Un supuesto triangulo amoroso precipitó el fatal desenlace

Ficción de Terror Cotidiano 68 — La maté por amor

Subclavio Herrera,cuyo verdadero nombre de pila era Gustavo, pudo salir impune de sus dos primeros asesinatos, en parte por su meticulosidad para establecer escenarios convincentes para los investigadores de la policía y también porque había contado con un poco de suerte. Cuando ya había saciado su deseo de venganza, otra apremiante necesidad surgió en él: la necesidad afectiva. Subclavio o Gustavo, era un hombre tímido e inseguro, en especial con el sexo opuesto. Podía contar sus relaciones amorosas con una mano y le sobraban dedos.

Una circunstancia ayudó a que pudiera acercarse a una mujer y se animara a invitarla a salir. Mientras trabajaba por su cuenta, como enfermero, atendiendo pacientes terminales, pudo conocer a una doctora de mediana edad, más bien solterona, pero cuyos atributos físicos no se habían marchitado con los años. Cecilia también hacia práctica privada además de trabajar en un hospital público en turnos extenuantes, que apenas dejaban tiempo para tener una vida personal más activa. Ella se había resignado a estar sola y entregarse por completo a su trabajo. Pensaba que era muy difícil encontrar a alguien, que pudiera adaptarse a su ritmo de vida y quisiera compartir los escasos momentos libres que su trabajo le dejaba, sin protestar. Ni pensar en tener hijos, ya que eso alteraría totalmente su rutina. En ocasiones deseaba tener alguien «especial», para poder conversar, salir eventualmente y también tener algo de vida sexual. Algunos colegas suyos la habían buscado, pero la mayoría estaban casados y no mostraban un genuino
interés en ella, como persona.

Gustavo y Cecilia coincidieron durante un mes en la casa de un paciente terminal de cáncer, cuya familia estuvo dispuesta a pagar muy bien, para que su paciente tuviera la mejor calidad de vida posible, en sus últimos días. Esto requirió de una gran cooperación entre ambos, lo que fue abriendo la puerta a un poco de confianza y algo parecido a la atracción. Cuando el paciente finalmente murió, una mañana de agosto, se quedaron sin nada que hacer durante el resto del día, así que Gustavo se animó a invitarla a ir al cine y comer algo, con el dinero que les acababan de pagar. Cecilia no quería parecer una «mujer interesada», por lo que aceptó con la condición de que cada quien pagara por su entrada al cine y por lo que comiera. Esta fue la primera y la más importante regla que prevaleció entre ellos, hasta el día en que Gustavo mató a Cecilia, motivado por un ataque de irrefrenables celos.

Esa tarde de cine y pizza fue refrescante para ambos especialistas de la salud, que vivían inmersos en su trabajo y no solían tener momentos como estos. Las invitaciones siguieron dándose y cada quien hizo un espacio en su vida para albergar al otro. Fue mas fácil para Gustavo, ya que necesitaba menos del trabajo y mas de la compañía que Cecilia. De forma que fue exigiendo cada vez más tiempo de ella, quien empezó a vivir un conflicto, que alteró su ritmo de vida y le provocó el estrés que tanto había querido evitar. Pero también se sentía otra vez atractiva, joven y un «poco normal», al tener una relación relativamente estable con Gustavo, quien a pesar de su oscura mirada y sus esporádicos ataques de ira, parecía interesarse auténticamente en ella y sus
cosas. Ademas por ser enfermero, podía entender mucho de su mundo sin estar en una posición de rivalidad con ella, tal y como sucedía con sus colegas médicos. Así que fue dejándose envolver por la coraza protectora y manipuladora de Gustavo, hasta que le fue difícil distinguir la delgada linea que separaba, lo que «ella quería hacer» y lo que «Gustavo le permitía hacer».

Esta situación no podía durar mucho sin despertar en Cecilia un resentimiento, por haber perdido control sobre su propia vida y por estar en una relación de co dependiencia. Gustavo nunca estaba satisfecho, pedía más y más. Cecilia llegó a perder turnos extraordinarios, para estar más tiempo con él. Ninguno de los dos llegó a sugerir que vivieran juntos, tal vez alquilando un apartamento mas grande o mudándose uno al apartamento del otro, fue un limite que ninguno estuvo dispuesto a explorar. Pero
algunas veces Cecilia pasaba la noche en casa de Gustavo y otras veces Gustavo dormia en casa de Cecilia. Nunca más de un día seguido.

De todos modos esto no fue suficiente para Gustavo, quien pensaba que trabajar era mas importante que él, para Cecilia. Llegó al punto de asfixiarla con sus reproches y exigencias, hasta que un día Cecilia no pudo más y le pidió a Gustavo que se dieran un tiempo, ya que la relación estaba saliéndose de control y ella no estaba siendo feliz. Gustavo le preguntó ¿si había alguien más en su vida? ella le aseguró que no, pero que le hacia falta estar sola y no tener que depender de otra persona. Gustavo no pudo entender esta razón, pero fingió que si. Dejaron de verse durante dos semanas. Durante ese tiempo Gustavo no trabajó como enfermero, dedicó su tiempo por completo para vigilar a Cecilia, quería comprobar que no estuviera con otro tipo.

Era noviembre y Cecilia cumplía años a mediados del mes. Gustavo esperaba ansioso la fecha para reunirse con ella y buscar que retomaran la relación desde el punto en que la habían dejado. Cecilia no le daba mayor importancia a la fecha y se sentía mas tranquila si nadie la recordaba. Sin embargo sus colegas le prepararon una fiesta sorpresa en una sala del hospital. Llevaron globos, flores y un colorido pastel. A las seis de la tarde, cuando se hacía cambio de turno en el hospital, se reunieron doctores y doctoras de ambos turnos y llevaron con engaños a Cecilia a la sala, que estaba adornada para la ocasión. Fue una verdadera sorpresa y Cecilia les agradeció e hizo todo lo posible por pasarla bien y no arruinar la fiesta a pesar de la incomodidad que le generaba cumplir años.

Ernesto un joven doctor y uno de los pocos aun solteros, le ofreció a Cecilia llevarla hasta al apartamento en su automóvil, ya que entre todos los invitados le habían llevado varios regalos, flores y globos, de modo que seria muy difícil llegar a su casa cargando todo esto. Cecilia aceptó gustosa y a las ocho de la noche cargaron entre ella y Ernesto con todo y lo acomodaron en 
la cajuela del vehículo y en el asiento de atrás. Parecía un automóvil de fiesta con tantas cosas en él. Afuera del hospital Gustavo esperaba la salida de Cecilia, sin saber de la fiesta sorpresa. Pudo ver al automóvil de Ernesto salir del parqueo del hospital llevando a Cecilia rodeada de flores y globos. Su corazón paro de latir por un instante, luego se fue llenando de 
ira y tiro al suelo un ramillete de rosas blancas que había pensado regalarle a Cecilia. En menos de dos semanas Cecilia parecía haberlo olvidado y haberse entregado a otro tipo, sin mayores remordimientos. -¡Que frágil era la voluntad de las mujeres!- se dijo, para si.

Gustavo se perdió en su propio mar de pensamientos, no quiso ir a buscar a Cecilia a su apartamento, sospechando que estaría con su «nueva pareja» allí. Se reprochaba a si mismo por querer tanto a una mujer que no supo valorar ese amor. Una mujer capaz de reemplazarlo por otro en tan poco tiempo. Seguramente ella nunca llegó a quererlo de verdad. Solamente jugó con él y cuando se cansó lo desechó para cambiarlo por un «modelo más reciente». El dolor y la rabia no eran buenos consejeros, especialmente en el caso de Gustavo que ya había probado el sabor de la sangre y no estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados ante esta evidente traición.

Desde ese momento Gustavo se convirtió nuevamente en Subclavio y no tuvo mas pensamientos en su cabeza que aquellos que le permitieran vengarse y destruir a la ingrata Cecilia.

Aprovechándose del hecho de tener una copia de la llave del apartamento de su víctima, Subclavio entro furtivamente varias veces para examinar el escenario y preparar una forma de acabar con la vida de ella, sin dejar evidencias que lo inculparan. A su favor estaba el hecho de que la relación que sostuvieron con Cecilia, no fue conocida por nadie más que ellos dos.

Subclavio pasaba horas en el apartamento de Cecilia estudiando la distribución de los espacios, los muebles y buscando la forma de preparar una trampa fatal, que a la vez pareciera accidental. Finalmente encontró algo que podría ser de utilidad. Había una ventana que daba a la calle, que estaba en malas condiciones y que Cecilia no había podido mandar a arreglar. Por lo que la había atrancado, precariamente, con un par de tablillas clavadas en la pared, para evitar que tuviera que abrirse, ya que no se sostenía adecuadamente y en varias ocasiones los soportes habían cedido por el peso, provocando que se cerrara violentamente, como una guillotina.

La idea de Subclavio era provocar un pequeño incendio dentro del apartamento, que produjera una gran cantidad de humo negro, para obligar a Cecilia a abrir la ventana, con el fin de dejar que el humo se disipara.

En el momento en que ella asomara la cabeza por la ventana, esta debería cerrarse violentamente y clavarle una filosa estaca entre el cuello y el omóplato izquierdo, para provocar una herida mortal en la arteria subclavia.

La siguiente semana, preparo todo y decidió ejecutar su plan un viernes, con la esperanza de que nadie echara de menos a Cecilia el fin de semana en el hospital. Subclavio se sentía un dios, con la potestad sobre la vida y la muerte, hasta disfrutaba de la oportunidad de cobrar venganza — alguien podría pensar que buscaba este tipo de situaciones-, que en él era ya una forma de vida. Pero al igual que los dioses, quienes hablaban siempre de forma poética en los libros que Subclavio solía leer, sintió la necesidad de escribir un mensaje de despedida y reproche, a la vez, dirigido a Cecilia, en una nota, que tal vez ella, jamas leería:

“¡Flor que de espinas te vestiste!

¡Flor que de tu perfume me llenaste¡

¡Flor que con el viento te moviste¡

¡Flor que a otros, tus pétalos abriste¡

¡Flor que confiaste demasiado en tu belleza¡

¡Flor que prometiste adornar mi cabeza¡

¡Flor que malgastaste tu tibieza¡

¡Flor que denigraste el suelo en que creciste¡

¡Flor que te vas a morir sola y triste¡

¡Flor que tu color perdiste¡

¡Adiós flor, adiós dolor¡”

La nota fue dejada desde el jueves en la gaveta de la mesa de noche, que estaba a la par de la cama de Cecilia, dentro de un sobre de color crema sin ninguna firma en él. Esa noche la doctora llegó tarde a la casa y no se le ocurrió abrir esa gaveta, de forma que no pudo leer el mensaje que tal vez la hubiera alertado del peligro y le podría haber salvado la vida.

El viernes Cecilia no tenia turno hasta las ocho de la noche, por lo que podía descansar y dedicarse a sus cosas. Pensó en Gustavo y deseó que hubieran podido llevarse mejor. Lo extrañaba pero también había aprendido a tenerle un inexplicable miedo. Gustavo nunca se mostró violento, aun cuando discutían, pero su mirada transmitía una furia intensa, que parecía difícil de controlar. Decidió llamarlo antes de irse al turno para saber como estaba.

A las seis de la tarde, Cecilia empezó a prepararse para trabajar. Se desvistió, se envolvió en una enorme toalla y fue a tomarse una larga ducha de agua caliente. En ese momento Subclavio entró a la casa sigilosamente y se preparó para provocar el incendio que habría de desencadenar el asesinato planificado. Subclavio tuvo tiempo para revisar la trampa de la ventana y aprovechando que la puerta del baño estaba entre abierta, pudo contemplar por última vez una parte del cuerpo desnudo de Cecilia, mientras ella se bañaba.

Aun pasó revisando la gaveta de la mesa de noche y vio que la nota estaba en el mismo lugar donde él la había dejado, la noche anterior. Cecilia no tenia idea de lo que estaba por venir.

A las seis y treinta, Cecilia finalmente salió del baño y antes de llegar a su habitación pudo sentir olor a humo, saliendo de la cocina. Fue hacia allí y vio como unos trapos de cocina estaban ardiendo junto con otras cajas que contenían víveres, que ella no recordaba haber puesto allí. Pero el fuego no era tan peligroso, así que inmediatamente tomó un recipiente lo llenó de agua en el lava trastos y lo lanzó precipitadamente sobre el fuego. Este se apagó parcialmente por lo que tuvo que lanzar un segundo recipiente con agua. Pero el humo había llenado la cocina y estaba extendiéndose al resto de la casa. Cecilia no pudo contener una tos muy fuerte, provocada por la inhalación de humo negro. Cuando estuvo segura de haber apagado el «misterioso» fuego, fue a abrir la ventana mas grande del apartamento, que estaba en la sala, para que el humo saliera de la habitación. Le sorprendió la facilidad con la que la ventana se abrió, tenia mucho tiempo sin intentarlo, pero las ultimas veces había sido muy difícil levantarla ya que los carriles laterales parecían estar atascados por el oxido y la suciedad acumulada por años. No se detuvo mucho tiempo para pensar en esto, intentó colocar los seguros que sostenían la ventana, para ir a buscar una toalla con la cual pretendía agitar el aire y expulsar el humo mas rápidamente. Cecilia había sacado la cabeza por la ventana para respirar aire fresco, mientras sostenía con las dos manos la pesada ventana. Pero en el momento que soltó la ventana para comprobar que los seguros si la mantenían abierta, esta se precipitó violentamente y una filosa estaca se introdujo en la clavícula izquierda, destrozando en un solo movimiento la arteria subclavia. El dolor fue intenso pero el terror fue aun mayor. Cecilia también había sido golpeada en la cabeza, lo que la hizo caer de lado y perder por unos instantes el conocimiento.

Momentos después la tos provocada por el humo, la hizo despertar y mientras abría lentamente los ojos, pudo contemplar la silueta de un hombre parado frente a ella, quien la miraba fijamente. El dolor en la clavícula y la sangre que emanaba de la herida, la distrajeron un momento, cuando volteo hacia la figura, pudo distinguirla mejor, era Gustavo quien sostenía un papel en la mano y la miraba con una expresión de furia y odio. Cecilia no estaba segura si esa imagen era producto de su imaginación o no, pero sentía que una debilidad se apoderaba de su cuerpo, mientras la hemorragia robaba la poca vida que le quedaba. Gimió hacia Gustavo pidiendo auxilio y como respuesta tuvo solo una sonrisa irónica y después escuchó de boca de su autor el poema de despedida de una flor. Apenas pudo pedir ayuda, apenas pudo protestar, a penas pudo reprochar esto. No le quedo mas vida después de unos minutos.

Subclavio reavivo el fuego de la cocina y dejo que la casa se quemara para eliminar cualquier tipo de evidencia que pudiera incriminarlo, incluyendo la nota de despedida, que nunca fue leída por nadie más.

A la semana de la muerte de Cecilia, que conmovió al hospital donde ella trabajaba. Subclavio volvió a pedir trabajo como enfermero y se lo dieron, así que pudo vivir de cerca la tristeza que provoco la tragedia, pero también pudo asegurarse que no hubiera ninguna sospecha dirigida hacia él.

Escrito por: Javier España

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