Ser corruptos

En las últimas semanas, la agenda noticiosa -en el área política- se ha visto saturada de informaciones sobre casos de corrupción, algunos ya conocidos pero que siguen mostrando nuevas aristas.

Sin embargo, más allá de la necesaria y constante información que la prensa debe proveer a la ciudadanía, existe la posibilidad de que surja una entropía poco beneficiosa para el público.

No se trata de no informar lo que ocurre y se investiga, sino que de informarlo correctamente. Es importante dejar en claro que los fallos judiciales son determinantes en los casos, que las sospechas son buenas, pero no necesariamente tajantes, sobre todo en situaciones complejas. No hay que olvidar que un principio básico de la Justicia es la presunción de inocencia, hasta que no se compruebe lo contrario.

Segundo, tampoco hay que olvidar que la corrupción no surge de un día para otro y que es una estructura que se va sedimentando debido a la acción de las propias personas.

La corrupción se fortalece cuando la mayoría de los ciudadanos se vuelven y se perciben como posibles corruptos o corruptibles.

Por esto, en ciertos países es fácil infringir leyes de tránsito porque es menos costoso sobornar al policía, el cual se sabe y percibe sobornable y además sabe que hay otros que están dispuestos a sobornarlo. Es decir la corrupción es esencialmente una lógica de percepciones mutuas. Mientras más personas adquieran esa percepción de lo corruptible, más institucionalizada se hace la corrupción.

Por esto, los medios y también los tribunales, jueces y políticos, no sólo deben informar, sino que deben evitar naturalizar el que Chile sea corrupto. La información no clara en torno a los casos de corrupción puede generar lo contrario, hacer creer a la ciudadanía de que todos son corruptos, de que todos somos sobornables finalmente.

La idea es evitar aquella percepción en que todos lleguen a decir ¿Si todos roban o actúan de manera corrupta, por qué yo no?