Aylwin, Rivas y la vocación política

Max Weber decía que “quien se dedica a la política establece un pacto táctico con los poderes satánicos que rodean a los poderosos”. Eso parece haberlo tenido muy claro Patricio Aylwin. Eso sin duda, lo convirtió en un actor fundamental del proceso histórico chileno de los últimos 50 años.

Hacer juicio de Aylwin, desde la comodidad del presente es más bien un despropósito, que solo refleja el burdo voluntarismo de aquellos que hoy vociferan desde una supuesta altura moral que, sin embargo, no ha sido puesta a prueba por las circunstancias. Eso marca la distancia entre los políticos de hoy, tan adictos al guiño a la galucha, con respecto a la figura de Patricio Aylwin. Porque solo cuando todo parece efectivamente perdido y abyecto, es cuando nuestra altura ética y moral se pone a prueba. Hoy hay muchos Harvey Dent que se creen Batman, pero pocos son Batman realmente.

Las circunstancias en que Patricio Aylwin actuó en política no fueron sencillas. Ser líder de un partido político en medio del predominio de una retórica, revolucionaria o reaccionaria, cada vez más beligerante y fratricida, no debe ser fácil. Tampoco debe haber sido fácil oponerse a una dictadura donde el diálogo, la esencia de lo político, había sido suprimido, convirtiendo a cualquier opositor en un enemigo y a cualquiera dispuesto al diálogo en un traidor.

Frente a esas circunstancias, Aylwin trató de actuar de manera responsable y coherente con sus convicciones democráticas. Tal como decía Weber, “únicamente quien, ante todas estas adversidades, es capaz de oponer un sin embargo; únicamente un hombre constituido de esta manera podrá demostrar su vocación para la política”. Aylwin lo hizo. Quiso evitar la lógica fratricida que propiciaban aquellos que apoyaban violencia política de manera irresponsable y creyó hacerlo al confiar en la discrecionalidad de los militares. Sin embargo, las consecuencias de su apoyo fueron otras, inesperadas, fatales. Quizás por eso, para resarcir aquello y evitar más sangre, rápidamente se convirtió un claro opositor a la dictadura de Pinochet.

Pero donde realmente Aylwin demostró su alta vocación política, esa mezcla entre pasión y mesura, fue en la forma en que contribuyó a terminar con la dictadura. Ese fue quizás el principal desafío en su vida y lo trató de cumplir de una manera responsable: evitando más derramamientos de sangre. Tenía claro que el voluntarismo irresponsable, que vio en la violencia la forma de solucionar las desavenencias, había reventado la democracia chilena al suprimir paulatinamente el diálogo político. Sabía que esa no sería la forma de volver a una democracia.

Restablecer la política, el diálogo, es una tarea difícil en un contexto político y social donde predomina la noción de que no hay adversarios sino enemigos. Lo que algunos ven como claudicación, falta de convicción o traición por parte de Aylwin, en realidad fue la demostración de que en política, el medir los efectos de los actos y decisiones, debe primar sobre la demagogia y la simple convicción.

En tiempos donde prolifera el bravuconeo burdo a lo Gaspar Rivas, el simple voluntarismo con forma de retroexcavadora, con la arrogancia de aquellos que desde la comodidad se presumen jueces morales del resto o juegan a ser revolucionarios que van a extirpar los males del mundo, la figura de Aylwin debería recordarnos lo que implica tener verdadera vocación política, es mezcla entre convicción y responsabilidad.