Lechleiten — Austria — Photo by Julián

El Elegido

La mañana se presentaba silenciosa y diáfana como cada día en el templo.
Tan solo unos pasos cansinos subiendo los innumerables escalones, rompían esa paz que reinaba.

Una vez arribado, se sentaron a esperar. El tiempo era tan preciado allí, que por una cuestión de respeto quién debiera consultar al Maestro, debía aguardar que dispusiera primero de sus oraciones y tomase su tiempo en el desayuno, los preparativos y demás tareas que incumbían a su rango.

En el ínterin, tomaron también la espera para manejar sus mantras y meditaciones.

— Maestro, la luz ilumine su alma. Vengo aquí con toda la familia que la vida me ha dado. Mi esposa ya se ha retirado a meditar en el infinito y traigo a mi primogénito a que sea introducido.

— Aprecio tus consideraciones y por el vínculo que nos ha unido tiempo atrás, acepto tomar tú primogénito para iniciarlo en la vida de la meditación y búsqueda de la luz.

Indiri era un joven que luego de la partida de su madre, se había vuelto insolente, mentiroso, poco interesado en su padre y un buscador profesional de problemas.

Oman, pastor, esposo ejemplar y padre benevolente, dio todo de sí en buscar la forma de encausar a Indiri. Sus fallidos intentos y no contar con su esposa, había llevado su paciencia a límites insospechados, y esos esfuerzos dieron por tierra un mal traer a su salud. No viendo otra salida, recurrió a su Maestro en la esperanza de encontrar un santo remedio.

Tras largas reverencias y agradecimiento, Oman se retira del templo. Indiri queda delante de la imponente presencia del Maestro, un sujeto que llamaba a respeto por dónde se lo mire, con la sabiduría rebosante ante cada arruga, cada movimiento y hasta en su abrir y cerrar de los ojos.

— Ven conmigo Indiri, daremos un paseo por el templo.

Tras una larga caminata, le fue indicando las diversas reglas que regían y nombrando cada lugar que componían las instalaciones, con especial énfasis en a cuáles sí y a cuáles no podía tener acceso. Acto seguido, lo puso a prueba de inmediato y ver cuánto de su atención le había prestado.

— Indiri, ¿puedes traerme una hogaza de pan de la cocina?

A pesar de no hacer calor y ser muy temprano a la mañana, el color de Indiri tomó el tono de la puesta del sol. El Maestro lo observó crítico. Luego cerró sus ojos y su rostro mostró una decepción que hizo bajar la cabeza del joven en un sentimiento de vergüenza que no había sentido alguna vez.

Esta tan solo sería la primera vez de una sucesión de eventos desgraciados a lo largo de la convivencia entre Indiri y el Maestro.

Tras meses de entrenamiento, Indiri no mostraba los avances que el Maestro requería, pero la amistad con Oman, lo impelía a seguir adelante.

— Indiri, ven conmigo.

Era la primera vez que lo hacía pasar por una de las puertas «prohibidas». Dentro, no encontró gran cosa y se preguntó por qué tanto recelo.

— ¿Sabes dónde estamos? — Indiri negó con la cabeza — Aquí es dónde encontré la luz tras una estadía de 2 años en completa soledad. Veo en ti algo que me recuerda a mis años de juventud, y estás en el momento exacto en que deberás buscar tú la iluminación. Tú único contacto con el exterior, se limitará a recibir por aquella rendija la alimentación. Esto es importante Indiri, buscar la luz no es una tarea fácil y quién la halle, será considerado entre los Maestros. Tómate tu tiempo…

El Maestro pasaba todos los días por delante de la puerta y apoyaba su oído en la puerta buscando algún signo. En varias ocasiones lo había escuchado silbar, bufar y más frecuentemente roncar a todo volumen.

Tras dos meses, Indiri se presenta ante el Maestro y en un error que traería consecuencias impensadas, inventa una historia en la que afirmaba haber encontrado la iluminación. Fue tal la sorpresa del Maestro, que en un primer momento dudó de todo lo que oía, pero era tal el nivel de detalle dado por Indiri, que consideró el evento como un hecho determinante: «era El Elegido».

— Vístete con éstas prendas Indiri. Iremos a ver a mí Maestro.

Indiri, tomando esto muy a la ligera, solo pensó en qué tan viejo sería el Maestro de su Maestro.

En una vieja carreta tirada por búfalos, viajaron a lo largo de dos semanas, pasando por verdes campos en dónde los campesinos hacían reverencias ante el Maestro, pero más sorprendente fue ver que se postraban y mantenían su cabeza gacha al ver a Indiri. Las ropas que vestía, eran las del Elegido, aquél que encarnaría al propio Buda en la tierra y vendría a dar paz y vida eterna. Indiri comenzaba a preocuparse y no sabía cómo explicarle al Maestro lo que sucedía.

Las montañas se veían en la lejanía cubiertas por densas nubes que le daban un toque místico. En lo alto, estaba el Gran Templo, hogar de Buda y del Gran Maestro.

— Maestro, la luz engrandezca vuestra vida. Es para mí un honor ser recibido en vuestra presencia.

— Bienvenido Nasar a tu hogar. El tiempo te ha convertido en un sabio. Agradezco al Gran Buda haber sido tú instructor. Siempre he confiado en tú ecuanimidad, en tú solemnidad y en tú justo juicio. Nunca me has fallado, y ahora que mis fuerzas me están abandonando, veo en ti que mi sucesión está llegando a su inicio.

En el anodino salón, propio de una vida austera que debían llevar, se encontraban el Gran Maestro, Nasar, los Maestros de otros pueblos que habían ido en busca de enseñanza y los súbditos. Indiri, no podía creer todo lo que estaba sucediendo y sus temores ya estaban entrando al nivel de pánico máximo. Solo deseaba arrojarse desde lo alto de la montaña y desaparecer de allí y de la tierra lo antes posible.

— Maestro, hoy vengo a dar la gran noticia que hemos encontrado al Elegido.

Tomando por los hombros a Indiri, lo acerca al Gran Maestro. El desconcierto, sus ojos tan grandes que parecían escaparse de sus órbitas y el sudor que recorría todo su cuerpo, casi lo hacen caer en desmayo.

— Oh Señor mi Señor, ante ti entrego mi vida y obra para que tú palabra comience a reinar en nuestro amado pueblo. — dijo el Gran Maestro y se postró ante Indiri, movimiento que fue repetido por todos los presentes.

Ante la orden del Gran Maestro, los súbditos corren prestos a que las campanas repiquen y den aviso que El Elegido ha llegado.

Indiri cae inconsciente…


— El miedo es el único consejero que te dirá una mentira cuando es verdad y una verdad cuando es mentira. —Indiri se encontraba en un camastro, con vértigo aún y desconcertado. — La pregunta es uno de los actos más honrosos y honestos de la humanidad. Una pregunta bien hecha es la pregunta que debe despejar la duda que tenemos, y no aquella que nos libra de ella dejando la carga en el otro. Es la que nos lleva a la acción, y no la que nos convierte en una larva que solo sabe devorar la energía del otro. Es la que no nos permite inferir, sino validar. Es la pregunta que nos hablará sobre la vida, pero que nunca nos dirá qué es la vida. Hay que valorar el tiempo de los demás en cada pregunta hecha, y para ello primero hay que tomar de nuestro propio tiempo en afianzar la incógnita.

— Yo, yo, no sé qué decir… no sabía que…

— La disculpa es sincera cuando la verdad prima sobre la vergüenza, cuando la honestidad se alía con el honor, en definitiva cuando el respeto por el otro es visto como nuestro propio reflejo cuando nos miramos en el espejo. Las creencias son algo sagrado y puedes no estar de acuerdo con ellas, pero debes respetar a quiénes toman de ellas un modo de vida.


De nuevo en el templo, el maestro le pidió a Indiri que mire la luz del sol. Indiri levantó su cabeza y miró largo rato directamente al sol. Pasado unos minutos que consideró necesarios para lograr el efecto deseado en su vista, le dijo que lo mire a él, y le preguntó.

— ¿Qué ves Indiri?

Indiri lo pensó bien, sabía que era uno de sus trucos.

— El sol.

— Eso es una mentira. Aún me hubiese puesto detrás de un árbol, sabes que allí estoy. Recuerda Indiri, las cosas son por lo que representan, no por aquello que dibujan en tu vista. Y ten presente, que te he pedido que mires la luz del sol, no que mires al sol directamente. Podrías haber apreciado su luz en el suelo. Lo que intento es que comprendas que la Luz no debe deslumbrarnos, cegarnos y quitarnos el entendimiento. La Luz debe marcarnos el camino que recorremos, es nuestra guía no nuestra perdición.


— Hola Padre, la Luz esté contigo.

— Oh Indiri, hijo mío. Han sido tres largos años y cómo has crecido.

Indiri vio a su Padre muy avejentado y sufrido. No pudo evitar sentir un dolor interno que lo estremeció.

— Ya estoy aquí Padre. Vengo a estar a tu lado y gracias al Maestro y a ti, estoy agradecido de la elección que has encargado para mí.

Oman no podía creer lo que veía. Su rostro parecía más joven ahora, sus ojos tomaron una luminosidad que le recordaron años que quedaban tan lejanos.

— Padre, mira la luz del sol por favor.

El Padre bajó su cabeza y miró al suelo. Con una sonora carcajada, Indiri y Oman se abrazaron fuertemente.

— Veo que el Maestro también te ha jugado ese chiste — le dijo Indiri.

— Veo que el Maestro sigue teniendo sus metódicas formas de entendimiento. Me gustaría ir a ver al Maestro, pero ya no tengo fuerzas para hacer el viaje.

Indiri vio una sombra sobre su anciano padre. Como si de repente estuviese frente a otra persona.

— Ya no tengo más fuerzas hijo mío. Creo que ha llegado el momento de ir a contarle a tu Madre el gran hijo que tenemos. — miró al cielo, más para evitar que una lágrima recorriera su rostro que por otro motivo.

— También le ha llegado su momento al Maestro. Y ahora estoy aquí contigo…

Oman vio largamente a su hijo. Pero ya no era su hijo, una luz intensa lo abordaba lentamente, lo abrazaba y lo calmaba…
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