De Amaya Amador a Eber Sorto
Solo le vi una vez. Pronunció un brevísimo discurso diciendo que los nacionalistas eran “unos mal nacidos”. Y volvió al Astoria, donde estaba con sus amigos bebiendo y conversando. Era en 1958 cuando se inauguró el sistema eléctrico de Olanchito. Pero desde antes, para nuestra generación y las que nos habían precedido, Ramón Amaya Amador era el referente más alto hasta donde podía acercarse a la gloria un nacido en Olanchito. La lectura de “Prisión Verde” — sin las alteraciones que dirigentes del Partido Comunista le introdujeron para convertirla en un manual inútil para reclutar a jóvenes estudiantes capitalinos — era algo obligatorio. Amaya Amador, que había dejado Olanchito en 1947 una vez muerta su madre Isabel Amaya, y radicado en Guatemala, había enviado varios paquetes de su novela — publicada en México– a su gran amigo Domingo Urbina. Algunos ejemplares fueron puestos en circulación. La mayoría estuvieron incluso hasta 1958 bajo el bar del Astoria, cosa que disgustó a Amaya Amador cuando lo descubrió. Mingo Urbina le explicó que él no quería que lo “fregaran” acusándolo de comunista. Porque para entonces, en el clima de intolerancia en que vivíamos, la novela era vista como una incitación al comunismo, el peor “pecado” que una persona podía cometer.
Leímos “Prisión Verde” arropados por el placer de una prosa fresca que hablaba del mundo bananero en donde habíamos pasado la infancia y los primeros años de la juventud. Incluso, vivimos en Culuco — ahora desaparecida — la finca bananera en donde se desarrolla la historia que narra la novela más leída en toda la historia del país. Posiblemente más que Blanca Olmedo de Lucila Gamero de Medina. Años después descubrimos que no fue inspirada en “La Madre” de Gorki, sino que en “Cacao” de Jorge Amado, leyendo una reseña de Amaya Amador publicada en El Atlántico de Ángel Moya Posas. Y estudiarla — en momentos en que preparaba su biografía, publicada en 1995 por la Editorial Universitaria– con la mayor profundidad y dedicación.
Mañana en Olanchito celebraremos el primer centenario del nacimiento, ocurrido el 29 de abril de 1916, del compatriota más famoso que ha producido la ciudad. Y posiblemente el más influyente para que, muchos de nosotros, hayamos escogido el camino de la literatura, la investigación histórica, la novela, la poesía, el teatro y el periodismo. Allí celebraremos en su honor, una sesión de la Academia Hondureña de la Lengua que derivó en un conversatorio sobre la vida y la obra de Amaya Amador. Además del alcalde Tomás Posas, Juan Ramón Fúnez, Rafael Ramos y otras personalidades que conocieron al novelista muerto en Checoeslovaquia en 1966, estará el poeta Eber Sorto, la voz más joven de la poesía de la ciudad cívica, muy involucrado en esta interesante y ejemplar celebración.
A Sorto le conocí muy joven. Leí su poesía recostado en una hamaca en la casa de mis padres mientras él, nerviosamente, se frotaba las manos. Serio al borde de las lágrimas, solo sonrió cuando le dije: ¡esta es poesía¡. Se la publicaremos en Tegucigalpa. Ahora, en esta celebración, el ayer, representado en el camino que abriera Amaya Amador y que transitamos muchos de sus paisanos, con diferente éxito, pero igual pasión; y el presente que anuncia el futuro, representado por Eber Sorto, alrededor de cuyo nombre y de su trabajo ejemplar en la Casa de la Cultura, que custodian las cenizas de Amaya Amador, nos tomaremos de la mano para brindar por el mejor de entre todos nosotros. El más trabajador, el más disciplinado y el más afortunado escritor que ha producido el fértil Valle del Aguán: Ramón Amaya Amador.