Quisiera tener una hija con la piel tan blanca como la nieve…

Jimina Sabadú
Apr 11, 2018 · 13 min read
Hace mucho tiempo, cuando los animales hablaban y soñar servía para algo…

Hay un cuento que me ha fascinado toda la vida, y que he releído hasta hartarme. En él una princesa queda huérfana y su padre decide casarse con ella, que huye del reino porque nadie en su sano juicio quiere follarse a su padre. Esta parte del cuento me removía por dentro. Porque la chica, que podría ser yo o cualquiera que escuchase el cuento, se veía empujada a tirarse a su padre. Y huye al bosque, porque junto a los castillos siempre hay un bosque con un tráfico intenso. Tras unas aventuras que no vienen al caso consigue tres nueces mágicas. De cada una de ellas sale un vestido. El primero es tan, tan bonito, que brilla tanto como las estrellas. Un vestido que brilla tanto como las estrellas. ¿Se puede concebir un tejido más hermoso? Sí se puede. El siguiente brilla tanto como la luna. Un vestido tan bello como una noche de luna llena, brillante, luminosa. Y el último es tan brillante como el sol. Una tela dorada de pura luz, de vida, de calidez. Y las telas son tan suaves que se deslizan desde el interior de la nuez, pasando por un pequeño agujero. Una tela más suave que la seda más fina. En este cuento se conciben tres vestidos tan increíbles que nada que de lo que veas en tu vida, jamás, podrá ser tan bonito. Tengo tan claro el tacto que siento que esos vestidos podrían resbalar ahora mismo entre mis dedos. Y al final, esta chica se casa con un príncipe y no tiene que vivir más limpiando el hollín de las cocinas.

Este cuento se llama “toda-clase-de-pieles” y la versión más conocida es la de Perrault. Pero probablemente os suene más como “Piel de asno”. Hay una película protagonizada por Catherine Deneuve que tiene un tono cómico que el cuento no tenía. Aunque a lo mejor hace cinco años que no lo releo.

En mi cabeza era mucho más bonito.

Mi fascinación por el cuento estaba tanto en la historia como en las palabras.

A mi no me gustaba vestirme de princesa. No especialmente. Me daba incluso un poco de vergüenza. Quizás fuera porque mi madre nos ponía un polo debajo para no coger frío y era un cuadro. No se. O quizás fuera porque no me llamaba, sin más. Era mejor que vestirse de sevillana o de pastorcilla, eso sí. Aún así el cuento me fascinaba. Esa nuez, esa tela con el brillo de las estrellas en medio del bosque. Ese baile. Todo lo que unas pocas palabras bien escogidas te sugerían. En una narración que podría durar unos diez minutos de pura maravilla. Esas historias que han sido contadas una y otra y otra vez a niños a lo largo de los siglos, que han sido leídas, reinterpretadas de tantas maneras por tanta gente a la que jamás conoceremos son una de las cosas más bonitas que hemos logrado como especie y eso es, entre otras cosas, porque mezclan el aprendizaje vital con la belleza de las palabras.

Los cuentos de hadas están pensados para niños, aunque ahora mismo los que más se preocupan por ellos son treintañeros licenciados que opinan que, como decía Serrat “Eso no se dice, eso no se toca,eso no se hace”. Aparecen textos breves (no he visto aún ninguno que sea ensayo, pero no descarto que existan),s, cortometrajes, camisetas, fanzines, y todo tipo de artefactos culturales que nos enseñan que no podemos creer en los cuentos de hadas. Sobre todo en la parte de las princesas. Pero esto, además de una necedad peligrosa y una gilipollez como la copa de un pino, es tratarte a ti, adulto, como si fueras memo. Y a ti, mujer, como si fueras débil mental. Porque la enseñanza de, por poner un ejemplo, “Jack y las habichuelas”, no es que aceptar un trueque que huela a estafa a kilómetros sea en realidad muy buena idea, sino que a veces quien parece el más débil es la persona más válida. La enseñanza de “La Bella y la Bestia” (que no es técnicamente un cuento de hadas) no es que si viene una señora a tu casa de madrugada la dejes pasar a cambio de una rosa, sino que hay que buscar en el interior de las personas qué es lo bueno que tienen. De hecho este es uno de los cuentos más atacados por esta corriente de pensamiento: Síndrome de Estocolmo, maltrato psicológico, secuestro… Que son cosas que en un monólogo de El Club de la Comedia en 1997 nos hubieran hecho mucha gracia, como lo de que Superman es el mismo con o sin gafas o la cosa esa del cacahuete en la piscina.

Los ataques a los cuentos de hadas se basan sobre todo en el concepto “princesa”. En algún momento en el que yo no estaba mirando te decían, al final, que tenías que esperar a que un príncipe te rescatara. Yo no lo recuerdo. O que tus hermanastras eran malvadas y que tenías que competir con ellas. O que todas las princesas son bellas. Pero eso, salvo que yo me perdiera algo, no es así en absoluto. Frances Hodgson Burnett tiene una novela maravillosa que ha sido adaptada en dos ocasiones al cine. Se llama “Pequeñas princesas” y — pese a su carácter poco solidario para con los boers — cuenta una bonita historia sobre una niña que pese a las adversidades cree en los cuentos de hadas que su padre, muerto en combate, le ha contado. En un momento especialmente duro en el que la horrible directora del internado le dice que deje de creer en esos cuentos, ella dice “Todas las niñas somos princesas”. Y es que todas las niñas fuimos princesas y todos los niños fueron príncipes. Aunque nadie se lo dijera y aunque nada a su alrededor lo indicase. Porque la nobleza, al menos en los cuentos de hadas, está en el corazón de las personas. Y como los niños son niños, se representa con realeza y con belleza. Por eso las princesas son guapas. Es por la pureza de corazón. Y por eso las hermanastras son horribles. Son la gente que te pisotea. En la cabeza del niño todo está magnificado (como en Gran Hermano) y cuando es castigado siente que es esa huérfana encerrada en una torre. Los niños se fascinan ante esas repeticiones que suceden en los cuentos. Tres oportunidades, tres plumas, tres nueces, tres preguntas. Saben lo que va a pasar y lo esperan. Y además hay algo que produce alivio, y es que las cosas son como son por dentro. Las brujas son horribles, los animales hablan, las hadas son bellas y bondadosas, los pozos son mágicos, los reinos lejanos, los castillos frondosos. Y se produce algo que reconforta, y es que las cosas casi siempre acaban bien (una excepción suele ser Andersen, pero la gente que hace estas críticas no suele saber tampoco de quién es cada cuento. ¿Para qué?). La justicia, el honor, la bondad, y el trabajo son recompensados. Y siempre el protagonista es quien al principio parecía el más insignificante de todos. En la vida real suele ser al revés. La justicia, el honor, la bondad y el trabajo son las claves para recibir el pitorreo tácito o explícito de quienes te rodean, en especial cuando hablamos de la vida sentimental y de la laboral. Pero sabes que ese reino esté donde esté sigue siendo tuyo. Ese reino puede ser simplemente la paz interior. O lo que en la fantástica novela “La Carretera” de Cormac McCarthy llamaban “llevar la luz”.

En los cuentos ese ser más débil, esa princesa, ese niño, esos hermanos, son siempre pobres. Porque en esta vida siempre ha habido superioridad numérica de muertos de hambre. Esos protagonistas pasan hambre, frío, y a veces sufren el abandono. En un cuento poco conocido, unos niños pobres reciben una olla mágica que crea una papilla dulce ( Y que siempre me ha sabido como el postre que me daban de pequeña; zumo de naranja, machacado con plátano y galletas maría) que les resuelve sus problemas. Leerlo era conocer ese sabor, pero antes de que llegara la olla era, también, conocer el hambre al igual que reconocimos el olor de la casa de chocolate de Hansel y Gretel. ¿Una casa hecha de dulces cuando estás perdido en el bosque? ¿Puede haber algo mejor? Morder la galleta, lamerse la nata montada de los dedos, hacer crujir el caramelo en la boca. Qué locura, una casa hecha de dulces. En algunos cuentos los hambrientos se ven saciados. En otros, los abandonados descubren que vienen de un sitio mejor (y muy lejano). En ocasiones los niños se reencuentran con su familia. Y entre medias está el miedo. Los castigos y los asesinatos de los cuentos de hadas son cruentos: en Cenicienta, las hermanastras eran obligadas a llevar zapatos al rojo vivo y a bailar hasta morir. En la Bella Durmiente la bruja muere de forma horrible. Y de nuevo, en Hansel y Gretel, esta señora loca del bosque quiere comerse a los niños y , como las arañas, espera meses y meses a que algún pobre niño caiga en su trampa. El lobo de Caperucita es despedazado por un leñador, pero después de comerse a la abuela. La mujer de Barbazul descubre que su marido ha matado a unas cuantas mujeres. Pero Barbazul no es un psicópata, o no solamente un psicópata: es un hombre que no quiere que nadie mire en su corazón. Y esa tragedia es tan humana y tan terrible que deja una huella en las llaves de la casa. Los cuentos de hadas en ocasiones son tan terribles que te hacen llorar. A veces son divertidos y nos hacen reír. Hay cuentos sobre engañar al diablo (como en la reciente película Errementari, que se basa en este tipo de leyendas), hay cuentos sobre hermanos en los que uno parece tonto pero es el que sale ganando, y hay cuentos en los que no aparecen princesas ni príncipes ni castillos. Vladimir Propp dedicó sus estudios a esto y ahí está su “Morfología del cuento”, pero supongo que pedirle a una persona que no entiende, pongamos por caso, Blancanieves, no va a conocer tampoco el formalismo ruso. Es lo que llamaban en Mondo Brutto gente “de poquito leer”. El caso, estas críticas van más enfocadas a las adaptaciones de Disney que son las que normalmente hemos conocido todos. Disney ha cambiado por el tiempo y entre “Blancanieves” ( su primer largometraje animado) y “La sirenita” (la producción que sacó a Disney de su decadencia tras la muerte de su fundador) hay un trecho. Blancanieves es buena, obediente, y se peina con ondas al agua. Ariel se opone a la voluntad de su padre y además lleva el pelo ahuecado, como Cindy Crawford en aquellos años. Parte de lo jodido de la historia de “La sirenita” es que ella renuncie a sus amigos y a su reino por un hombre. Eso mismo dicen de “Blancanieves”. Pero en realidad a lo que están renunciando es a la infancia (en la película de Disney creo que también renuncia un poco a lo que se llamaba en los noventa “salir por el ambiente”). En “Bambi” llegaba la primavera y los animales encontraban novias con pestañas muy pronunciadas. Y es que, querámoslo o no, la pubertad nos cambia. Y un día estás con tus padres leyendo en el suelo y de repente sólo quieres salir con tus amigos. Y más adelante quieres estar en casa. Porque la vida tiene etapas.

He aquí el angustioso pero hilarante anuncio de Famosa de este año.

En “Psicoanálisis del cuento de hadas” de Bruno Bettleheim se habla, por ejemplo, de que Blancanieves se refugia en la casa de los enanitos no porque sean siete señores acondroplásticos que la tienen de asistenta a cambio de esconderla. Se refugia porque ellos, como ella, son niños. Que no se ofenda el colectivo enano. En el cuento representan a los niños, y también un lugar donde Blancanieves es querida. Al caer en ese sueño provocado por la manzana, los enanitos lloran y como es tan bella la entierran en un ataúd de cristal, aunque en el cuento original dice “En la negra tierra”. Y llega un príncipe a besarla y aunque ahora nos parezca acoso sexual porque ella está dormida y no puede consentir, ella despierta a la vida adulta y hace frente a sus problemas. Porque en el bosque estaba escondida. Y el reino de ese príncipe es lejano, porque en los reinos que no conocemos todo el mundo es feliz, que es lo que nos pasa con todo lo que hacen en los países nórdicos, que siempre lo hacen todo mejor y son más listos.

Otro tema criticado es el de las madrastras. Y me vais a perdonar, pero eso ha existido y existirá siempre. Una hijastra es, en los cuentos y muchas veces en la vida, el reflejo de otra señora que no está, que no eres tú, y con la que no puedes competir (sobre todo si está muerta). Pero no se nos “enseña” a competir con nadie. Nos pone en una tesitura que a veces existe. Mi abuela, que era muy de cuento de hadas, siempre que hablaba de su madrastra se echaba a llorar, sobre todo rememorando cómo una vez le dio una paliza tal que dejó de tener el periodo durante dos años. Las personas no siempre estamos a la altura de las circunstancias. Y la peor de las madrastras puede ser víctima de la mayor de las carencias. Pero allá donde hay una madrastra mala hay un hada buena o alguna rana parlanchina y especialmente generosa. También se critica mucho que nos enseñan a creer en el amor romántico. Y aunque sobre si el amor romántico es o no una cosa cultural la cuestión es que sí, la gente se enamora. Si pretendes explicarles que eso es malo tu cruzada ya no es que no la comparta, es que me parece que camina tan paralela al materialismo más salvaje que acaban yendo en la misma dirección.

Y los niños, además de maravillarse, a veces transgreden. Pero últimamente parece que la niña que quiere ser superheroína (porque sus padres se pasan la vida viendo pelis de Marvel, básicamente) o que puede ser princesa y tirarse pedos, no está enseñando una lección a los adultos. Yo por sistema desconfío de toda la gente que dice que cada día aprende algo nuevo de sus hijos. En parte por cursis y en parte porque son de esos que creen que sus hijos están tocados por una varita mágica mientras que los de los demás son la mierda pilonga.

Esta hada madrina gordita, por lo visto, estaba invisibilizando a la Cenicienta y por eso le decía que volviera a medianoche.

Nosotros, al final de los cuadernos de caligrafía, teníamos un espacio libre para dibujar. A mi me dio por dibujar versiones de Rapunzel en la que la princesa llamaba pesado al príncipe porque le caía mal. No era especialmente transgresora; me partía de risa con eso y con un compañero de clase llamado Sergio García. Y por cierto, para mi los príncipes tenían la cara de Sergio García. Siempre, todos. Porque Sergio era guapo, era simpático y era divertido. Y le brillaban los ojos como sólo le brillan a la gente que tiene el corazón abierto a los demás.

Pero mucho antes de mis cuadernos de caligrafía llegó Disney. En 1937 estrenó “Blancanieves y los siete enanitos”, el primer largometraje animado de la historia. Nadie creía que fuera a funcionar y los animadores renunciaron a su sueldo durante una temporada. Disney había producido diez años de “Silly Symphonies” y varias de ellas tenían su Oscar. Entre ellas estuvieron, por ejemplo “El patito feo” (que nos enseña lo mismo que los cuentos de princesas, pero con unos patos cabrones y un cisne), que no puedo ver sin emocionarme cada vez que el pobre pato intenta abrazar a un reclamo pensando que es su madre, con esos lagrimones que le caen por el ojito. O “Los tres cerditos”, donde oh cielos, hay un cuadro de unas morcillas en el que pone “Father” y hasta el piano está hecho de ladrillos. Los animadores, hasta “Blancanieves”, habían dibujado cuatro dedos en vez de cinco. Pero eso cambió porque esta película iba en serio. Disney hizo algunos cambios respecto a la historia original e introdujo canciones como la inolvidable “Canción del trabajo”, más conocida como “Ai ho ai ho”. En el estreno se oía a la gente llorar y eso demostraba que los dibujos animados podían ser creíbles. De ahí en adelante todos conocemos la historia. Casi todos los cuentos fueron cambiados, entre otras cosas porque si en el rescate de “La Bella Durmiente” pasan cien años, pues menudo anticlímax. Y porque esta gente querría hacer dinero como todo el que monta una empresa. “Pinocho” (que no es cuento de hadas como tal, sino una creación de Collodi) es bastante mejor chaval en la película. La Sirenita no muere convertida en espuma de mar, sino que sale del mar con un traje de lamé estilo RuPaul. Sí que es cierto que hasta que se fusionaron con Pixar, Disney pasó por una etapa de explotación de las princesas Disney casi concebidas como un pack. Incluso los vestidos fueron cambiados: la imagen que quedaba de la Bella Durmiente era su vestido azul, pero en el merchandising aparecía en la versión rosa.

Y al igual que las princesas Disney fueron desprendidas de su contexto para estampar carpetas y plumieres, un montón de gente adulta se ha decidido a poner los puntos sobre las íes y explicarnos que todo esto está mal. Que los cuentos de hadas son machistas y que hay que reescribirlos acorde a lo que hay que pensar ahora hasta que cambie el hashtag. Y esto me da una pena tremenda porque estas narraciones que han perdurado a lo largo de los siglos, de repente hay adultos que no solamente no las entienden, sino que quieren explicárnoslas a los demás. Pero en una cosa estoy de acuerdo con ellos: a veces hay que explicar las cosas para que se entiendan bien. Por eso llevo una hora escribiendo esto para explicarles que no, que la moraleja de Blancanieves no es que tengas que casarte con un príncipe. Y es complicado, porque es algo que hasta un niño entiende. ¿Por qué ahora los adultos no lo hacen?

Una cosa que sí le reprocho a Disney: la esperanza de animales ayudándome con las tareas de la casa.

Jimina Sabadú

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Estoy aquí ahora escribiendo esto. Lo demás no importa. https://instagram.com/jiminasabadu?utm_source=ig_profile_share&igshid=1tgh3e9rz9e5x