La insospechada (y por ende inexplorada) complejidad de Cuautitlán

De las muchas cantaletas odiosas que enarbolan los auto-denominado progresistas en esta capital, no hay una que me produzca más escozor que aquella según la cual “la sociedad civil nació en 1985”, específicamente, el 19 de septiembre de ese año, después del terremoto que sacudió a la ciudad de México. Las muestras de solidaridad, la auto-organización instantánea con base en la urgencia de actuar para salvar las más vidas posibles, se han transfigurado ya en mitos de la narrativa democrática y contestataria capitalina. Y hasta ahí no hay problema.

Éste surge cuando deja de ser una narrativa capitalina para pretender convertirse en nacional; operación que termina de consumarse con el movimiento cardenista derivado de la controvertida elección presidencial de 1988. Y hoy, intelectuales y activistas capitalinos van pontificando por todo el territorio nacional sobre su primigenia experiencia en términos de organización y autogestión social. Se trata, en esencia, de una reformulación políticamente correcta de aquel odioso aforismo: “fuera de México, todo es Cuautitlán”. Para muestra un botón (o más de uno).

En 1945, en Cuautitlán (o León, Guanajuato, para todos los provincianos), la organización de comerciantes e industriales de la región del Bajío llevó a la conformación de un movimiento considerable que, ante un próximo proceso electoral local, generó miedo entre el liderazgo del Partido de la Revolución Mexicana (PRM, el que creó don Lázaro Cárdenas por cierto [no hay juicio de valor en esta aclaración, no vayan a empezar]). Habiendo triunfado los candidatos oficiales en una contienda inequitativa y probablemente fraudulenta, el 2 de enero, fuerzas policiales y militares reprimieron violentamente a los opositores que se manifestaban contra , asesinando al menos a veinte personas e hiriendo a cientos.

Décadas después, entre 1983 y 1984, también en Cuautitlán (o, como realmente se llaman: Baja California, Puebla y Coahuila), otra coyuntura electoral llevó a cientos de ciudadanos a las calles a exigir el respeto, por parte de las autoridades, al desarrollo de las elecciones. En Coahuila, de hecho, hubo diversos acontecimientos violentos que desembocaron en decenas de heridos y quemas de algunas sedes de gobierno.

Utilizo estos dos ejemplos sólo para provocar de más a los progres porque, como sabrán, se trata de dos episodios donde la organización y movilización social se dio en torno a las demandas del PAN(azi, agregaría el tal Fisgón). Sin embargo, ejemplos como estos los hay en todo el espectro ideológico y por todo Cuautitlán. Los médicos de Michoacán, los ganaderos sonorenses, los agraristas de Morelos, o los empresarios nuevoleoneses (yo crecí con el gentilicio neoleonés, pero veo que lo de hoy es nuevoleonés), son muestra de que esa “sociedad civil” no nació en 1985, sino que fue una constante durante todo el periodo de la hegemonía priísta.

No me refiero aquí a los diversos grupos que irrumpieron, también en Cuautitlán (o Guerrero, como dice el mapa que se llama), durante las décadas de los sesenta y setenta porque, en estricto sentido, no fueron manifestaciones de una sociedad civil activa sino grupos armados subversivos — otra vez, dicha caracterización no conlleva juicio de valor alguno.

Sea como fuere, para este momento, los capitalinos y chilangos — que no es lo mismo — ya seguramente estallaron: ¡Mucho ladras, pero bien que aquí andas! A ellos, como el Economist dijo sobre Peña, un categórico “no entienden que no entienden”. Porque, en efecto, vivo desde hace ocho años en la ciudad de México. No sólo eso, podría decir que, en cierta medida, crecí en la ciudad de México ya que de aquí es mi familia paterna, y aquí ha vivido casi toda su vida la materna. Adoro a la ciudad de México. Pero nada de esto me impide detestar la pretendida superioridad moral de los sectores que definí al inicio del texto.

Puede ser que aquí se discuta, y se tome, la mayoría de las decisiones de importancia nacional. De eso a que sea aquí donde se decreta la realidad nacional hay un trecho largo. Me explico. Es aquí en #CDMX (publicidad gratis para el GDF) donde se nombra a Alfredo Castillo como Comisionado para la Seguridad y el Desarrollo Integral de Michoacán; es aquí donde unos cuantos caminan por Reforma y otros más escriben en La Jornada exaltando, mediante consignas facilonas y vacías, las virtudes de los grupos de autodefensa michoacanos. Sin embargo, y aunque sea una obviedad parece no entenderse así, es en Michoacán donde realmente se vive y se construye la realidad, ¡de Michoacán!

Utilizo el ejemplo michoacano porque fue precisamente ahí que, empezando a hablar sobre ese tema, se me advirtió inmediatamente de su complejidad social y de las diversas opiniones y posiciones — muy distintas a las de los progres capitalinos — de la sociedad michoacana al respecto. Y ante ello, bien decía Dussel que, “el respeto es silencio, pero no silencio del que no tiene nada que decir, sino del que todo tiene que escuchar…”

¿Hay que nacer o vivir en “el interior de la República” para ser dignos y sabios y buenos y conscientes y críticos y orgánicos y….? En absoluto. La cosmogonía centralista es soberbia, pero incluyente. Esto queda demostrado en la anécdota del párrafo anterior, donde el jalisquillo radicado en el D.F. es detenido en seco en su pretensión (inconsciente, es lo peor) de pontificar a un michoacano sobre Michoacán. Así, todo se reduce a simplemente permitirse pensar — no olvidar, en el caso de los chilangos — que, fuera de México, no todo es Cuautitlán. O en todo caso, que Cuautitlán es sede de una diversidad inagotable y que, por ese sólo hecho, hay que darse la oportunidad de conocerlo.

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