Yo, mi, me, conmigo
Hace tiempo que me he dado cuenta que las historias reales escasean y albergan subjetividad. Preferimos el morbo, la crítica y la inmediatez a las reflexiones con verdadero valor sentimental y humano.
A mí alrededor son muchas las personas que se sienten inferiores y se miran al espejo de los demás para encontrar su verdadera identidad. No saben cuál es el auténtico significado de aquello que les motiva y les hace ser felices. De esta forma es difícil crecer como personas y aportar aliento al desarrollo global de la sociedad.
Desde la época prehistórica se viene demostrando que la convivencia y la cooperación entre las personas de diferente género, identidad y pensamiento contribuye al bien común de la humanidad. Está en la diversidad de las personas interpretar y gestionar la realidad en función de los criterios, valoraciones o vivencias individuales pero de ahí a que nos hayamos convertido en un colectivo superficial, denigrante y calculador sin valentía ni coraje ninguno hay un largo camino.
Quiero pensar que es una cuestión de tiempo. El capitalismo exacerbado en el que prevalecen los intereses económicos y gubernamentales nos ha llevado a que cada cual centre sus aspiraciones y destrezas en sacar su tesoro más preciado adelante, la familia. Han hecho de nosotros unos seres conformistas y fáciles de manejar. Sin criterio ni argumentación capaz de convencer al que tenemos delante.
La idiosincrasia de esta mundo va en declive, por eso creo firmemente en la labor de nosotros, los docentes, y en la creación de comunidades o redes de pensamiento y acción multidisciplinar que contribuyan al desarrollo sostenible, humano y global de la sociedad en general y de las personales en particular.