Ficción de Terror Cotidiano 18 — El último juguete

Ana Sofía perdió el interés en el juguete

Estaba a punto de cerrarse el Mall a donde acudió Rodrigo para comprar el juguete que, su prometida Ana Azucena, le había encargado, para regalárselo a la sobrina de Rodrigo, que ese día había cumplido ocho años y por lo cual la familia Aspuru había organizado una fiesta, a la que habían sido invitados. Esta sería la primera ocasión en que toda la familia de Rodrigo, los vería asistir como pareja. Todo el día había sido un ir y venir para Rodrigo, en la empresa donde fungía como Gerente Genral, así que se le fue haciendo tarde, hasta el punto que casi olvida comprar el juguete. Ana Azucena lo llamó a las seis de la tarde, para recordarle que comprara el juguete, que Ana Sofía había pedido, la vez que la fueron a visitar al hospital, una semana antes. La ñiña fue llevada al hospital de emergencia, por sus padres, después de haberse fracturado la muñeca izquierda, cuando cayó por accidente al suelo, mientras jugaba en el colegio. Rodrigo se comprometió a conseguir el juguete de moda, para su próximo cumpleaños y esto pareció tranquilizar a Ana Sofía, quien tuvo una crisis de llanto, al saber que iba a estar enyesada durante su cumpleaños, la siguiente semana.

Rodrigo llegó a la tienda, cuando los altoparlantes anunciaban que se cerraría en los próximos minutos. Buscó desesperadamente a un dependiente de la tienda, para que le guiara más rápido hacia el estante correcto, donde se encontraba el juguete. Finalmente encontró a una joven que lucía el uniforme, que la identificaba como uno de los dependientes de la tienda. Rodrigo le pidió que lo llevara a donde estaban los juguetes de moda, que buscaba. Ella amablemente lo condujo por entre varios pasillos hasta que llegaron a una gran estantería de vidrio, que guardaba bajo llave los más recientes juguetes electrónicos y que por el peligro de dañarse o ser robados, no estaban exhibidos en las otras estanterías. Se requería de la llave, para ser entregados a los clientes.

Rodrigo notó que del juguete que buscaba, solo había uno en existencia, era el último y la joven le indico que pasaría por lo menos una semana antes que trajeran más. Los juguetes se habían agotado por el éxito que tuvieron entre los niños, además de la importante campaña publicitaria con que contaba el producto. La joven dependiente le pidió a Rodrigo que esperara un momento, mientras ella iba por la llave de la estantería.

Momentos después se acercó a la estantería un hombre de mediana edad, vestido con una sencilla camisa a cuadros y un pantalón de lona bastante raído. Sus zapatos parecían ser de talla más grande que la suya, pero estaban extrañamente limpios y brillantes. El hombre era sumamente bajo, menos de un metro cincuenta y su cara estaba curtida por el sol, como cuando alguien trabaja constantemente a la intemperie. Cuando se paró frente a la estantería de vidrio sus ojos se posaron fijamente sobre el juguete que Rodrigo había estado buscando e incluso lo señalo con el dedo, como diciéndose, “ese es el juguete que estaba buscando”. Al ver que estaba bajo llave, buscó con la vista a algún dependiente, para pedir que le abriera la estantería y así tomar aquel juguete, el último. En ese momento Rodrigo, sintió el impulso de decirle que el ya había pedido ese juguete, pero algo lo detuvo, pensó que sería mejor que el empleado de la tienda fuera quien se lo dijera. Sin embargo tuvo un segundo pensamiento y decidió hablarle al respecto para evitarle, al pobre hombre, el mal momento, cuando regresara el empleado. Se acercó y le saludo brevemente, le dijo que un empleado estaba buscando la llave, para abrir la estantería porque él había pedido ese juguete, pero era el último. El pequeño hombre, pareció decepcionado, pero parecía guardar la esperanza de tener el juguete hasta el último momento, así que sin decir nada, vio alrededor buscando a un empleado. Momentos después apareció, por un extremo del pasillo, la joven dependiente, quien llegó con la llave, abrió la estantería, sacó el juguete y se lo entregó a Rodrigo, preguntando si necesitaba algo más. Rodrigo lo recibió y le agradeció, después le dirigió una cortés sonrisa al hombre y un breve “lo siento, era el último”. Este hizo una leve inclinación de cabeza y empezó a buscar en la estantería, tal vez con la esperanza de que entre otros juguetes estuviera escondido uno más

El juguete que no había podido conseguir, por el que había ahorrado durante un mes, lustrando zapatos en el parque central de aquella ciudad, pensando en alegrar a la más grande de sus dos hijas de ocho años y que debido a la necesidad de cuidar a la más pequeña, no estaba estudiando este año. La madre no vivía con ellos, había caído en el alcoholismo y la drogadicción, así que decidió dejar a sus hijas a cargo del padre y escaparse con unas amigas a vivir en una interminable fiesta de licor, drogas y mantenerse con lo que pudieran conseguir prostituyéndose en las calles, cansada por las múltiples limitaciones con las que vivían, en un mísero cuartucho alquilado, en el fondo de uno de los más sucios y peligrosos asentamientos humanos de la región, que era lo que el padre podía pagar con sus modestos ingresos como lustrador de zapatos, del parque central.

Rodrigo no supo con detalle todo esto, pero internamente sintió un desasosiego, preguntándose constantemente, ¿Para quién querría aquel hombre el juguete? Logró llegar a la cena a la que habían sido invitados y Ana Azucena le dio a Ana Sofía el juguete que tanto deseaba, elegantemente empacado. La niña dio las gracias y pidió permiso a los padres para abrir el regalo, ellos le recordaron que los regalos se debían abrir al final de la fiesta. Ella no protesto, pero bajo la mirada y el rostro con notable frustración, pero obligada a obedecer las reglas protocolares de las fiestas de alta sociedad. Cuando la fiesta estaba terminando y antes que Ana Sofía cayera rendida por el sueño, los padres le permitieron abrir los regalos. Fue una batalla contra el papel de regalo y las moñas que guardaban el secreto de los regalos que había recibido. No se molestó mucho en ver las tarjetas en cada paquete, en realidad buscaba un regalo en particular, el juguete de moda. Al final de la batalla, hizo el recuento del botín obtenido, dándose cuenta que en realidad había tres juguetes iguales, los de moda, los que tanto había deseado, pero que ahora le parecían más banales y comunes. Así que su interés se desvió hacia una moderna bicicleta, con la que no paró de dar vueltas por el jardín, hasta que sus padres le indicaron que era hora de ir a dormir.

Esa misma noche el hombre de baja estatura, llegó a su casa con las manos vacías, aun con la intención de esperar una semana, para comprar el juguete para su hija. Sin embargo durante esa semana tuvo que gastar el dinero porque la hija más pequeña se enfermó y estuvo hospitalizada por tres días en el Hospital Central. Sin embargo, por falta de medicinas e implementos, le fue entregada antes de curarse por lo que compró con el dinero destinado, para el juguete, lo que le alcanzó de la medicina que le recetaron, hasta que la pequeña niña fue recuperándose y la niña más grande siguió cuidándola a falta de alguien más. Nunca pudo el hombre comprar el juguete de moda, para su hija ya que un año después, la hija mayor salió a comprar pan, pero nunca regresó a su casa. El hombre la buscó, puso denuncia en la policía, pero la niña de nueve años no fue encontrada. En su desesperación, entregó a la niña más pequeña a una hermana de su esposa, por no tener como cuidarla. Siguió trabajando en el Parque Central, lustrando zapatos y llevándole dinero a su cuñada, para el cuidado de la niña. Mientras él, siguió buscando a su otra hija, con la angustia de temer por la vida de la niña.

Tres noches después del cumpleaños de Ana Sofía, Rodrigo sufrió una pesadilla, en la cual él se encontraba al final de una larga fila de personas que esperaban, para poder entrar a un hospital y ser atendidos. Pero la fila no avanzaba y la gente empezaba a morir esperando. Él quería gritar para pedir que los atendieran pero aunque movía la boca y gesticulaba con los brazos, ningún sonido salía de ella. Tampoco podía salir de la fila, despertó agitado, bañado en sudor y después ya no pudo dormir.

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