14/9

“Catorce del nueve, catorce del nueve”

Perdí cuenta de la cantidad de veces que me han dicho, o hasta yo misma he usado esa fecha como un chiste en los últimos 365 días. Si me conocen bien, saben cómo es. Supongo que es un mecanismo de defensa que mi mente ha desarrollado, “reir para no llorar”. La verdad es que me gustaría que hubiese una forma mas bonita de contarlo. Me gustaría que del todo no tuviera que contarlo. Pero sí, esto si pasa, y sí, sí nos meten cosas en los vasos, y sí, sí existen personas que lo hacen. Nunca pensé que iba a llegar a ser yo esa persona a la que le iba a tocar aprenderlo.

“Es que a ella la drogaron en un bar, no haga chistes de eso mae”

Me tocó. Un día decidí ir a celebrar que había terminado el examen más díficil del año, me había matado como una loca estudiando y quería disfrutar. Sólo que ese miercoles se me olvidó que era una mujer, y que todas las veces que salgo me tengo que recordar a mí misma ese pequeño dato cada minuto. Se me olvidó que tengo que vigilar cada dos segundos qué pasa alrededor mío, quién podría tener malas intenciones, quién podría hacerme daño.

Un ronda de shots con mis amigas, y después de ahí no puedo darle orden a mis recuerdos.

Me desperté en mi cuarto, sin bolso, sin celular, sin billetera, con la memoria vacía y sin ganas de vivir. Más adelante me di cuenta de que gracias a la ayuda de algún alma noble, mis papás me econtraron y me recogieron a la 1 am, drogada, sola, sin idea de nada, en la Calle de la Amargura. Nunca tuve el valor para contarles qué fue lo que pasó, cosa que nunca me voy a perdonar y hasta el día de hoy me duele inmensamente en el corazón.

“Ahí la vi el miércoles hecha picha en la Calle, qué mica se pegó”

Tengo 19 años, de los cuales 8 los he tenido que vivir con ansiedad social, trastornos depresivos, y más que nada mucho pero mucho miedo. 8 años intentando comprender un universo que yo misma había creado y le había prohibido la entrada a los estuvieron dispuestos a ayudarme. 8 años tratando de explicarme a mi misma en qué lugar del camino fue que perdí el control total de mis pensamientos y cómo son ellos los que ahora me controlan a mi. Llevaba un año de tener una salud mental estable, un año de progresos, logros y felicidad. Un año que en solo pocas horas volvió a la basura, y unas pocas horas que me volvieron a hundir en un hueco de pánico, inseguridad, tristeza e impotencia.

Estaba enamorada, por primera vez en años algo me salía bien, y lógico, como todo fue mi culpa, como me descuidé, como soy una chiquita inmadura que no sabe nada de la vida, me abandonaron. Me dejaron botada cuando más necesité apoyo. Invalidaron mis sentimientos,

una

vez

más.

En dos días volví a caer en un abismo de emociones que me quitaron todas las ganas que tenía de vivir, las mismas ganas que dos días antes más bien me sobraban.

Mi perro negro que se había perdido y me había rehusado a buscar, encontró su camino a casa y apareció de nuevo.

No estoy escribiendo esto para contar cómo fueron tal vez los meses mas duros que he tenido, cómo todo esto me costó un año de mi carrera, cómo viví en constante paranoia, cómo no podía quitarle la mirada a la muchacha qué me había hecho mi comida en Subway durante el último año y medio porque hasta de ella desconfiaba ahora, cómo tuve que mentirle múltiples veces a mis papás y a otras personas que me aman. Todo porque un enfermo sinvergüenza decidió pasarle por encima a la vida de una extraña y pensó que era una buena idea drogarme para sacarle una historia a su miercoles de Calle.

Escribo esto porque hoy, un año después, veo a mi al rededor personas llenas de amor que estuvieron conmigo durante mi punto más bajo y se lanzaron a ese abismo por mi, personas que nunca me culparon, que comprendieron, que me apoyaron y que lucharon de mi mano todo este tiempo. Hoy, con el corazón en la mano, se lo celebro a ustedes y les doy infintas gracias por demostrarme de qué estoy hecha. Me enseñaron a volver a amar la persona que soy, y ocupan el espacio más grande de mi corazón. Hoy, tengo miles de sueños que me motivan a seguir el camino por el que voy y me construyen un futuro todos los días, un regalo que hace un año jamás pensé que llegaría a tener. Ningún agradecimiento le hace justicia a lo que siento.

Durante este año aprendí muchísimas cosas acerca de mi misma; aprendí acerca de mi salud mental. Conocí personas que luchan a diario como yo y me demuestran el verdadero significado de valentía, pero más que nada, me recuerdan que no estoy sola, qué ellos entienden y que están dispuestos a ayudarme de corazón. Conocí personas que me demostraron que no hay por qué avergonzarnos de nuestras condiciones, de nuestras historias, y de todos los aspectos que al final son los que nos forman y nos hacen quienes realmente somos. Mi aprendizaje más importante: hay mucha gente caca en este mundo, pero créanme cuando les digo que todavía queda un montón que no lo es.

¿Qué si aún tengo trastornos depresivos? Sí.

¿Qué si aún me da miedo salir de mi casa y a veces mi ansiedad no me deja hacerlo? Sí.

Pero eso no me convierte en un bicho raro. Es solamente la lucha que me tocó vivir. A veces se pone muy feo. Pero esta lucha me toca ganarla a mí.

14/9: Dos números que hoy desempolvo y que siempre tendrán un gran peso en mi vida, hace un año me hacían acordarme de uno de los peores días que he vivido, a pesar de no recordar ni la mitad de el. Números que hace un año despertaban un diluvio de lágrimas y me hacían creer que nunca iba a poder abrir mi corazón y hablar de cómo realmente me sentía respecto a ellos.

Hoy, en su primer aniversario, toman un nuevo significado.

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