Hace muchos años, cuando era joven y pelotudo, tenía un blog llamado “La vida hardcore”. O “járcor”, para ser gramaticalmente exacto. No tengo muy claro qué pretendía con semejante nombre, porque convengamos que ni tenía una vida muy intensa ni relataba nada que pudiera dar con ese tono. Cuando pasé por fases más terremoteadas no escribía ni en un blog ni en ninguna parte porque nunca pude tomar de la mano escribir con vivir. Escribía porque no estaba viviendo o vivía demasiado como para sentarme a escribir. Como si la intensidad de seguir encontrando algo nuevo que decir no dejara tiempo para nada más.

Eso hasta que empecé a trabajar escribiendo guiones para televisión. El 2014, después de caer tan enfermo en algo que quería convencer y convencerme que era la somatización del estrés de tres años trabajando sin parar, la muerte de mi madre y la caída irrevocable de un par de certezas, pero que ahora capto que era otra cosa. No era perfecto pero casi: me pagaban por escribir y podía hacerlo desde mi casa, acostado en pijama o escuchando conversaciones ajenas en un café y fijándome en los tonos de alguien en otra mesa para copiarlos con descaro y reproducirlos en un personaje que inevitablemente se terminaba pareciendo mucho a mí o a alguien que me importaba o a alguien que me caía mal. Ese fue un gran año. Fue como la devolución de impuestos del universo por todo lo que me quitó antes: mi única familia cercana, mi casa de siempre, los años trabajando de 9 a 9 ganando lo justo, sin vacaciones y sin demasiada vida social ni sentimental. Se acabaron las culpas por perder el tiempo con actividades tan improductivas como leer y escribir.

Con lapsos interrumpidos y con uno que otro terremoto de importancia que ha sido como un mal remake de todo el derrumbe de esa época, como si el universo hubiera dictaminado que reprobé por no aplicarme lo suficiente y debía repetir un par de ramos, he seguido en eso. El año pasado vino otra temporada, y ahora, tan desesperado por la cesantía como estimulado por el exceso de tiempo libre, busqué un par de fondos que me podrían ayudar a terminar ese .docx que tengo escondido en la carpeta “Para eliminar” porque según yo hay tanto que pulir, tanto que borrar, tanta ingenuidad del tarado que era hace tres años o hace un par de meses que no debería estar ahí pero quizás debería respetar como parte del proceso. Y mientras paso los días esperando que un par de proyectos resulten antes de volverme al sur a plantar tomates o a trabajar en un banco, me lo vuelvo a preguntar: ¿se puede escribir y vivir al mismo tiempo? ¿te quita tiempo el contacto humano, el carrete que no tuviste a los 15 y las relaciones que no cultivaste antes porque estabas demasiado ocupado siendo un ermitaño? ¿hay que limitarlo a las noches de lluvia y frío, como ésta? ¿puede ser incluso una actividad rentable? No lo sé, pero sí sé que hay algo que me empuja a seguir haciéndolo y otro algo que me impulsa a renunciar y convertirme en un ente más socialmente viable y vivo en el medio de esa eterna disputa. Hay tantos temas pendientes que tengo que solucionar en la otra vida, en la que habitan los seres de carne y hueso, que ya se está volviendo járcor sin que me lo proponga, con un par de empujones desinteresados y nobles y otro par de baldes de agua fría remeciéndome y otras pérdidas de miedos y malas costumbres tan arrastradas por tanto tiempo -de esas que no te dabas cuenta que te afectaban a ti y a los que te rodean-, que no alcanzo a escribirlo todo. De eso se han tratado estos últimos seis meses. De que a lo mejor por fin me volví adulto y ya estaba bueno ya. De que puedo terminar lo que empiezo y no dejarlo a la mitad mientras me distraigo con el primer auto azul que pasa. De que puedo decir que no, reelegir, cambiar direcciones y reeducarme. De que tengo el arrojo de pedir ciertas cosas que necesito y, de paso, dar de vuelta un poco, o mucho, o lo que pueda. De que nada es tan único ni tan extraño ni tan difícil de compartir si se encuentran las palabras correctas en el relato correcto. De que esos relatos se construyen en la vida misma, también, no sólo frente a Word o a esta plataforma que es como el spin-off de los blogs, y que desde ahí alimentan y dialogan con cualquier otro lugar.

Que escribir, o leer, o consumir cualquier tipo de ficción nunca tenía que ser una excusa para no vivir. Esa es la opción de los cobardes. Y yo era cobarde porque estaba muy malacostumbrado pero se me está pasando. Y porque, enfrentado a un par de situaciones que parecen sin salida, te das cuenta que es la única opción para salir airoso y no aniquilado. En lo profesional, en lo personal, cerrando los ciclos que haya que cerrar y dejando que empiecen nuevos. Pidiendo perdón y perdonando y perdonándose a uno mismo. Asumiendo que nada es tan terrible, como una excusa de ficción para que lo terrible se neutralice y deje de serlo. Lo que da miedo, lo que da vergüenza, lo que te hace vulnerable y deseoso y capaz de compartir -¿se puede acaso compartir sin ser deseoso y sin ser vulnerable?-. Si de eso se trata la vida hardcore, entonces el avión está aterrizando y le voy a tener que hacer caso a la azafata que dice que me ponga el cinturón porque la sacudida puede ser fuerte y está siendo fuerte y la ciudad se ve iluminada y viva y llena de autitos como Matchboxs moviéndose histéricos allá abajo, con todas esas personas que no son sino otras versiones de uno mismo.

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