Desconfiemos de los que desconfían de los experimentos

El actual Presidente del Gobierno de España pretende descalificar a la “nueva política” acusándolos de “experimentos”. Hace unos días en un debate con arquitectos e ingenieros constatábamos como la “planificación” urbana, aunque sigue utilizando esa etiqueta, está dejando de ser el ejercicio de planeamiento que dominó el siglo 20 para convertirse en un proceso mucho más experimental. Aceptamos ya que la ciudad es demasiado compleja para “caber” en la cabeza de expertos y algoritmos.

En un mundo cada vez más complejo e incierto, es cada vez más obvio lo inútil de pretender que podamos contar con toda la información necesaria para entender el futuro. Planear era la función de los expertos profesionales en posesión de la información, las herramientas de análisis y prospectiva y el conocimiento para su aplicación. Estos expertos diseñaban el futuro sin necesidad de salir de su despacho y esos planes definían las políticas, estrategias y casi siempre las vidas de las próximas décadas. En un mundo simple, o controlado para parecer simple, planificar podía ser una buena idea … especialmente para conservar el startus quo.

Pero hace décadas que todo empezó a cambiar. La tecnología y el cambio cívico en que estamos inmersos desbarataron la mayor parte de los modelos sociales, empresariales o políticos imperantes. El mundo se hizo más diverso y complejo, y el crecimiento exponencial de la producción de conocimiento y del acceso a la información provocaron que esa percepción de complejidad fuese aun mayor. Ya nadie, sea un experto de larga trayectoria, un gobierno o una corporación, puede pretender que puede predecir el futuro. Menos aún que puede diseñar un plan que nos lleve por un camino predefinido hacia un escenario determinado.

Cuando no podemos controlar el futuro, ni tan siquiera predecirlo con cierta probabilidad, la única opción es abandonar el sueño del plan y pasar a la acción. O dicho de otro modo, construir modelos e hipótesis y desarrollar experimentos. Un experimento lo define solo el reconocimiento de que sobre el futuro solo tenemos hipótesis, pero además precisa de una serie de acciones que nos permitan generar evidencias. Experimentamos solo si aprendemos.

La ciencia ha avanzado por siglos haciendo experimentos. El diseño o el software han evolucionado desarrollando prototipos. Las empresas se planeaban hasta hace pocos años … hasta que los que invertían su dinero y su tiempo comprendieron que el mundo había cambiado y los planes de negocio a priori eran incapaces de predecir el futuro. Hoy se modelan y se prototipan … el plan se construye sumando evidencias procedentes de experimentos.

¿Y dónde queda la política? Una ley es un ejercicio máximo de planificación. Imaginar el futuro a medio y largo plazo y diseñarlo de forma que sea muy difícil poder cambiarlo. Basta observar lo sucedido con las leyes de educación en España en las últimas décadas para comprender lo limitado e incluso contraproducente de esa forma de hacer política. El reto ahora es hacer política de forma experimental y construir planes, leyes, resultado del aprendizaje … no del conocimiento limitado de expertos y de los deseos cortoplacistas de políticos. Pero antes hay que dejar ya la demagogia ramplona de acusar a lo nuevo de experimental, asumir la humildad de nuestras limitaciones … Desconfiar de los que desconfían de los experimentos puede ser un buen inicio.


Originally published at juanfreire.com.