Ficción de Terror Cotidiano 16 — Agosto

Ella era bonita

Veintinueve años atrás, ella era muy bonita. No eructaba constantemente, ni tenia la maldita manía de comerse las uñas. En esa época su cabello rubio y rizado olía a rosas, era sedoso y abundante. Sus dientes estaban completos y cuando sonreía, iluminaba el lugar, en el que entraba. Sonreía por cualquier motivo o sin él. Sonreía cada vez que miraba a su mas fiel enamorado. Sus ojos color azul-verdoso, inspiraban confianza y ternura. No era rencorosa, ni traicionera. Era una estrella que competía en su fulgor, con la luna, cada noche que salía a la ventana a tomar el fresco. Ella no necesitaba maquillaje, ni ropa de marca para verse atractiva y elegante. Pero cuando se maquillaba y se enfundaba en un vestido de noche, hacia que ningún hombre pudiera resistirse a sus encantos. Era como un ángel que invitaba a tocar el cielo, cuando ella tenia la gracia de dirigirle una mirada.

Veintinueve años hace, que ella empezó a amar. Le dio a su enamorado un primer beso, después de mas de dos años de cortejo. Un beso semejante a un dorado amanecer, presagiando una larga vida de amor y sueños cumplidos. Un beso que invitaba a mil besos mas. Pero que no llegaron ni a quinientos. Porque ella empezó a cambiar. Un día dejó de sonreírle a la vida. Aprendió a quejarse y a sentirse triste. Un día decidió que otros eran responsables de sus miserias y debían pagar el precio de su desgracia. Ella dejó de sentirse bonita, prefiriendo no maquillarse mas, dejando abandonado en un oscuro guardarropa el ultimo vestido de noche que lució, esplendorosa, veintinueve años atrás.

Llegado el agosto de su vida, ella no hacia mas que añorar sus años mozos. Lamentando cada error, cada silencio, cada mentira, cada reproche, cada momento perdido, intentando que todo fuera como hace veintinueve años. Su amado seguía vivo, lejos de ella. Además aquello que a él le atraía de ella, había desaparecido, siendo sustituido por un conjunto de achaques, malos humores y deformidades físicas, consecuencia de la edad.

No había forma de volver a ser bonita, ni dulce, ni natural, ni inocente, ni alegre, ni deseable. ¿Hay algo mas terrible que eso?. Solamente hay algo mas terrible… las fotografías. Las malditas fotografías que testificaban de su antigua belleza, pero peor aún, testificaban de que alguna vez había sido feliz y también había sido capaz de hacer feliz a otros. Le hacían recordar que en su actual rostro desfigurado por las arrugas, la papada, las ojeras y las manchas en la piel, años atrás había existido la frescura de la juventud. Le recordaban también que su sonrisa había estado llena de dientes, sus suaves labios color rosa, habían besado apasionada y tiernamente. Sus pechos habían sido firmes, en el lugar que ahora se había instalado unas horribles cicatrices, producto de las cirugías para extirpar las mamas, cuando le diagnosticaron cáncer. Su abdomen había sido firme, blanco y terso, allí donde ahora abundaba la celulitis y los poros abiertos. Sus piernas habían lucido firmes y tonificadas en los brillantes vestidos de noche, piernas que ahora apenas la sostenían y donde el tiempo había tejido telarañas de varices. Pero donde mas había dañado el tiempo era en sus pies, antes tan hermosos y bien cuidados, para lucirlos con zapatos destapados de tacón alto, ahora se habían llenado de hongos, callosidades y sus uñas era toscas y amarillentas.

¿Cómo podía alguien tan arruinado y desgastado por el tiempo, amar y ser amado?

Ella se lo preguntaba todos los días, desde hace veintinueve años, cada 16 de agosto.

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