Una constitución es un bozal para el poder

Las constituciones surgen esencialmente para limitar el poder estatal y así respetar la dignidad de toda persona. Surgen para evitar la tiranía, no solo de los reyes, presidentes o legisladores, sino también de las mayorías. Ningún grupo u organización puede vulnerar los derechos y libertades de una persona o de una minoría. Ni siquiera mediante elecciones o votos.

Las constituciones buscan evitar la concentración del poder político y limitar sus funciones mediante mecanismos como la separación de poderes y tribunales independientes, pero esencialmente reconociendo derechos individuales y personales inalienables, como esferas de privacidad, que el Estado ni nadie pueden vulnerar.

En ese sentido, el desarrollo de cartas constitucionales ha sido parte del proceso de vindicación de la libertad personal en contraste con la arbitrariedad del poder fundado en la fuerza.

En nuestro país, a partir de la Independencia, la constitución surge para que las autoridades respeten las libertades y derechos inherentes a cada persona. Este es el principio esencial de toda nuestra tradición constitucional. En La Aurora de Chile del 3 de septiembre de 1812, Camilo Henríquez decía: “Solo es feliz el hombre libre; y solo es libre bajo una constitución liberal, y unas leyes sabias, y equitativas”.

Así, en la primera constitución que se dictó en Chile, se dictaminó a la libertad como un derecho inalienable del ser humano. Ningún gobierno, autoridad ni órgano o institución estatal, menos aún una mayoría circunstancial o un grupo, pueden violar la libertad personal de los ciudadanos. Quien lo hace es un usurpador y un tirano.

Nuestra tradición constitucional no solo consagra la igualdad ante la ley, suprimiendo la esclavitud y los privilegios legales, sino también la separación de poderes, como base del sistema republicano liberal. Sí señores, liberal, tal como planteaba Camilo Henríquez. Una constitución debe consagrar la independencia del poder Judicial, con respecto a los otros poderes.

Es errado creer que la constitución es para destrabar el poder o darle más atribuciones al Estado y los gobiernos, incluso a nombre del bien común o la justicia social. Eso es torcer el espíritu de cualquier constitución. Es volverla contra los ciudadanos violentando su autonomía personal. Cualquier constitución debe basarse en la primacía de la persona y colocar controles y contrapesos al poder político.

La igualdad ante la ley no implica igualdad material, sino igual reconocimiento a nuestra dignidad personal como seres racionales que ejercemos el libre albedrío. Ninguna autoridad puede decirnos qué pensar, qué creer o como satisfacer nuestras necesidades. Por tanto, debe respetar no solo nuestra vida y libertad sino nuestra libertad económica. Esta es la base del Estado de derecho.

Por ello, una constitución contraria a los fundamentos liberales más básicos, no es una constitución sino un engaño que pretende camuflar las pretensiones de poder de algunos.