no puedo tener, el tiempo muy en orden. En todo caso puede ser algo que tiene que ocurrir y será, tal vez mañana, cuando silencioso, pero riéndome de las dos o tres cosas curiosas que pueden suceder en una universidad tan grande como ésta. Silencioso y vociferante me acerqué a comprar mi tarjeta del almuerzo, me ubiqué en la cola a esperar mi bandeja, voluptuosamente solicitante, atentamente advenedizo a las pantorrillas más sobresalientes que a veces debes haber visto circular desde la Biblioteca al Pabellón de Alumnos. Lo único claro estará después, cuando ella me sonría (pienso que no es algo que venga mucho al caso), pero bien sabes eso de la oportunidad no ubicua. Porque se tienen que construir muchos azares para que la encuentre justo delante de mí, con su sonrisa y su nariz, su mirada y sus caderas. Todo junto, envuelto en un solo, pequeño paquete. Y la cosa debe seguir para que yo pueda, sin más problema que el desgano, sentarme a su lado y ponernos a almorzar tal cual Atila de anfitrión de Gargamela. Claro, eso no puede durar mucho, para que inmediatamente nos hablemos de cosas delicadas como qué he venido a hacer a Santiago y he estado muchas veces en Valdivia porque me parece preciosa. Entonces debió, será que el silencio, el mío, empieza a hundirse en las palabras y gestos desmesurados. El histrión, el goliardo se sienta a mi lado soplándome al oído las anécdotas traídas por voces ocultas y el silencio comienza a morir, hasta que asesinado horriblemente cae, y es el cazurro ahora, el que va y viene de sus ojos a la mesa, a la hora de las uvas del postre, de sus manos a mi cigarrillo. El trovador se insinúa más tarde, cuando algo me dices que tritura un transistor que aún no sé qué es, o será. Pero ya habrán pasado varias cosas, algún elefante se habrá, seguramente descolgado de mi bolsillo, habré sacado conejos de los vasos y alguna palabra sale de mi boca en letra de imprenta porque te estás riendo mucho y ya no quieres irte, parece que se te olvidó esa reunión porque miras atentamente la máquina del tiempo que gentilmente te ofrezco extraída desde mi chaqueta y te pareces preguntar cómo hago para utilizar exactamente la palabra que no corresponde en ese preciso momento. Entonces será que quede el precedente de tu aceptación a tomar una enorme taza de café y el estudiante nocheriego parezca vencer esta angustia y hablemos francamente de cosas extraordinariamente sin importancia y vaya sabiendo que estudias a Camus. Que estás leyendo L’Etranger poco menos que en los manuscritos, cosa que yo, te confieso, no puedo hacer. Alguien tiene que ayudarme a descifrar. Entonces el cazurro habrá de traernos a Rimbaud y Marx (yo estaba pensando en otras cosas). Por ahí nos quedamos un buen rato con eso hasta que las hormigas suben por los vellos de las piernas, las recorren y se meten en el pecho sistemáticamente dando vueltas porque tienes que irte.
Es lunes por la tarde y vienes a buscarme. Ya me has contado que han habido otros juanes que te conocieron primero y que ni cortos ni flojos supieron aprovechar el tiempo que ganaban. Que estuviste trabajando. Que a los dieciséis tenías una moto. Que los Beatles te provocan sensaciones. También has tenido la valentía y la crueldad de contarme lo otro. Yo aprieto las mandíbulas. El Arlequín está pensando. Miro por la ventana y te veo, allá abajo, caminar rápidamente. Estás pasando justo bajo mi mirada. Pulsas el timbre. Tomo los cigarrillos y bajo.
Has tenido suficientes oportunidades para hablarme del sesentaiséis (época en que yo vagaba olímpicamente por la universidad austral). Cuando iniciaste tus clases en la universidad y más atrás también, o más adelante, cuando en manadas de motonetas ibas al campo junto a doce o trece Dean, con ocho o nueve Brando envueltos en casacas de cuero. Entrenados furiosamente en el levantamiento de pesas porque para sujetar las motos hay que tener muñecas firmes como para sujetar a una mujer. Entonces yo seguía vagando y tú, seguramente a gran velocidad, descubrías el amor entre los carburadores y los embragues. Entre las bmw, las Lambrettas y las Vespas. A horcajadas te fuiste dando cuenta que había uno que lo hacía mejor, que era el más fuerte, el más intrépido, que nunca titubeaba en participar en los moto-cross de las afueras de Santiago. Y mientras el sol te llegaba sistemáticamente, yo eludía los goterones y secaba mis zapatos en la estufa con una copa de vino caliente entre los dedos que rápidamente se llenaba de melancolía. Era, soy así. Por ese tiempo estarías ya pensando, en las noches cuando sola, en lo que me confesaste haberte arrepentido, pero tarde. Alguna vez lo debes haber deseado ardientemente en las fiestas de muchachos a saltos y contorsiones con que te regalaban los Beatles cuando aún no eran tan poetas. En el girar de un treinta y tres un tercio, en las vueltas de I Should Have Know Better o de I Want Hold Your Hand un alacrán traicionero te envenenó dulcemente el corazón y lo aceptaste. De ahí para adelante Stendhal, Flaubert y Rabelais, distraídamente en la universidad, se fueron quedando aislados en una esquina del bolsón y éste se empezó a llenar con boletas denunciadoras de helados, cafés con leche, trozos de entradas del Ducal y el Huérfanos. Rotativos desesperantes por algo que no se decía, que no te atrevías a pensar. Las motos entonces se fueron quedando sin bencina. Los embragues no dejaban pasar tan bien los cambios y los giros eran cada vez más peligrosos. Un señor empezó a cambiar algo en su cuenta kilómetros. La mano se hizo cada vez más tierna, más firme para sostenerte. Desde luego los discos seguían y las fiestas habían cambiado sus efervescencias. Las tardes eran quietas. Te apoyaste alguna vez en su hombro y te descubriste, tiempo después, en Viña, asustada, me da por imaginar. No queriendo hacer nada más que seguir escuchando A Hard Day’s Nigth tan fuerte y joven como eras, salir a recorrer Avenida Perú tomados de la mano, entrar al Topsi-topsi y fumar con un larguísimo trago en la mano, hablar con tu mamá, leer a Gide, asistir a clases de Latín, soportar una sesión con el sicólogo, correr por la micro que te lleva al pedagógico, cualquier cosa, pero no estar allí, con las rodillas tiritando, en donde detrás de esa puerta hay alguien que se ha bajado de su moto y te espera al lado de una cama nervioso y vehemente. Sin embargo, tienes que ir porque por algo te has casado y no valen de nada las lágrimas.
He olvidado las llaves de mi closet. Descamino el espacio. Transformo todo en un minúsculo, habitual caos. Las encuentro. Las echo en mi bolsillo. Vuelvo a apoderarme de los pasos y comienzo de nuevo a bajar la escalera. Noto que hace un frío del demonio. Subo el cierre de mi chaqueta. Equilibro un cigarrillo entre los labios. El fósforo comienza a quemarlo. Poso un pie en el descanso. Debes estar sentada en el living.
Algo más debió ser necesario para quedarte quince días en Viña paseando a Reñaca en las tardes. Curioseando en el Casino. Abrigándote en las noches con más que su calor, que el tuyo. El recuerdo de los llantos, la felicidad de tu madre, en medio de tanta gente religiosa, pastores de civil y de uniforme que repletaban aquella iglesia. En ese mes yo estaría con las patas arriba de una mesa leyendo algún libro medio prohibido. Aprovechando el sol en una esquina, con la boca cerrada y los ojos abiertos. Fotómetro en mano, midiendo la luz para poder fotografiar decentemente. Esa noche (fue sábado, ¿no?), después de media docena de amenas, finitas pílseners, me dormiría con la cabeza metida entre las plumas, mientras tú navegabas por el espacio en órbitas elípticas, no uniformes, no seguras, hasta que por fin te atreverías a enfrentarlo y meterte en la cama para nada. Justo ahí debe haberse transformado el asombro en una materia viscosa, alguna rara gelatina se posó en tu cerebro y chasqueó en el aire una chispita que impresionó en un precipitado de plata seis por nueve el agrupamiento en esas potentes motos, el desafío a la velocidad, y comprendiste. Porque ahora allí estabas debajo de las sábanas, y él, después de fumarse un cigarrillo se dormía profundamente. Entonces quizás lanzaste un gemido. Como un joven cachorro aleteaste la nariz.
Llego al descanso. Miro mi zapato derecho. Está desabrochado. Lo abrocho. De a poco me levanto. Me descubro una semi taquicardia. Recuerdo una película de Antonioni tan lenta, empalagosa, real. Me estiro un calcetín. El otro. Siento escozor en los ojos el humo del igarrillo entra a torrentes irritándolos. Me froto con el dorso de la mano vuelvo a apoderarme del espacio. Continúo bajando.
Particularmente sensible después de ese gemido, de la fotografía tan precisa, tus nervios anteriores, tus deseos de llorar se convertirían en ridículos y el odio fue abriendo su camino pavimentando tu alejamiento. Ese domingo yo, tardísimo, saldría de entre las plumas dispuesto a organizar el aburrimiento de la tarde en una matiné o en un café leyendo diarios viejos hasta que el desorden trajera algo mejor. Debo haber leído alguna otra cosa. Seguramente me entretuve revisando la orfandad de mi casilla y busqué alguien para hablar.
Es posible que él lo haya intentado otra vez y otra, cada dos, tres, veinte días, con tu diligente, ansiosa ayuda (el odio prehistórico dejó lado a la compasión intelectual) de nuevo para nada y todo empezó a, definitivamente, pasar a otro estado que los meses acercaban. Recuperaste quizás tu ademán de vivir y te arrancaste algún sábado chispeante a escuchar los Rolling Stones o, cuando ya irreversiblemente lejos, partiste a las piscinas mientras alguien no tenía moto ni risa y el desconcierto primitivo cerraba las puertas para que la violencia no escapara. Con los días, a veces, saldría a luz una furia, un esfuerzo que ya no te tocaba. Las clases habían de nuevo comenzado. Sartre te imponía obligaciones. Camus te exigía su lectura. Los días te los pasaste leyendo. Tomando notas en la biblioteca. Yendo a las asambleas. Luchando contra el tiempo para llegar a las concentraciones. Almorzando sola, a la carrera por tener reunión de seminario. Olvidándote, tratando, de que en la noche él estaría de nuevo con la seguridad fiel, de que ahora sí resultaría.
Debes estar leyendo, mirando las letras del diario allí abajo. Tratando de no descubrirte asustada. Son las tres. Poso el pie derecho en el décimo escalón. Avanzo el izquierdo y lo coloco en el noveno.
Ya no quedaba nada de nada y los insultos aparecieron matizando los colores. Con la desesperanza en todos los rincones te ubicaste en la cola del almuerzo cuando los azares construidos, el tiempo desmantelado, organizado para fiesta me hizo tropezar y quedarme allí detrás de ti. Sentarme a tu mesa. Invitarte a girar con mi desfachatez.
Un escalón más. Giro a la izquierda y allí parada, mirando los árboles del jardín, estás de espaldas. Te vuelves y algo se ilumina. Te tengo al alcance de mi mano. Toco tu nariz, la hundes entre mi camisa (la semi taquicardia se acentúa). Te froto el cuello y al oído en voz baja te ruego irnos pronto porque el departamento me lo prestaron solamente hasta las ocho y media. [LL]
*Este es el primer cuento del CONCENTRACIÓN DE BICICLETAS.
