5. Un día diferente

Aquella mañana de Marzo me había despertado más pronto de lo habitual para ir a la oficina de Correos. Cogimos el coche para dirigirnos hacia María de Molina mientras escuchábamos la radio para distraernos, normalmente no hablábamos mucho. Para un espectador inexperto, aquella podía parecer una mañana cualquiera, pero era diferente a las demás.

Me bajé del coche enfrente de la oficina de Correos, envié los papeles que tenía que enviar y me fui hacia la parada de Gregorio Marañón. Era una mañana fría y, mientras caminaba, las calientes caricias de los rayos de sol se alternaban con el frío abrazo de las partes de la calle que estaban en sombra. Me encanta el tiempo seco de Madrid y la limpia luz de sus calles por la mañana.

No fue hasta que llegué a la parada que no me di cuenta de que estaba jadeando. Había casi corrido durante el trayecto. ¿Por qué estaba tan acelerado? Bajé las escaleras, pasé los tornos de la entrada y me dirigí al andén para esperar el metro.

Cuando llegó el metro me metí empujado por la marea de gente que inunda la línea 10 todas las mañanas de diario y, casi sin quererlo, fui catapultado fuera por la misma marea al llegar a la siguiente parada, hice el transbordo y cogí el segundo metro que me llevaba directo.

Ya en la cabina, me detuve a mirar mi reflejo en la oscura ventana. Llevaba una de mis camisas favoritas, una de cuadros muy cómoda y lo suficientemente gruesa para no necesitar jersey. ¿Por qué me sentía así? Me latía fuerte el corazón, me sudaban las manos y tenía una extraña sensación en el vientre. <Esto debe de ser lo que en la literatura llaman tener mariposas en el estómago>, pensé para mis adentros. Me detuve a mirar mi reflejo en el espejo <pero que feo eres tío>

Llegamos a la Terminal 1 y, como casi todos los que iban conmigo, descendí y me dirige a la salida. Había abandonado el metro pero aquella extraña sensación no me abandonaba. Con el dichoso puñado de mariposas todavía revoloteando en mi estómago, me dirigí al control de seguridad y luego a la puerta de embarque. Había llegado con demasiada antelación.

¿Cómo ibas a reaccionar al verme? ¿Me darías un abrazo al verme o solo un beso en la mejilla? Al fin y al cabo, hacía mucho que no nos veíamos, ¿y si al verme con esta cara cansada y de mierda ya no querías besarme? ¿Y si al verme te arrepentías y te ibas con otro? <Con dos cojones Nacho tío joder, no te puedes acojonar ahora>

Como había llegado con tanta antelación me puse en la cola. Había una pareja de ancianos delante de mí que no paraba de hablar y yo, para distraerme un poco escuché su conversación. Iban a ver a su hija, que se había mudado por motivos de trabajo a Milán y no la veían desde hacía un año.

— Podría haber venido al menos por Navidad.
 — Sí, lo sé cariño, pero ya sabes que los vuelos son muy caros y ella tenía que trabajar.

Llevaban demasiado equipaje de mano para volar con EasyJet, claramente no estaban acostumbrados a coger aviones. Se acercó la azafata y les dijo que no podían montar con todo ese equipaje y que probablemente iban a tener que pagar un suplemento. No entendían nada los pobres. Decidí intentar echarles una mano.

— Si lo prefiere señora, puede darme esa bolsa. Después de todo, yo sólo llevo esta mochila y tengo espacio — intervine lo más simpático que pude, mientras señalaba la mochila de deporte granate que me había dejado Álvaro.
 — No está permitido hacer eso — dijo la cascarrabias de la azafata — tienen que pagar el suplemento.
 — No pasa nada, no se preocupe joven — me dijo el señor, para después volverse hacia la azafata y añadir amigablemente — ¿Dónde tenemos que pagar?
 — En el mostrador de embarque — repuso la azafata con algo de desdén.

Dediqué la mejor de mis sonrisas a la pareja, que me miró con aprecio y se volvieron para continuar el camino de la cola. Íbamos con un poco de retraso. Yo miraba mucho el móvil, no podía dejar de pensar en todo lo que había sucedido en aquellos meses. Todo había pasado muy rápido, aquella visita, aquel beso, aquella cena, aquel paseo… ¡Qué feliz me sentía! y a la vez que estúpido, ¿Cómo podía un simple mensaje cambiarme el día de aquella manera? ¿Cuántas veces se podía mirar la misma foto?¿Y cuántas escuchar la misma canción por la noche? ¡Cuántas! ¿Cuántas noches en vela hablando por teléfono? ¿Cómo se podía hablar tanto tiempo con alguien?… ¿Cómo te podía gustar tanto alguien…?

La voz de la azafata del vuelo me rescató de mis pensamientos.

— Prego
 — P-p-p-p Prego? — balbuceé yo por toda respuesta.

Rompió a reir en una carcajada mientras cogía mi DNI y mi tarjeta de embarque y los pasaba por el escáner. <Pero cómo puedes ser tan tonto tío, prego es como decir por favor, ¡pero si lo has estudiado bobo!>

— Grachie — dije con mi espléndido acento italiano mientras ella me devolvía mis documentos.

Ya estaba casi todo el mundo sentado cuando entré en el avión. Encontré mi sitio al final del todo, dejé mi mochila en el compartimento y me senté en mi asiento. Me había tocado ventana. Te escribí.

Sono en el avión sin retraso creo haha te aviso cuando llegue 😘
Buon viaje mi tortillo guapo 😘😘

Ahora tenía tiempo de pensar. Recordé la primera vez que te vi, estabas sentada al otro lado del aula de alemán. Las sillas estaban puestas en forma de U, y estábamos cada uno sentado en uno de los brazos de la U. Yo no podía parar de mirarte, intentando que nuestras miradas se cruzaran. Y entonces sucedió, fue sólo un segundo, quizás ni siquiera eso, milésimas de segundo, pero nuestras miradas se encontraron, te sonrojaste, y rápidamente devolviste la mirada al libro.

Desde entonces fuiste la razón por la que iba cada semana a clase de alemán. Me limitaba a observarte y a esperar que nuestras miradas se cruzaran. Después, a la salida y siempre que me armara del suficiente valor, me acercaba a preguntarte algo, cualquier tontería. Quería hablar contigo.

Empecé a ir a todos los Stammtisch. En aquella época Nacho estaba un poco agobiado con los exámenes de Madrid y empezó a dejar de ir. Yo seguía con todas las entrevistas, cartas y exámenes para los master, pero siempre encontraba tiempo el martes por la noche para ir a la reunión de Erasmus. Para verte.

Siempre te buscaba con la mirada al llegar. Siempre te estabas riendo. Me parecía increíble, hablaras con la persona con la que hablaras, en el idioma en el que fuera y del tema que fuera, siempre te estabas riendo. Así tan transparente, así tan sencilla, así tan natural. Así tan tú. Así, como me gustas.

Yo me armaba de valor y, como un buzo profesional antes de una inmersión, respiraba hondo y daba el salto. Me acercaba y te saludaba, estuvieras con quien estuvieras. <Nacho joder, ¿cómo dices eso? ¿No se te ha ocurrido una cosa peor?> Siempre me sentía estúpido. Y tú siempre me sonreías.

No hablábamos mucho, pero después vino la fiesta en mi residencia, nuestros primeros bailes en Monkeys, las visitas en la biblioteca, las comidas en el Oxford… el viaje a Hamburgo… la excursión al lago… Marktlücke…

– Oh Dios mío, como odio volar — el hombre sentado a mi lado me cogió del brazo mientras miraba por la ventana.
– No se preocupe, estamos ya llegando — respondí tratando de tranquilizarle.
– Siempre pasa en esta zona ¿sabes? pasados los Alpes, al sobrevolar Torino, hay muchas turbulencias — no tenía mucho acento, pero la forma y la confianza con la que me hablaba le delataban, era italiano.
– Sí, no sé la verdad, es la primera vez que visito Italia — respondí yo — ¿usted es italiano verdad?
– Sí, effettivamente. Pero hace un año que no visito mi tierra. ¡Ah, mira! Ya llegamos.

En efecto, nos aproximábamos lentamente hacía la ciudad más grande de toda aquella llanura. El punto que representaba Milán fue creciendo poco a poco y con él, aumentaban mis nervios y mis sudores. Las mariposas parecían estar pasándolo en grande en mi estómago, ¡cómo se movían!

Llegamos y me dirigí a la salida. Seguía todos los letreros como un autómata. El corazón me latía tan fuerte que lo oía en mis oídos y me daba la sensación de que se me iba a salir por la boca. Andaba muy rápido, pero no estaba seguro de estar preparado <me tenía que haber puesto colonia joder>.

Comprendí que aquella fuerza misteriosa que había tomado el control de mis pies y mi cuerpo no era mi cerebro. Eran las ganas locas que tenía de verte.

No goods to declare — Nothing to declare

Última puerta.

Uscita / Exit

¿Dónde estás? Giro sobre mí mismo. Hay mucha gente pero no te veo. Ando un poco hacia la izquierda como desorientado… Y allí estas tú. Se detiene el tiempo en mi cabeza. Llevas un abrigo gris, el mismo que llevabas en Madrid. Me sonríes. ¡Que sonrisa! Te abrazo y me siento seguro, feliz.

– Háblame di qualcosa… ¿por qué vuelas a Milán? — me había preguntado el señor momentos antes.
– A ver a mi chica

Era el 4 de Marzo de 2016


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