Weißenbach — Austria | Photo by Julián

(Ba)tallar

Las palabras deben servir a la paz, el amor, la cordialidad, la humildad. A veces uno piensa en llamar a un «batallón» de emergencia para poder expresarse. Ahí se da cuenta, que el pensar en un «batallón», implicaba utilizar palabras para la «guerra», adiestradas, adoctrinadas, sin reglas, sin moral. Es en esos momentos, en que hay que calmar las ansiedades, cerrar los ojos y tratar de escuchar al corazón. Cuando las palabras no surgen, hay que recurrir a los gestos. Y surge así, un gran gesto. El abrazo. Abrazar nuevamente a las palabras, para limpiarlas de la mugre que genera el odio.

No es bueno cargar tanto tiempo una mochila. Por eso hay que ir despacio abriendo la mochila que se cargó, una mochila que muchas veces se intenta descargar con quienes debían llevarla a destino, pero que siempre terminaba siendo uno el destinatario. Y un día tu cuerpo se expresará con total claridad: «yo puedo seguir con la carga hasta donde tu autismo te lleve, pero algún día deberías preguntarte dónde han quedado tu alma y tu corazón. La última vez que los vi estaban en un desierto, y no pudieron dirigirme la palabra».

Somos tan finitos, pero siempre caemos en los ánimos de grandeza que opacan esa finitud. El poder te vuelve tonto, arrogante, orgulloso y egoísta. Todos los males juntos no pueden traer consigo más que heridas a los seres más queridos. Porque son ellos los que al final ven tu degradación, y son a ellos con los que uno peor se comporta, dejándolos de lado y tomando como molestas las palabras que te dirigen, pensando incluso en un complot.

Cuando no quedan palabras, solo quedan los gestos. Y el gesto más amoroso y bondadoso que uno dispone para dar es un abrazo. Ese muchacho joven y afectuoso, el abrazo, es la expresión más fiel de un sentir y que no puede ponerse en palabras. Es que los abrazos tienen esa magia que no logran tener las palabras, que al darlos se siente una contención total. Hay todo un movimiento espiritual, mental, corpóreo y sensorial. Hay momentos buenos y no tan buenos, pero con los abrazos los momentos son especiales, no se los puede encasillar, porque escapan al prejuicio, al odio, al maltrato, a la envidia, al sinsabor. Son los «Miguel Ángel» de las palabras, que de un pedazo de mármol inerte, tallan una escultura hermosa, agradable a los ojos.

Ellos están aquí por una razón, y aunque se les busque una definición única, su razón de ser es de cada ser humano. Así de únicos, así de especiales y así de humano…

es un abrazo
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