El revólver en el cajón

Mi padre, mi hermano y yo

Hace poco, publiqué un artículo en una revista de viajes, y me pidieron un pequeño texto de presentación, en tercera persona. No era la primera vez que lo hacía, pero como a cualquier persona con un mínimo de vergüenza, esta tarea me tuvo un rato pensando qué escribir. En casi todo lo que hago, mi principal objetivo es no ponerme demasiado solemne o demasiado cursi, y acabé escribiendo una broma sobre mi vocación frustrada de espía. Es una broma a medias: me encantan las historias de espías, las reales y las ficticias, y en algún momento miré por encima el proceso de entrada al CNI, más por curiosidad que otra cosa. No creo tener las condiciones para ser agente de inteligencia, y no se me escapa que debe de ser una vida perra, llena de sacrificios, para la que no sé si estoy preparado. Me encantaría conocer ese mundo por dentro, pero como con otras cosas, supongo que me quedaré con las ganas. En el texto que mandé a la revista acabé incluyendo una referencia oblicua a mi padre, al que los amigos de mi hermano llamaban, de broma, “el espía”. Unos días después, mi amiga Aroa me escribió para preguntarme por esa mención. Hace mucho que nos conocemos, y nunca me había escuchado contar nada de esto. Pero es verdad; mucho antes de que naciéramos mi hermano y yo, mi padre fue agente de inteligencia en el Ejército. O eso decía él.

Hace algo más de 13 años que murió mi padre, y mi interés por las historias de espías se desarrolló bastante después, así que mientras vivía no le hice demasiadas preguntas sobre esa etapa de su vida, algo que hoy lamento. Sospecho que me las habría contestado de buena gana: no había casi nada con lo que mi padre disfrutara más que con impresionar a su interlocutor. Con todo, lo que recuerdo que mi padre nos contó es esto: tras hacer el servicio militar, se quedó unos dos años en el ejército, como oficial de inteligencia. Entre sus principales tareas estaba la de hacer seguimientos; vigilar por dónde andaba fulano, con quién se reunía, cosas así (alguna vez nos contó alguno de los trucos que usaba; para impresionarnos, claro está, y al menos conmigo lo consiguió). Tras un tiempo, empezó a ver cosas que no le gustaban demasiado, o intuyó que iban a encomendarle alguna misión que no querría llevar a cabo, y abandonó el Ejército. Cortó todos sus lazos con él, y dedicó el resto de su carrera profesional al comercio en el sector textil.

Así es como mi padre contaba su historia, o así es como yo recuerdo que mi padre la contaba. Tras escribir el texto para la revista de viajes, he dado unas cuantas vueltas a la historia de mi padre, y he decidido intentar reconstruirla, o al menos lo que yo sé de ella. Desgraciadamente, el protagonista ya no está aquí para responder preguntas, así que tendré que pintar el cuadro tirando de mis recuerdos y lanzando alguna conjetura.

La pregunta que me he hecho más veces estos días es: cuando mi padre se jactaba de ser espía, ¿a qué se refería exactamente? Francisco Gámiz nació en 1926, se libró por poco de combatir en la Guerra Civil, y tal y como yo lo recuerdo, su etapa en los servicios de inteligencia habría sido una continuación de su servicio militar. Esto nos situaría a finales de los años cuarenta o principios de los cincuenta. Mi hermano cree que, más bien, serían los años sesenta. Da igual. El CESID, la primera agencia profesionalizada de inteligencia de España, no se creó hasta 1977. Precisamente hace unos días, la número 2 del CNI, Beatriz Méndez de Vigo, recordaba en una entrevista a Telva sus inicios profesionales. Eran los años 80, y por entonces era, y cito sus palabras, “una dirección general del Ministerio de Defensa”. En los años cuarenta o cincuenta o sesenta, la inteligencia española debía de ser bastante menos que eso.

En la época en la que creo que mi padre estuvo en los servicios de inteligencia, ETA todavía no mataba, el terrorismo islamista no existía y España era un país aislado, que bastante tenía con intentar salir del tercer mundo, y que apenas participaba en los juegos de poder que empezaban a configurar el tablero de la Guerra Fría. ¿A qué podía dedicarse un espía o un oficial de inteligencia militar en ese momento? Sólo se me ocurre una respuesta. Las personas a las que mi padre decía haber seguido debían de ser disidentes del régimen franquista. Esta es una de las conjeturas de las que hablaba antes, pero me parece coherente con su versión de por qué salió de aquel mundo: los reparos morales ante órdenes que no quería ejecutar.

Creo que la vida como espía de mi padre debió de ser bastante menos glamurosa que la que solemos asociar a la palabra “espía”. Creo que debió de ser una especie de policía político, cuyo trabajo era tener controladas a personas potencialmente peligrosas para el régimen. Creo, por su edad y por el tiempo que pasó en los servicios de inteligencia, que no llegó a tener capacidad de decisión, que probablemente era un machaca que iba adonde le decían que fuera y hacía lo que le decían que hiciera. Creo que en un momento dado, intuyó que iba a tener que ir un poco más allá, o incluso puede que fuera un poco más allá y que se sintiera asqueado. En palabras de mi madre, una fuente indirecta, “hablaba de quitar a alguien de en medio”. Creo que tuvo que sentirse desencantado y que saltó del barco, no sé si antes o después de hacer eso que no quería hacer (según él fue antes, claro, pero todos tendemos a embellecer nuestra biografía, y puede que mi padre mintiera en eso cuando contaba su historia). Así es como me figuro que fueron aquellos años. No sé, ni creo que vaya a saber ya, qué fue exactamente mi padre, pero sí creo estar seguro de lo que no fue: un personaje de John Le Carré. Mi padre no fue George Smiley.

Hay otra posibilidad, claro está, y es que todo esto sea mentira. Como ya he dicho, estoy trabajando con un material muy defectuoso: mis recuerdos sobre lo que me contó mi padre. Es posible que mis recuerdos me estén traicionando, y es más posible todavía que lo que me contó mi padre no fuera más que una montaña de fantasías. He hablado antes de la debilidad humana por impresionar al interlocutor, a la que mi padre era especialmente susceptible. Voy a explayarme en este punto: mi padre tenía tendencia a la fabulación y a la exageración, cuando no directamente a la mentira. Puede que de un pasado inane como soldado chusquero construyera una apasionante biografía de agente secreto, cuyos detalles ofrecía con cuentagotas a sus hijos preadolescentes para impresionarlos en las comidas. Ya he dicho antes, y lo repito, que si este era el caso, al menos conmigo lo consiguió. Mi padre mintió o contó medias verdades en muchas cosas, y no me parece descabellado que también en esta lo hiciera. Es, al fin y al cabo, una de las bajezas más comunes en el ser humano: el relato que hacemos de nosotros mismos suele estar empapado de un barniz que nos da brillo, y en muchos momentos de su vida mi padre aplicó este barniz con alegría.

Hay un episodio, sin embargo, que me hace pensar que algo de verdad hay en su historia, y este no me lo contó nadie; lo viví yo. Debía de tener unos catorce años, y estaba sentado delante del ordenador, que por aquel entonces aún estaba en el cuarto de mi hermano. Mi padre entró en la habitación y me dijo, con expresión divertida, que quería enseñarme una cosa. Del bolsillo sacó un revólver que, según me dijo, era de su época en los servicios de inteligencia. Con los ojos como platos, le pregunté si la pistola era real (lo era) y si estaba cargada (lo estaba). Que yo sepa, mi padre nunca tuvo licencia de armas. La visión del revólver me produjo una impresión que todavía hoy recuerdo bien; llegué a tener una pesadilla en la que, jugando con la pistola, sin querer le volaba la cabeza a mi pobre hermano. Mi madre, que al parecer no sabía que esa pistola estaba escondida en casa, se enteró de lo que había pasado, se puso hecha una fiera y le exigió a mi padre que la sacara de allí. Se la llevó al taller en el que los dos regentaban un negocio de corte y confección, y la guardó allí. Mi hermano recuerda haberla visto en un cajón, junto a una caja transparente llena de balas. Sin embargo, años después, con el negocio liquidado, llegó el momento de desmantelar el taller para alquilar el local, y la pistola no apareció por ningún sitio. Nunca supimos qué hizo con ella.

Hablé hace poco con mi hermano de este extraño episodio. Él cree, y supongo que tiene razón, que el hecho de que hubiera una pistola en casa no prueba nada, dice que “se la pudo agenciar”. No sé bien para qué; Sevilla no es una ciudad peligrosa y que yo sepa, en mi casa no teníamos enemigos. Una vez alguien pegó chicles en nuestros dos telefonillos, y ahí siguen, por cierto; no creo, en cualquier caso, que esa amenaza justificara tener un arma de fuego en un cajón. Puede que esté pensando demasiado. Puede que no hubiera ninguna razón de peso para tener una pistola. Esto ocurre a menudo y tendemos a olvidarlo; constantemente hacemos cosas para las que no hay una razón de peso. Puede que algún amigo de mi padre tuviera una pistola y que a mi padre le hiciera gracia. Puede que le hiciera sentirse importante, peligroso y viril, y se dijera que qué carajo, que le hacía ilusión tener una pistola, y se la compró. Algo así encajaría bastante bien con su personalidad caprichosa, novelera y vanidosa. Es una posibilidad que me parece plausible, pero que como todo este relato, creo que no voy a poder verificar.

Hay otra historia en la que he pensado estos días, y que no sé si tiene relación con nada de lo que he escrito aquí, pero no me voy a resistir a contarla. Debió de ocurrir antes del episodio de la pistola, calculo que yo tendría unos doce años y mi hermano unos catorce. Una tarde, mi padre nos dijo que teníamos que acompañarlo a hacer una cosa, no especificó qué. Nos montamos los tres en el coche y mi padre estuvo conduciendo un buen rato, hasta que estuvimos en las afueras de la ciudad. Aparcó el coche en un descampado desierto, y nos bajamos. Abrió el maletero, sacó una o dos cajas que rebosaban de papeles y las tiró al suelo. Acto seguido, sacó una lata de gasolina, roció el montón de papeles y le prendió fuego. Mi hermano y yo contemplamos alucinados aquella escena irreal: un descampado donde Cristo perdió la zapatilla, y nuestro padre de pie, en silencio, al lado de una pira de papeles ardiendo. Al cabo de un rato, mi padre nos dijo que volviéramos a subir al coche. Guardo una memoria un poco borrosa de esta parte. Supongo que le preguntamos qué es lo que había quemado, y supongo, porque no registré su respuesta, que contestó alguna vaguedad, “cosas mías” o algo así, y nos volvimos por donde habíamos venido. Nunca nos aclaró nada más.

¿Qué cojones fue aquello? Me lo he preguntado con cierta frecuencia, y lo he discutido con mi hermano, sin que hayamos llegado a ninguna conclusión. Una vez, no hace mucho, le saqué el tema a mi madre, que me miró como se mira a un niño que está fabulando demasiado. Ella cree que eran documentos del negocio; albaranes, facturas, cosas así. Es posible que esté en lo cierto, pero ¿para qué iba a montar un numerito así, si lo único que quería era deshacerse de papelotes que ya no le servían? Bien pensado, tampoco se me ocurre ninguna razón para aquella excursión al extrarradio de Sevilla incluso si lo que había en esas cajas eran documentos de su época como espía. Miento, sólo puedo pensar en una: impresionar a sus dos hijos adolescentes. Lo he dicho ya dos veces, pero lo voy a decir una más, juro que la última: conmigo, al menos, lo consiguió.

He aquí a Paco Gámiz, al que me temo que he pintado en una luz no muy amable. Fue un padre excelente, y a esta frase no le pongo un solo asterisco. También fue un tipo extraño, hosco, con un carácter complicado y facilidad para llamarse a agravio por cuestiones absurdas. No tuvo una infancia fácil; fue un auténtico hijo de la posguerra, con un padre, mi abuelo, que dilapidó su patrimonio y que llevó a su familia a la ruina. Hubo que repartir a sus siete hijos, mi padre entre ellos, porque no había dinero para criarlos a todos juntos. Quiero creer que su juventud de perro callejero explica algunas de las cosas que ocurrieron después. A veces creo que me figuro su vida más interesante de lo que en realidad fue; a veces pienso que hay periodos de su biografía que no tengo claros, en los que no sé por dónde andaba, ni con quién, ni haciendo qué.

El local que durante años fue el taller de mis padres lo ocupa hoy un bar. A veces pienso que sería divertido que Cristóbal, su dueño, abriera un día algún cajón olvidado o retirara algún mueble polvoriento y se sobresaltara al encontrar un revólver cargado.