Aquel día él no tuvo muchas ganas de despertarse. Al fin y al cabo, era un día raro. Uno de esos días de fiesta en los que, por una cosa o por otra, le tocaba trabajar.

Realmente levantarse de la cama no le supuso mucho esfuerzo. El ritual de siempre. Despierta, elige sin mucho cuidado la ropa que te pondrás hoy, ducha, responde un par de whatsapps y otros tantos correos.

Mira las actualizaciones de tus contactos en Instagram, Facebook y resto de cosas que te roban el tiempo y te ayudan a no pensar mientras llega el Cabify. Coge la comida, y olvídate una vez más de los analgésicos/pastillas que te van a hacer falta para aguantar 12 horas seguidas mirando pantallas sin hablar. Y sin salir, obviamente. Y casi, sin pensar.

Ese día el waze tuvo a bien regalarle una pequeña ruta por Las Tablas mientras él echaba cuentas de todo lo que había pasado la noche anterior. Nunca le había gustado beber, pero se había regalado un pequeño homenaje junto a una de sus mejores amigas la noche anterior — hecho completamente fuera de lugar. Estaba evitando enfrentarse a lo que realmente le daba miedo, pero no podía hacer otra cosa. Al fin y al cabo, cada día le costaba más estar solo. Que no hubiese nadie a quien darle las buenas noches al final del día. Despertarse con un mensaje de buenos días en el móvil, deseándole que tuviese un buen día. Era un romántico. Es un romántico. Desde la última incursión en terrenos sentimentales (hacía casi dos meses) no tenía ganas de conocer a nadie. Le costaba muchísimo confiar tanto en su propio potencial como en el de los demás- Y no se trataba de algo que pudiese cambiar de una forma fácil — las viejas costumbres siempre duelen.

No era que no quisiese conocer a nadie. De hecho, tenía a varios contactos en whatsapp de gente a la que estaba conociendo. Pero claro, si no confiaba en sí mismo, le iba a costar muchísimo más confiar en ellos.

También esto se relacionaba un poco con su “teoría del caos”, por llamarlo de alguna forma. Era un ser de instintos. Si alguien le hacía demasiado caso, su instinto le acababa aburriendo. Si alguien no le hacía más que el caso necesario e imprescindible, le interesaba. Y, eso, unido a su habitual desgana, hacía que a su corazón, antaño músculo que vibraba a la par que su móvil al ver el nombre de algunas personas en la pantalla que se iluminaba, había cubierto con una capa de hielo. Y no sabía si quería descongelarla.

Miraba a cada tanto por la ventana. La A1 con Madrid de fondo, CTBA y “la vela” de BBVA le saludaban en la lejanía, a la vez que sus dedos se deslizaban por el teclado y Ryan Gosling y Emma Stone le susurraban al oído que los sueños se acaban cumpliendo.

¿Qué sueños? Se preguntaba él. Al fin y al cabo, realmente él se suponía que ya los había cumplido. Más o menos. Mirar a los ojos de otra persona, y que la otra persona le dijese que iba a estar ahí y que todo iba a ir bien. Bueno, realmente eso ya lo tenía. Cualquiera de sus amigos le diría eso. Era un tipo fácil de querer, de esos que te abrazan y te dicen que te han echado de menos, y sientes que es verdad. De esos que te llaman un domingo a las 6 de la tarde simplemente para saber cómo te ha ido la semana.

No le gustaba especialmente el contacto por whatsapp — era un tío de distancias cortas. No poder ver la expresión de la cara de su interlocutor le volvía loco. Y eso que (como podréis haber adivinado a estas alturas), era un escritor empedernido. Prefería llamarte a escribirte, y si aun así era imprescindible, lo llenaba todo de sonrisitas y gifs. Sonrisitas de las de antes, no emojis, ojo.

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No sabía cómo terminar este texto, y preferí dejarlo aquí. See you!

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