Cambio de casa (un inicio)

Todo estaba embalado: los libros y revistas, las tazas y los platos, los discos y DVDs, los recuerdos, boletas, envoltorios, fotos, entradas al cine, fotocopias y papeles viejos que no queríamos botar por alguna especie de Diógenes no asumido y que algún biógrafo del futuro podría querer usar como piezas de puzzle para escribir nuestra historia. Muchas cosas estaban en el balcón, ese balcón que daba a esa pampa que quedó en el medio de la ciudad creándonos un patio imaginario lleno de maleza, tierra y adolescentes borrachos del colegio aledaño apareciendo intermitentemente para hacer las cosas de su adolescencia tranquilos, ese balcón donde nunca plantamos nada porque no hubo tiempo para hacerlo. Era un día nublado y helado, como casi todos antes de octubre o noviembre. El departamento ya no era un departamento, era una bodega, un desorden o un espacio sin historia, listo para que algún joven emprendedor dueño de un local de accesorios para smartphones en el mall de Temuco lo ocupara desde cero, para que armara sus propios Diógenes, sus propias fiestas, sus propias melancolías. No me acuerdo qué pasó después. Ella siguió su camino y yo el mío, pero no puedo determinar qué pasó exactamente después. Cómo seguí con mi vida como si no se hubiera terminado la única etapa en la que fui feliz -eso no lo sabía, recién lo puedo decir ahora, porque la felicidad siempre vive en el pasado y la melancolía en el futuro. Qué hice al otro día, si fui a trabajar, si viajé a Santiago al tiro o me quedé donde mi hermana o donde algún amigo, si todas esas cajas llenas de libros y discos y papeles -que bien podrían compactarse en un disco duro externo que quepa en el bolsillo de mi chaqueta- que repartí por todo Temuco procurando conservarlas quedaron a salvo o se perdieron por ahí. Nunca lo controlé. Seguí, nomás. Era lo que había que hacer en el momento. Probablemente estuve uno o dos días en Villarrica, tratando de reemplazar la pampa del balcón por la arena y el musgo y el agua sucia del lago, mirando, esperando que abriera para poder mojarme los talones sin congelarme, tratando de recuperar lo irrecuperable. Ella se fue y yo me quedé. Uno dice que no, pero siempre son los demás los que se van y es uno el que se queda — es bueno empezar a aprenderlo. Las cajas también se fueron. Algunas las dejé donde una amiga de mi madre, otras donde un amigo que luego también dejó Temuco — porque las ciudades también se van, y es uno el que se queda. Los recuerdos que ahí estaban abarcan desde fotos de guagua, de primer día de colegio, de huaso, de alegría de haberme encontrado al Viejito Pascuero en Falabella, de la Ruta 5 cuando aún no era doble vía, de primeras comuniones y licenciaturas, de último día de colegio, de caras de pánico en el baño producto de una foto sorpresa con flash excesivo, de humo de primeros cigarros, de colillas y vasos vacíos, de vacaciones con exceso de tallarines y tierra bajo las zapatillas, de rollos sin revelar porque ya nadie revela rollos, hasta cassettes de malos hits noventeros grabados de la radio sin los tres primeros segundos porque nadie nunca fue tan rápido de apretar Rec apenas aparecían, figuritas canjeadas con tapas de Coca Cola más 100 pesos, cuadernos llenos de entradas como ésta y recortes de diarios sobre películas que no podíamos ver porque no había cine y Blockbuster se demoraba seis meses en traerlas. Todo eso se perdió. Y qué importa, si de la felicidad pasada no podemos estrujar más que un recuerdo simpático o una anécdota que nuestros hijos o sobrinos no van a entender. Recuerdos, de nuevo. ¿Por qué no me acuerdo de qué es lo que vino inmediatamente después? ¿Por qué me acuerdo de trivialidades como la vecina que ponía la música más fuerte que nosotros como tratando de competir por quién recibía primero el reto del conserje, o las idas a la Esso de la esquina a comer completos con palta falsa a las cuatro de la mañana, o todos esos jarros de café que se rompieron para el terremoto y que nos gustaban tanto, o el envase de tallarines que usábamos como micrófono imaginario o como lightsaber imaginario cuando estábamos muy aburridos pero muy contentos como para no querer jugar, pero no puedo determinar si vendí los sillones por internet, si le firmé algún papel a la corredora de propiedades o si pedí permiso en el trabajo para hacer todo eso? ¿Por qué no sé qué fue de ella si ahí está Facebook, Twitter, Instagram e incluso los historiales de WhatsApp evitándonos tener recuerdos? ¿Ni tampoco sé qué es de mí si también tengo todo eso a la mano? Sólo tengo ese recuerdo de estar a la orilla de la playa contemplando el lago gigante bajo el cielo blanco y que luego vino todo lo demás: la pega, enfermar, casi morir, seguir, tironearme los pelos de la barba de la pura ansiedad esperando que por azar el escogido sea una cana, despertar en la mañana -o en la tarde- sin saber de qué se va a tratar éste y todos los días por venir, cuántos cambios de casa vendrán, cuántas cosas que hoy hago como que me importan quedarán en cajas que se perderán en el camino, cuántas vecinas españolas de pelo verde, cuántos hot dogs gourmet, cuántas fotos digitales sacadas con últimos iPhones con la más alta resolución, cuántas películas en Netflix o bajadas en torrent a un solo clic, cuántas arenas exóticas, cuántos jardines estilizados o cuántos balcones con vista a parques céntricos o edificios clásicos del casco histórico de ciudades en las que siempre vimos en películas, cuánta información alojable en mi iCloud o mi Dropbox siempre dispuesto a recibir más.

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