Manipulados por el caso del niño Gabriel

Ha llorado España al niño Gabriel en horario de máxima audiencia. Le han llorado tertulianos del corazón y de la actualidad política, si es que no fueran los mismos, entre detalles escabrosos y pausas publicitarias que prometían más a la vuelta. Hemos visto a unos padres noqueados, deambulando en riguroso directo por un velorio en el que, como si fueran bolas rotas de una de aquellas máquinas recreativas de antaño, iban rebotando de lado a lado, recibiendo abrazos y caricias hasta llegar, sin saber bien cómo, a los brazos consoladores de un ministro.

Padre, madre y ministro. Como en ese triángulo nos cabía España, la cámara acercó la lente y cerró el cuadro hasta abrazarse a esos padres y a ese ministro durante unos interminables minutos. Los españoles pegamos el cuerpo a la pantalla para unirnos al dolor y la aflicción, queriendo mandar fuerza con la boca llena de migas de la merienda. Imposición de manos pringadas de mermelada, reikis de sobremesa.

Justo detrás, en una esquina incompleta de la tele, esperaba la media cara, usualmente feroz y para la ocasión reblandecida, del portavoz del PP, Rafael Hernando. Salivando pacientemente, esperando su abrazo ante el piloto rojo que vaticinaba la presencia de millones de espectadores que removían, quizá, sus cucharas de café en un repiqueteo fúnebre de metal y cerámica. Y después, en caliente, hubo rueda de prensa y pedida de mano a la audiencia en favor de la cadena perpetua. De la prisión permanente revisable (televisable).

Este crimen, monstruoso, como todos, ha dejado un reguero de monedas y clics que han erosionado los ratones de los ordenadores. Ha arrastrado una inundación de barro y sollozos de desconocidos en memoria de Gabriel. ¿Cómo se puede hacer eso a un niño? Claro. Y, cómo no, las redes sociales se han llenado de airadas faltas de ortografía al borde de la trombosis y de aclamaciones a la tortura y los trabajos forzados, a las cadenas perpetuas y la pena de muerte.

Bien, sepan ustedes que han llorado al niño ‘pescaíto’ porque así lo ha querido alguien en algún despacho. Les han mostrado la sonrisa del pequeño y la vida que nunca tendrá. A la villana de cómic de terror. Han visto los detalles agonizantes del informe de la autopsia y les han asomado al inmenso y terrorífico vacío de dos padres a los que les espera una vida de sudores fríos. Pero no se engañen: a ustedes no les importa tanto ese pobre niño ni esa familia. A finales de la semana seguirán a sus tostadas y al café, al Madrid y al Barça (vuelve la Champions), a Puigdemont y a la corrupción, a sus facturas y precariedades. Y así debe ser, dejen de intentar llorar a los muertos de otros. De aliviarse penas que no son suyas. De echarse una llorera gratuita de tarde de cine.

¿Saben que en 2017 fueron asesinados nueve niños a manos de sus padres o las parejas de estos? Entre ellos, dos bebés recién nacidos, según datos del Consejo General del Poder Judicial. Fíjense si tenían tema para aflojarse las tripas y los lacrimales.

Y no lo saben porque entonces no tocaba. Porque hemos sido manipulados.

Jesús Moreno