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Una noche Jack Duluoz durmió tranquilo porque se sintió entero. Se sintió persona y de verdad, sintió que podía levantar la mirada y mirar a cualquiera sin vergüenza ni detalles ni secretos. Se sintió conforme con cada una de sus palabras y asumió cada uno de sus hechos. No sintió vergüenza ni por sentir, ni por llorar, ni por preguntarse. Se reconoció como una persona completa e imperfecta, que llega hasta donde su piel permite y que recibe lo que fuera de su piel sucede.

Sintió que podía decir con nobleza y que el camino era el de la verdad. Que su rostro era blanco y limpio, que no tenía vicios ni deformaciones y que todo en su esencia era puro y evidente. Se sintió reconciliado consigo mismo. Perdonado, alejado del yugo de su auto opresión. Todo lo que quedaba era ser libre, como había elegido, como le había sucedido. Una libertad que había que asumir, trabajar, de la cual aprender y a la cual saber pedirle. Un nuevo tipo de libertad, porque siempre es distinta, porque siempre nos enseña.

Pese a que algunas mochilas todavía pesan, pese a que de verdad este invierno está siendo frío. Pese a la conciencia de la finitud, al freno de la muerte, a lo irrefutable del tiempo.

Un árbol de potencialidades se sentía latir en sus ojos, aunque nunca tanto ni nunca tan poco. Como todo, siempre cada cosa es contextual, relativa y sujeta. El tiempo, la resiliencia y lo que hacen las manos se ocupan del resto. De la marea, de lo que queda, de lo que brota. Porque eso es casi todo, porque casi nada hay fuera de eso, más que escribir e intentar conciliar lo que es fugaz con lo que es para siempre con un puñado de palabras.

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