La mayoría de los santiaguinos que he conocido en 6 años viviendo acá tienen una relación radical con la ciudad: o la aman o la odian. No hay término medio. Supongo que en una etapa de mi vida la amé: rayé con sus edificios, su movimiento, su vida nocturna, sus miles de posibilidades en comparación con el bucólico Temuco, esa ciudad donde sólo se podía terminar el colegio, terminar la universidad, entrar a trabajar, comprarse una casa Socovesa igual a todas las de la cuadra, casarse, tener hijos, jubilar y morir.

Pero las cosas cambian. Uno crece. O se vuelve viejo. O se encarga de poner las cosas en su lugar.

No odio Santiago: vivo aquí, mi camino profesional está aquí, no creo que el Costanera Center sea tan feo ni que el Mapocho huela -tan- mal. Ni siquiera odio tanto el Transantiago porque lo uso lo menos posible. Lo que sí es cierto es que esta ciudad me satura, me colma, me agobia, y necesito dejarla de lado tal como se deja de lado un libro de filosofía o mecánica cuántica que te está haciendo explotar la mente y necesita reposar en tu velador antes de volverse insoportable.

Sí necesito un par de días al año (o al semestre, o al mes) en el sur, cerca del volcán o del lago, con ese otro aire que no es el resultado de una cuenca plagada de autos, con ese frío que es menor en grados pero -por alguna razón que aún no entiendo- abriga más, con esos paisajes en los que crecí de niño y hoy me empujan como un imán más fuerte que la vida, más fuerte que las metas de trabajo o incluso personales, el lugar donde siempre he pensado que voy a morir, el refugio a todas las amenazas posibles, donde no hay que dar explicaciones, donde me puedo esconder, donde empezó mi vida y en algún momento se desarmó para largarse sola sin tener la capacidad de manejarla yo, donde probablemente está la kriptonita azul que me va a permitir, por fin, hacerme cargo de lo que quiero, de lo que sueño y no de lo que me tocó.

Donde, si alguna vez tengo un hijo, quisiera que pasara su infancia en vez de en un balcón enrejado de un duodécimo piso de Santiago Centro.

Donde todo sabe a té con leche, a pan amasado con mantequilla, a tierra con lluvia, a casas grandes que te protegen de la lluvia, a techos donde la lluvia cae encima cada noche mientras te quedas dormido en paz.

A esos veleros que miraba alejarse en el lago cuando chico, cuando imaginaba que el lago era algo interminable y que esa isla en el medio era un lugar al que nunca podría acceder, un nirvana donde estarían todas las respuestas que no era necesario ir a buscar. Cuando cerraba los ojos, me quedaba dormido, despertaba y no entendía dónde se había ido el tiempo en ese lapso.

A ese lugar (que no es Temuco, esa mala imitación de Santiago instalada en la mitad de todo ese paraíso) no puedo odiarlo y sospecho que no lo voy a poder odiar nunca.