BREVE MANIFIESTO LIBERTARIO

Jorge Gómez Arismendi

Al ver cómo la coacción y la agresión como forma de acción política -sea explícita o como amenaza- comienza a tomar ciertos espacios del discurso político, surge la pregunta ¿Dónde están los defensores de la Libertad?

Y para no andar con rodeos, hablo de la Libertad entendida como el respeto que cada individuo merece en cuanto dueño de sí mismo, de su persona, su cuerpo y su voluntad. Es decir, para estar libre de agresión y coacción (salvo que inicie la agresión contra otro).

¿Con qué derecho unos y otros se adjudican la facultad de agredir a otros en nombre de ciertos principios o fines? ¿Con qué derecho se atribuyen la potestad para someterlos a su fuerza, y así llevar a cabo su voluntad particular? ¿Por sanción divina, ley, por contrato, por mayoría, por tradición, por dialéctica, por raza?

No hay respuesta, porque en el fondo no hay justificación alguna. Excepto si aquellos que justifican o aceptan algún tipo de imposición por fuerza sobre las personas, se consideran dueños de otros como para someterlos a su criterio bajo su fuerza, más allá de la legítima defensa propia ante una agresión.

Es decir, la única justificación que existiría es que en el fondo sean unos usurpadores, que aceptan y promueven el actuar coactivo de unos sobre la voluntad de otros. Que en el fondo -y aunque algunos lo nieguen- se tenga una pretensión y concepción autoritaria (mediante la cual aceptan aplicar la coacción en ciertos contextos o según ciertos criterios o principios).

La ética de la libertad se opone a eso y juzga como ilegítima cualquier coacción contra otro, a nombre de principios o fines, que vayan más allá de la legítima defensa. Eso distingue la ética del liberal de la de cualquier otro individuo en el ecléctico espectro ideológico político. Y eso también lo aísla de tal espectro.

Pero eso que lo aísla, le permite entender que la pretensión autoritaria, que es la ética de la violencia, no es exclusiva de un sector político; o de un tipo de Estado u organización política; o de un contexto histórico según leyes mecánicas; o de una clase social; o de un tipo de individuo; o de un tipo de raza o credo. Le permite entender que dicha pretensión autoritaria ha estado presente en todas las épocas y sociedades, amenazante contra el individuo, la persona y su voluntad.

Por tanto, también le permite entender que el fondo de todos los asuntos y problemas que se llaman políticos, han tenido su raíz en la pugna y tensión entre Autoritarismo (el ejercicio de la pretensión autoritaria) y Libertad, la defensa de la autonomía personal, que es la ética de la autoposesión.

Es decir, estos dilemas tienen su génesis en la tensión entre la ética de la usurpación (el ejercicio injustificado de la fuerza por parte de unos sobre otra persona); y la ética de la autoposesión (la defensa del individuo como dueño de sí y su voluntad), que es la ética de la Libertad.

En dicha tensión histórica, la ética de la usurpación ha triunfado de manera nefasta por sobre la ética de la autoposesión, a costa de millones de vidas humanas. La historia así lo demuestra.

Una de las causas de dicho triunfo se debe a que una gran mayoría de individuos, a lo largo de la historia, se siente y se ha sentido con derecho para someter a otros -por fuerza o amenaza en el uso de la fuerza- ya sea de manera individual o colectiva, para imponer sus criterios, valores o fines particulares, por medio de la coacción.

Es decir, una lamentable mayoría de personas ha visto y ve en la ética de la usurpación, en la moral de la violencia, el modo de saldar conflictos, desavenencias, o imponer fines entre los diversos individuos.

Una lamentable mayoría confía en la ética de la usurpación como el método para imponer sus diversos fines y valores, según sus diversos criterios. Es decir, debido a su pretensión autoritaria, valoran la coacción como modo de acción, para imponer su voluntad. Son por tanto, anti liberales y también anti políticos.

Y entonces por ejemplo, no ha sido difícil que los usurpados y sometidos por un tirano, en sus pretensiones de liberarse de sus usurpadores, una vez derrocados los viejos déspotas, deriven en nuevos abusadores y opresores sobre otros individuos para mantener su poder, y el orden que consideran justo.

Como dijimos, y este es el punto central, la ética de la usurpación (la pretensión autoritaria) siempre ha estado en tensión con la ética de la autoposesión, que es la ética de la Libertad.

Por eso, a lo largo de la historia han sido habituales los altos y bajos en base a los contrapesos y atomizaciones que el poder coactivo -en sus diversas formas de organización- ha sufrido a lo largo de los siglos, por parte de los individuos que se oponen a su injerencia agresiva o totalitaria sobre sus cuerpos y voluntades.

La Propensión autoritaria hoy

En el contexto actual que vivimos como sociedad, después de algunos años de apaciguamiento de las diversas pretensiones autoritarias, producto de la valoración de la democracia como modo de resolver conflictos, luego de las nefastas experiencias totalitarias y autoritarias del siglo XX, la ética de la usurpación nuevamente parece imponerse, aunque de manera solapada en los asuntos que llamamos políticos, sociales y económicos. Y tal como debería presumirse, sin depender del sector político, la clase o grupo social, los fines que se digan defender, o cualquier otra distinción que se aplique.

Como primera advertencia, con esto no pretendo establecer una doctrina, ni establecer un dogma, y menos una especie de manual para la acción. Tampoco pretendo proponer un modelo social, político o económico. Sólo pretendo hacer notar la importancia de ciertos principios, sobre todo al momento de hablar de Política.

La importancia de elevar ciertos principios se hace imperiosa sobre todo en un contexto político, social-económico, y por ende histórico, donde en medio de la contingencia y turbulencia de los hechos y cambios, la acción más impulsiva parece imponerse por sobre el criterio de la razón y lo razonable. Donde la brutalidad parece imponerse por sobre la prudencia. Donde la fuerza se impone por sobre el diálogo.

Hoy, la pretensión autoritaria se ha impuesto de manera transversal sin depender de las posiciones contingentes, a partir de la tensión entre quienes defienden el orden de privilegios vigente -impuesto en base a una pretensión autoritaria previa- y quienes promueven cambios a dicho orden.

Muchos dirán que los principios o fines que se contraponen indican que esa transversalidad no es así. Que tal tensión es ficticia –como quizás dirán los que quieren mantener el statu quo-; o que la tensión justifica todas sus acciones, incluso algunas violentas -como quizás dirán los que quieren cambios radicales-.

En el fondo, sea cual sea el argumento que levanten, de alguna u otra forma terminarán defendiendo cierta forma de imposición por fuerza sobre los individuos. Es decir, terminarán justificando la ética de la usurpación y la violencia, desconociendo el hecho irrefutable de que cada individuo es dueño de sí mismo, su vida, su cuerpo y su voluntad.

Terminarán negando el hecho irrefutable de que ningún individuo o grupo de individuos, por numeroso que sea, tiene el derecho a iniciar la fuerza contra otro, más allá de la legítima defensa. Eso, aunque se digan de tal o cual lado del espectro ideológico político, o aunque digan defender tales principios o fines.

En ese sentido, y ante esos dilemas, que siguen siendo los principales dilemas políticos, en estos tiempos, los llamados liberales parecen no saber hacia dónde establecer posiciones en cuanto a sus opiniones, críticas y apoyos.

Algunos, creyendo apoyar la causa de la Libertad, terminan por apoyar las causas del nepotismo, la plutocracia y el privilegio. Otros creyendo apoyar la misma causa de la Libertad, terminan apoyando medidas liberticidas, a potenciales nuevos déspotas y sus ansías personales de poder, dando paso a la tiranía de la mayoría (la oclocracia), o la dictadura basada en el culto a la personalidad, una autocracia.

A diferencia de lo que ocurría cuando los liberales clásicos se oponían al absolutismo y la casta de privilegiados que giraban en torno al monopolio autoritario del rey, hoy los liberales parecen más desorientados. Muchos, víctimas de su confusión de principios, y una clara falta de un concepto claro de Libertad, terminan apoyando a una u otra propensión autoritaria. De manera directa o indirecta.

Otros, un tanto más claros, terminan marginándose de la discusión política contingente, optando por el aislamiento del espacio público y político. Esta última posición es relativamente cómoda para la acción crítica, pero no es suficiente cuando principios como pluralismo, respeto, tolerancia y contrapesos al poder (basados en el principio esencial de respeto a la autoposesión del individuo) comienzan a verse mermados en favor de tendencias autoritarias o colectivistas, de manera transversal en el espectro y la discusión política.

Como siempre ocurre, el menoscabo final, del respeto al individuo y su autoposesión ocurre de manera imperceptible al principio. Nadie parece percibir el proceso de aniquilamiento de la individualidad. Y muchos entran en razón cuando la coacción por parte de unos contra otros, se ha desatado sobre sus cabezas. La supremacía de la pretensión autoritaria por sobre la Libertad, se produce de manera paulatina. Comienza a través de las palabras, a nivel discursivo donde se avala el uso de la violencia, y siempre termina por instaurarse como práctica indiscriminada, mediante la ejecución de la agresión como un acto legítimo por parte de los grupos organizados que se imponen. Todo con el lamentable respaldado de otros tantos. Entonces, en desmedro de la ética de la autoposesión, se impone la ética de la usurpación, que se ha escondido tras la conquista y la esclavitud, por ejemplo.

Cuando la pretensión autoritaria se comienza a imponer como práctica, la polarización entre los individuos se asoma de manera paulatina. Y entonces, un signo de individualidad y por ello de libertad, como es el poder pensar y opinar de manera distinta a otros, sobre las cosas y la existencia, se va degradando. El pensamiento comienza a homogeneizarse y finalmente, se torna dogmático y colectivista. Sin depender del lado del espectro ideológico político que digan ocupar los líderes y sus seguidores. Entonces, el individuo queda suprimido, y entonces el pueblo, la nación o la patria, que son distintas formas de colectivismo, someten su voluntad y pensamiento primero bajo presión y luego por fuerza, según lo que dictan los nuevos déspotas de turno.

Entonces, la Libertad es derrotada a favor del poder y el privilegio de unos cuantos caudillos, que sin contrapeso alguno a su despotismo, se elevan a la categoría de semidioses o líderes supremos. Y con ello, la igualdad entre las personas se vuelve una quimera. La esclavitud y la servidumbre se hacen efectivas.

Un nuevo espacio para la Libertad

Los cambios que hoy se viven, están poniendo en tela de juicio el orden vigente desde hace más de tres o cuatro siglos. No se trata sólo de una tensión entre modelos político-económicos y sociales, como algunos pretenden al propugnar como solución sus modelos particulares de Estado, o al defender el statu quo vigente. Se trata de un cuestionamiento al poder en general, y los diversos modos en que se ha ejercido y se ejerce desde hace siglos. No se cuestiona (como en la vieja discusión entre liberales y comunistas) el quiénes deben gobernar, sino la legitimidad del gobierno mismo. Hoy pocos confían en el poder político y sus estructuras.

Pero hay algo importante. En el proceso de cambios vigente, también se cuestiona el orden de inmunidades cuyo fundamento esencial es el poder político y su monopolio sobre los individuos. Se cuestiona al Estado, sea cual sea el apellido que le agreguen quienes lo controlan, y los órdenes políticos, sociales y económicos que surjan de éste.

En otras palabras, y esto deben tenerlo claro los Liberales, estos cambios, son similares a los cambios surgidos siglos atrás, producto del agotamiento del poder monárquico absolutista en Europa, y la lucha de las personas contra los privilegios que algunas castas se adjudicaban en base a éste. Las crisis que se viven hoy en diversas sociedades, son una expresión contra la estructura de privilegios que el poder gubernamental, sin depender del tipo de régimen político, ha sustentado por varios siglos en distintas latitudes del mundo. Pero hay algo más importante que no se debe olvidar, en cuanto a esa lucha contra el privilegio sustentando en el poder que iniciaron los liberales contra los principios del absolutismo, y que luego otros derivados continuaron:

La Libertad y con ello la Igualdad, siempre fueron derrotadas en cada una de sus batallas. Fueron derrotadas por la codicia de los líderes, la ambición y vaguedad de principios de sus seguidores, pero sobre todo por las ideas autoritarias nefastas que surgieron en el camino, al alero de la ética de la usurpación, la moral de la violencia. Esas ideas nefastas, que despreciaban al individuo como dueño de sí mismo, siempre terminaron por imponer la ética de la usurpación, de la violencia, como arma contra el privilegio; o como arma del privilegio.

Porque no hay que olvidar nunca que el poder corrompe siempre. Y concentrado es nefasto. Porque no hay ser humano ni líder infalible a su influencia, ni idea infalible que se le acople. Siempre uno puede derivar en déspota o verdugo. Por ello, el poder siempre requiere contrapesos y frenos.

La Democracia

El poder corrompe, y el poder concentrado y absoluto corrompe aún más. Así, muchas veces se torna brutal, sanguinario y criminal. Lo peor, con el beneplácito o la concesión por omisión de muchos.

El absolutismo, que fue la culminación de un proceso de concentración material e ideológica del poder político y clara manifestación de la ética de la usurpación (la pretensión autoritaria) suprimió al individuo y su voluntad particular. Redujo a la persona humana y la convirtió en una carga y a la vez en un material del propio poder de los autócratas y las clases parasitarias asociadas.

La supresión del individuo, de su voluntad, permitió por siglos hacer creer a los hombres y mujeres que eran meros recursos de la voluntad de sus gobernantes. Incapaces de constatar la propia corrupción de éstos, se dejaron llevar por su codicia liberticida, creyendo que lo que hacían esos déspotas era virtuoso o por su bien.

Lo cierto es que no hay individuo, ni familia o grupo virtuoso, que esté libre de los influjos nefastos del poder concentrado y vitalicio. Por eso, el poder siempre, sin importar el carácter u origen del gobernante, o los fines que diga defender, requiere contrapesos.

A eso se opusieron los liberales clásicos cuando comenzaron a cuestionar el derecho divino de los reyes y el absolutismo autocrático que justificaban con éste. Revitalizando el valor del individuo, su autoposesión, como valor central para la sociedad.

El liberalismo se plantea no con el objetivo de cambiar la dual y problemática naturaleza humana, sino planteando contenciones a los instintos más dañinos que afloran de ésta cuando se ejerce el poder, en cualquiera de sus formas. En esa búsqueda por contener los vicios humanos en torno al poder, entre los que se encuentra el uso injustificado de la fuerza sobre las personas, surge como alternativa la Democracia moderna y todo lo que implica.

Es decir, la Democracia surge esencialmente como un modo de contención a la ética de la usurpación, que por siglos venía ejerciendo su dominio y se expresaba primero en la barbarie y el saqueo; luego en la conquista militar, la conscripción, el tributo, la autocracia y la esclavitud.

Los principios que sustentan el surgimiento de la Democracia, brotan principalmente como un modo de evitar los vicios y abusos acaecidos durante el absolutismo en contra del individuo, y por tanto como una forma de evitar los vicios de nuevas concentraciones de poder, sea religioso, político, o económico. Ese es el propósito con que surge la democracia moderna. No es otro.

Surge como una valoración de la voluntad individual, de la razón individual, y no como una valoración colectivista de la sociedad, como muchos mal entendieron al hablar de voluntad general como una totalidad que se imponía sin contrapesos sobre el individuo, lo que es finalmente una especie de nueva religión absolutista y tiránica. Por tanto, tampoco surge como una especie de panacea que convierte la vida terrenal, en un Edén.

La democracia es un modo de frenar al poder, que es el poder que ejercen los seres humanos, de distribuirlo y atomizarlo. Es una forma de frenar la supremacía de la ética de la usurpación. Por tanto, no es un modo de imponer voluntades según el número de individuos que apoyan una causa, o según la capacidad de imponer su fuerza sobre otro grupo minoritario.

La Democracia es un modo de respetar voluntades diversas, para permitirles a las mismas dialogar en cuanto los asuntos públicos y resolver de manera pacífica sus desavenencias y diferencias. Es por tanto, el modo –perfectible- de fomentar la ética de la autoposesión de cada individuo.

Ese es el ideal democrático. No obstante, la Democracia nunca es perfecta sino perfectible. Es el menos malo de los regímenes de gobierno. El más cercano a respetar o promover la ética de la autoposesión, y por tanto la Libertad humana.

Hoy, en esta fase de tensiones, donde la ética de la usurpación –que es la ética de la violencia- comienza a posicionarse, quienes valoran la Democracia deben levantar la ética de la autoposesión como principio fundamental de la misma.

Sí se es débil en promover la ética de la autoposesión, la ética de la usurpación podría terminar siendo usada por aquellos que quieren mantener el stato quo vigente; o por aquellos que creen luchar por algo nuevo y justo. Cualquiera sea el caso, de imponerse la moral de la violencia, la Libertad y la Democracia serán usadas como principios de manera vacía, y serán por el contrario, camuflajes para el autoritarismo, la dictadura, la brutalidad y el crimen contra los individuos.

La ética de la autoposesión debe promoverse para encauzar los cambios de una manera ética, mediante la cual se respete al individuo, a cada persona, y su voluntad y todo lo que ello implica. Los liberales hoy más que nunca, deben promover la ética de la autoposesión, en respuesta a la ética de la usurpación, que es la moral de la violencia.

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