La generación más privilegiada

La RAE dice que una generación es un conjunto de personas que por haber nacido en fechas próximas y recibido educación e influjos culturales y sociales semejantes, se comportan de manera afín o comparable en algunos sentidos.

Me atrevo a decir que nací en la mejor generación: la famosa Generación Y o los Millenials, (conformada/compuesta por los) nacidos entre 1980 y 2004; los que vivimos esa transición de juegos como la eres, el escondite y el avioncito, hasta Mario Kart, Mortal Kombat o Super Mario.

Recuerdo que mi papá solía decirme que él mismo se construía sus juguetes con palos y cualquier cosa que encontrara en la calle. Inventaba tanto que sus padres lo único que podía decirle era: “dentro de la casa, ¡no!” Todos los niños de la cuadra se reunían y jugaban hasta que las madres comenzaran a gritarles que la cena estaba lista.

Hoy en día yo veo a mis primitos y a sus amigos, todos sentados en una misma habitación y aún así todos inmersos en sus consolas, jugando quién sabe qué juegos que ni yo puedo entender. Luego me pongo a pensar, “¡Wow, todo lo que se están perdiendo!”. (Tal vez ellos pensarán lo mismo de nosotros).

Puedo agradecer que yo tuve casi la misma suerte que mis padres, cada día llegaba del colegio y llamaba a mis vecinos para jugar en el parque hasta el anochecer. Nos gustaba subirnos en la mata de mango y luego en los techos de las casas. No parábamos hasta que alguno se hiciera un raspón en las rodillas, en los codos o en cualquier parte del cuerpo. Pero a su vez también podemos decir que, aunque no nacimos en la era tecnológica, sí crecimos en ella, así que la podemos entender bastante bien.

Aquí comienza entonces mi anécdota por la cual comencé esta nota: llevo casi cuatro años viviendo en Buenos Aires y todos los años regreso a mi hermosa Caracas para las fiestas navideñas. Sin embargo, es la primera vez que al estar sentada en mi antigua habitación, veo detenidamente a mi alrededor y he revivido todos esos recuerdos que están atados a cada cachivache de esos que siempre me ha gustado coleccionar y que todavía hoy viven entre esas cuatro paredes: solos, sin nadie que juegue con ellos.

Una de estas noches, creo que justamente el 24 de diciembre, al llegar de casa de mis abuelos curiosamente abrí las gavetas de mi mesita de noche y luego me dispuse a ver estante por estante el mueble que ocupa gran parte de una de las paredes de mi habitación. Lo que encontré fue maravilloso. Libritos de los cd’s que me gustaba escuchar en esa época, es decir, los Backstreet Boys, Shakira, Fey, Britney Spears, las Spice Girls, etc.; una muñequita que adoraba y que aunque se quedó sin un brazo (en una pelea con mi hermano) la seguí amando incondicionalmente, mi antigua colección de cristales, cualquier cantidad de delfines o cosas con delfines en ellas; y cofrecitos o cajitas con más cachivaches: cartitas de “amor”, dibujitos, monedas que encontraba por ahí, muchísimas etiquetas de ropa (cosas mías de loca) y pare usted de contar.

Sin embargo, hubo una cosa que resaltó entre todas las otras: una cajita llena de pequeños cassettes que yo solía grabar con una grabadora de voz que mi papá me regaló cuando tenía apróximadamente 12 años, luego de que le usara la suya hasta el cansancio. Yo me creía locutora de un famoso programa de radio, el cual tenía cientos de oyentes, por supuesto. Entrevistaba a quien pudiera, hacía mis propios cortes comerciales y hasta ponía música. ¡Qué recuerdos!

Y como ese recuerdo también puedo mencionar muchísimos otros, pero la idea no es aburrirlos sino decirles que a veces, sólo a veces, es lindo detenerse a pensar y recordar esos momentos que nos hicieron quienes somos hoy.

Jen!

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