Anti-corruptos, no por elección
Alguien: Dígame Sr., ¿cómo podemos acabar con la corrupción?
Alguien más: ¿yo cómo voy a saberlo?
Alguien: Al menos una idea…
Alguien más: no tengo ideas para una pregunta sin posibles respuestas.
Alguien: entonces, ¿la corrupción es invencible?
Alguien más: no lo sé… ¿Es esa la pregunta que realmente interesa?
Alguien: no lo sé… Si no, ¿cuál es?
Alguien más: ¿queremos acabar con la corrupción?
Estamos amaestrados con un discurso disciplinado en contra de la corrupción. Fruncimos el semblante para expresar nuestro odio hacia cualquier acto de corrupción que nos encontremos por ahí. Estamos (una buena mayoría) programados para detestar casi instintivamente la mentira y la estafa de aquellos que logran acaparar el poder.
Pero esa postura es (lamentablemente) pasajera, al final algunos hacen mofa de lo que en alguna ocasión creyeron. ¿Somos anti-corruptos por elección? O hasta que la oportunidad, el momento, la necesidad y lo trivial toca nuestras puertas. No a la corrupción, claro, antes de la oportunidad para conseguir algo gratis, el momento de seguir el camino fácil, la necesidad de obviar una ley y la trivialidad de un insignificante acto de corrupción.
Alguien: ¿a qué se refiere?
Alguien más: ¿quiero acabar con mi corrupción?
Alguien: usted me dijo que no tenía ideas para acabar con ella.
Alguien más: para la mía sí.