Martes

durante mucho tiempo esperé el martes. Lo esperaba con fervor y con miedo, justo como lo que deben sentir los presos cuando se les permite ver aunque sea por unas horas el cielo del día. Para quien ha visto las cosas con más filo en los ojos, o, como se suele decir, con más profundidad, los días son todos el mismo cada día. Lo único que cambia es el nombre. Todo se pude vivir en un día; toda una vida cabe en un solo día. Nacemos a diario y, con la misma tranquilidad, diario morimos. Es un asunto cotidiano. El tiempo de nuestra existencia debería medirse en días, no en años. En lugar de cumplir años cumplimos días. Aun esto, esperé el martes durante mucho tiempo, pues fue el único día en el que yo podía vivir, ya no se diga plenamente sino vivir. Quítesele a una persona el tiempo y se verá cómo muere, muere por un día. Así que para mí no existían los demás días de la semana más que el martes. De miércoles a lunes era un moribundo pendido por un suero intravenoso (cuán valioso fue, no lo saben) entre el abismo y la luz. Tres cosas era ese suero: los libros, la música y las amistades. Y, a su vez, cada una de esas cosas era una polisemia intercambiable que concluía en lo mismo, o sea: libros=poesía=silencio=belleza; amigos=libros=palabras=ideas=comida=música=poesía=belleza; música=todo lo anterior y mucho más. Y ninguna existía sin la otra. A veces me entretenía pensar si el trípode vencería las leyes de la física quitando alguna de las tres cosas, pero entonces me daba cuenta de que más bien una era eco de la otra. Un libro o una palabra despertaban el anhelo de la música, la música traía consigo a los amigos y, muchas veces, los amigos traían comida, lo cual equivale a un mundo muy bello. O quizás, como los días, la misma cosa sólo cambiaba de nombre. Un amigo resulta ser un solo de trompeta de Ibrahim Maalouf, un poema una pizza con champiñones y una canción un libro insondable de Fernando del Paso. Pero éstas cosas sólo existían los martes, cuando la vida era digna de llamarse vida.

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