Una pregunta de colega a colega

La historia de los periodistas que ya no saben si son periodistas. O la de todo aquel que no trabaja de lo que ha estudiado y echa de menos aquella ilusión.


Desde que tengo uso de razón he querido ser periodista. Tengo perfectamente guardada en mi memoria la imagen de la primera vez que alguien me preguntó por qué quería ser periodista. Fue en mi pueblo, en un restaurante, en torno a una mesa -como tantas otras cosas en mi vida-. Fue mi padre el que la hizo. Viendo que pasaban los años, que se acercaba el bachillerato y que, a diferencia de mis amigos, yo tenía una idea tan clara y establecida sobre mi futuro profesional, tenía que hacerlo. Creo que esa fue también la primera vez que alguien me trató como un adulto -que aún no era-.

Mi respuesta fue naif. Tampoco se podía esperar otra cosa de un chaval de 15 años. Le respondí que quería contar a la gente lo que pasaba. Tenía ese mito del periodismo como faro para la sociedad y sabía que quería formar parte de él, aunque sólo fuese cambiando la bombilla mientras los fareros se iban de copas. Desde los 11 o 12 años, en que recortaba la información deportiva de El País y las portadas de AS que guardaba para crear mi archivo personal, hasta los 22, en que me licencié, pensaba que sería periodista. Hoy por hoy, con sólo 28, me cuesta saber que soy.


Ilusión y diploma. Realidad y oficio.

Pero esto es una historia que seguro viven muchas personas, no es mía o de los licenciados en periodismo que hemos terminado trabajando en otra cosa y echamos de menos vivir en una redacción. Leo que dos de cada tres personas no trabajan de lo que han estudiado y seguro que más de uno de esos se pregunta qué habría sido de su vida si hubiese seguido su camino.

Cuando comienzas la universidad crees que tu ilusión por esa carrera te dará un diploma que te acreditará para desarrollar esa actividad profesional. Sólo unas pocas carreras son realmente así. Pronto te das cuenta que un diploma sirve tanto como los pequeños cubitos de las hieleras que te regalan al comprar el frigorífico. Lo que importa es dejarte el culo aprendiendo un oficio. Eso sí que te acredita para hacer algo.

Dejar el discurso victimista del intrusismo y trabajar más. Porque, por mucho que se nos llene la boca diciendo que hemos estudiado periodismo, de nada sirve si no lo practicas. Esto es un oficio. Como muchos otros. Mi primer -y único- jefe en una redacción era arqueólogo. No tenía título de periodista. Ni falta que le hacía.


“Esto es una profesión, un oficio. Una carrera es farmacia, arquitectura, medicina o ingeniería industrial. El periodismo se hace andando, trabajando como hace un carpintero”. Enrique Meneses.


La pregunta que abre esta reflexión

Este texto comienza con una pregunta, la de mi padre. Pero comencé a escribirlo por otra. La que da título a esta pieza. La que me hizo Enric González hace unos días cuando, tras la presentación del número 7 de la revista JotDown, le pedí que me firmase un ejemplar de sus cortas pero fantásticas Memorias Líquidas.

Era la primera vez que me acercaba a un autor para que me dedicase su libro. Mi fase de mitomanía y petición de autógrafos terminó el día que, con 11 años, me encontré a Roberto Carlos en una tienda de productos infantiles mirando colchones y le pedí que me firmase un papel que ya no sé dónde estará.

La ocasión lo merecía. Iba a pedirle una firma a un tío que llevo leyendo desde hace años, desde la universidad. Lo descubrí en El País, el periódico con el que he crecido. Ese mismo periódico que ya casi no reconozco y en el que él ya no escribe. No es una casualidad.

Me acerqué con un ejemplar del libro en una mano y un pertinente vaso de vino en la otra. Le di el libro y él me devolvió una pregunta. “¿Eres colega?”, me lanzó. Así, sin avisar.

Que si soy colega de profesión. Joder, hace años que me hago esa pregunta. Solté un tímido sí acompañado por mi nombre. Él lo hizo por protocolo. El mismo que siguen todos los autores, supongo que un poco cansados de esta costumbre de sus seguidores. Como lo estaríamos todos, ante el compromiso de firmar un libro a una persona que no conoces. Pero yo no la tomé como una pregunta más. Es la puñetera pregunta que, aunque no diga en voz alta, me hago todos los días.


En busca de una respuesta

¿Qué soy? Me licencié en periodismo, sí. Aprovecho cualquier rato libre para consumir medios. Antes, incluso, escribía bastante sobre el tema. Pero no nos engañemos. A lo que dedico el tiempo por el que me pagan es a ser Responsable de Desarrollo Corporativo de una empresa a la que llegué como primer empleado, en la que he hecho literalmente de todo, de la que ahora hasta poseo una pequeña parte y en la que puedo decir que soy feliz, aunque no sea un medio.

Además de en tareas tradicionales de gestión de la empresa, coordinación de equipos, control de producción y dirección de proyectos, me paso el día en labores tan diversas que me cuesta encasillarlas en un título de tarjeta de visita (definición de proyecto digitales complejos, planificación de estrategias de aprovechamiento de datos a través del uso de APIs, formación en el uso profesional de las redes sociales…). Puede que no tenga tanto misterio y sea tan fácil como meterlo dentro de ese cajón de sastre que lleva en el lateral pegado una etiqueta en la que se puede leer “consultor”.


Pero, ¿eres periodista o no?

Entonces leo toda esta parrafada y me pregunto, ¿puedo considerarme colega de cualquiera que se gane la vida con el periodismo? Me cuesta hacerlo. Y, al igual que a mi, a muchos otros.

Escribo esto pensando en las conversaciones que he tenido con muchos “colegas” que ya no viven de los medios. Especialmente muchos de los que fundamos el BCNMediaLab. Entre comida y alcohol, que es como mejor se piensa, hemos intentado salvar el periodismo desde fuera. No hemos conseguido más que ser un chirimiri de esos que tocan las pelotas pero que no dejan charco. Hemos planeado medios que en nuestras cabezas estaban llamados a cambiarlo todo. Ideas que se han quedado en documentos muy bien paridos que no han salido del cajón.

Gente que trata de buscar cualquier excusa para poder seguir aferrado al título de periodista aunque ya no recuerde lo que era trabajar en una redacción. Muchos viven medianamente felices en otro rol del mundo de la comunicación o directamente en otro sector con una labor reconocible y etiquetable que un día les permitirá superar esta idea de ser periodistas. Otros no consiguen esa etiqueta o, aunque la tengan, no querrán soltarla, pues es una vocación que, si algún día te llega, es difícil que se vaya completamente.


Terminemos

He pasado más tiempo pensando que quería ser periodista que siéndolo. He pasado más tiempo pensando que quería ser periodista que años trabajando como consultor. El 30 de septiembre de 2008 salí por la puerta de El Faro de Cartagena, un periódico que ahora ya no existe. Aquel día firmé mi última noticia y salí por última vez de una redacción como trabajador. Eran las prácticas de verano a las que llegué justo después de terminar la universidad. Quizás, aquel fue mi último día como periodista.

O no.

Al final no hay grandes conclusiones ni una etiqueta concreta que ponerme después de este texto que no ha terminado siendo más que un ejercicio introspectivo -que me he decidido a compartir públicamente- para ayudarme a responder una pregunta de colega a colega.

Una pregunta que, a fin de cuentas, no sé responder.