Una tarde de un viernes cualquiera, en la Cinemateca…

Entrada de la Galería de Arte Nacional, Plaza de los Museos (imagen de Panoramio)

Recuerdo con especial afecto esa época: Todos los viernes, metrobús y metro, y luego, una tarde de disfrute absoluto en la Cinemateca. No existían (o al menos, no estaban disponibles como ahora) los celulares en esa Venezuela de los 90’s. Lo único que podía dar como señal de vida (y de que todo estaba bien) era una llamada por un teléfono monedero ubicado en toda la entrada del recinto. “Salgo a X hora,” era lo que solía decirle a mi madre.

La espera no la recuerdo como larga. La cola de gente tampoco. Se formaba a última hora, y uno sabía (viendo a quienes estaban en los alrededores de las escalinatas de la Cinemateca) las personas que iban a estar en ella. Todos vestían como yo iba vestido: Franelas negras, zapatos deportivos o botas. Parches en los morrales, o en las chaquetas. Algunos de pelo largo. Otros con el cabello sumamente corto.

Luego, el momento de entrar. La expectación de ver lo que por ningún lado íbamos a conseguir: Janis en Monterrey, Woodstock, The Who con su emblemática Quadrophenia, Santana en vivo, los Pistols. Si, en aquellos días el cable empezaba a asomarse como algo asequible a la familia venezolana, y si, los videoclubes afloraban en cada centro comercial. Pero lo que uno veía en la Cinemateca era material que no estaba disponible con tanta facilidad, por aquellos días. No había Internet, redes peer-to-peer, ni nada que se asemejara a eso. Tampoco comercio electrónico.

Allí fue que conocí a Alfredo.

Todos los que asistíamos a esos ciclos lo veíamos al inicio de la proyección. No recuerdo bien si había una pequeña introducción del video o documental que íbamos a ver (siendo como era Alfredo con el manejo de sus eventos, me inclino por pensar que sí). La impresión que daba era de alguien sencillo, calmado, amable, que no necesitaba subir la voz más de lo necesario para decir lo que tenía que decir. De no haber estado al tanto de la experiencia en radio y televisión de Alfredo, estoy seguro de que muchos de nosotros lo habríamos tomado como uno más del público. Tanta era su modestia como persona. Jamás te negaba el saludo y la palabra, una vez que te conocía. Alfredo era alguien a quien uno se podía acercar, sin el miedo de encontrar una pared de ínfulas de por medio. Lo que veías, era lo que obtenías (como dice el refrán)

Una anécdota (en particular) permanece conmigo, de aquellos ciclos de la Cinemateca: Sepultura había estrenado el video de Roots bloody roots por MTV Latino y casualmente lo había grabado en una de mis tantas cintas de VHS (horas y horas de videos y alguno que otro documental de Film&Arts). Al llegar el viernes, y ya a las puertas del recinto de la Galería de Arte Nacional (hogar de la Cinemateca) me encuentro con Alfredo. Me le acerco, y le menciono que tenía el último video de Sepultura. “Vamos a ponerlo” fue su respuesta. Enseguida me hizo pasar al lugar, mientras él cuadraba con su equipo en la Cinemateca para añadir el video al programa del día.

Su trato conmigo fue de gran cordialidad, como quien recibe a un amigo (a un pana) que lo ha venido a visitar, o para hacerle una segunda. Pero no nos conocíamos, más allá de los pocos y esporádicos intercambios de palabras y vistas allí en la Cinemateca. Yo no era nadie para él, más allá de alguien totalmente anónimo en la audiencia de un evento suyo, y sin embargo me trató como si me conociera de algún lado. Lo hizo en aquel momento, y lo haría en las sucesivas ocasiones en las que nos encontraríamos por la ciudad.

Gran parte de lo que conozco del Rock, lo conocí en esos espacios, de la mano de Alfredo. Es por eso que su desaparición se siente para mi como lo que fue la partida de Lemmy a fines del año pasado: El fin de una era, y momento. Se que algunos (quizá muchos) no estarán de acuerdo con esta apreciación, pero para mi tiene total sentido que Alfredo, ese Duende Azul de nuestras ondas hertzianas, se haya ido casi a la par del gran Ian Fraser Kilmister: Alfredo tenía la misma calidad humana que Lemmy, cuyas historias de solidaridad, caballerosidad y entrega hacia sus fans eran (y siguen siendo) legendarias.

Alice Cooper llegó a decir ese (para nosotros muy trágico) 28 de diciembre de 2015, que no sabía de nadie que no hubiera adorado a Lemmy como persona.

Yo todavía no encuentro a la primera persona que, habiendo conocido a Alfredo, tengo algo malo que decir de él.

Todo lo contrario.