Lo peor ya había sucedido

Ocurrió durante un funeral. Daniel Versatti había ido para acompañar un compañero de trabajo, cuyo padre había fallecido. Otros compañeros de trabajo llegaron también, algunos acompañados de sus esposas. El hijo del fallecido, estaba abrumado por la perdida y su familia tampoco estaba en condiciones de hacer frente a la interminable serie de trámites que deben realizarse en estos casos, así que Daniel estuvo ayudando a elegir el tipo de féretro, el menú para los asistentes, la ceremonia religiosa, la hora de salida del sepelio etc. Cerca de la media noche, llegó al funeral otro compañero de trabajo, acompañado de su esposa, una elegante morena que de inmediato atrajo la mirada de los hombres presentes y despertó la envidia de alguna de las mujeres. Daniel conocía a este otro compañero, era asistente administrativo y a pesar de no ostentar un puesto alto dentro de la organización, siempre se vestía muy elegantemente, era un tipo agradable y servicial, aunque sin un alto nivel educativo. En las oficinas habían intercambiado solamente saludos de vez en cuando. Debido a la hora, muchos amigos y familiares se despidieron de los dolientes y cerca de la una de la mañana se fue quedando poca gente en la funeraria. Daniel estuvo conversando con este compañero de trabajo y su esposa. El se llamaba Dorian y ella Isabel. Tenían nueve meses de casados y aun no tenían hijos. Ella había vivido todo el tiempo en la ciudad y él todo el tiempo en un pueblo del interior del país. Ella había estado estudiando en la universidad, Dorian había completado estudios a nivel medio solamente. Le contaron a Daniel que se habían conocido en el trabajo anterior de Dorian, y después de salir juntos durante dos meses decidieron casarse. Daniel como era costumbre dejó que ellos hablaran; dijo muy poco de si mismo, solo lo suficiente para mantener la conversación animada, y nunca de algo, demasiado íntimo.

Daniel tenía una amplia y franca sonrisa que inspiraba confianza a quienes conversaban con él; mostraba un genuino interés en los detalles personales que le contaban y cuando podía aconsejaba muy acertadamente. Esto sucedía más frecuentemente con las mujeres.

Cerca de las dos de la mañana el hijo del difunto, se acercó a ellos y les contó que ya la mayoría de gente se había ido, y que el necesitaba ir a su casa a traer suéteres para su esposa y hermanos, pero no tenia vehículo. Dorian se ofreció a llevarlo y traerlo de regreso. Le pidió a Isabel que lo esperara y a Daniel que le hiciera compañía. Ambos aceptaron gustosos.

Cuando estuvieron solos empezaron a hablar de lugares interesantes para viajar, comidas favoritas y otros temas generales. Pero en cierto punto la conversación se torno en una especie de desahogo para Isabel, que se sentía arrepentida de haberse casado sin conocer bien a Dorian, quien le propuso matrimonio en un viaje que hicieron a la playa. Ella no recapacitó demasiado y cuando sintió estaba comprometida, con tan solo dos meses de relación. En la casa de sus padres se sentía prisionera, así que pensó que esto la liberaría, pero olvido un detalle… no estaba lo suficientemente enamorada de Dorian. Eso lo descubrió, una mañana al despertar a su lado y sentir que estaba durmiendo con un perfecto desconocido, que era descuidado con el orden de la casa, que no tenia buenos modales en la mesa, que empezaba a darle ordenes, que cambiaba de humor frecuentemente y sobre todo, que no la conocía, que no la complacía, que no la escuchaba.

En este punto, Daniel sabía que Isabel estaba a un paso de caer en los brazos de alguien que le ofreciera un refugio… una esperanza… una ilusión. El podía, pero no debía. Sabía como sacar provecho de esta situación fortuita, pero se resistía a la idea de causarle problemas a la pareja. Porque los problemas no serian solo para Dorian, sino que también para Isabel. El manejo de la culpabilidad es realmente complicado para algunas personas. Cuando una mujer cambia de hombre, es porque los cimientos de su personalidad han sido drásticamente removidos. Daniel no quería ser quien los removiera esta vez. ¡No en un funeral! ¡No con la esposa de un compañero de trabajo! ¡No en esa madrugada! Así que busco cambiar de tema, lo menos bruscamente posible. Pero a las tres de la mañana que regreso Dorian junto con el hijo del difunto, sucedió otra circunstancia inesperada. Dorian preocupado por su esposa, quería que esta se fuera a dormir a su casa, pero quería permanecer en el sepelio hasta el amanecer. Entonces le pidió a Daniel que fuera a dejar a Isabel. Ella se resistió a la idea por inercia, por cumplir con su papel de esposa que apoya, pero en realidad estaba cansada y además no conocía a nadie en el lugar. Daniel dudo por un momento, pero caballerosamente aceptó llevar a Isabel a descansar.

Mientras viajaban en el vehiculo, ambos evitaban el contacto visual. Daniel por precaución, Isabel por pena. No iban tan rápido, pero a esa hora sin tráfico, llegarían en poco tiempo a la casa de Isabel. Ella le pidió a Daniel que aumentara la calefacción ya que tenía frío. Ella se cubría los hombros con una chalina negra, que combinaba maravillosamente con su traje de flores blancas sobre fondo negro. El vestido era de una sola pieza y tallado a su cuerpo. Lucia sus bien formadas piernas sin medias. Zapatos de tacón medio. Su pelo liso caía sobre los hombros y enmarcaba su hermoso rostro de formas redondeadas. Había llegado maquillada al funeral, pero a estas alturas solo quedaban restos, en especial en sus labios, que habían sido intensamente rojos, y ahora eran mas de su color natural. Su piel era blanca con un tono cenizo. Daniel había visto muchos otros detalles, sin que esto hiciera sentir incomoda a Isabel. El sabia manejar las miradas y apreciar esos detalles que hacen a cada mujer maravillosa.

Isabel también había notado la elegancia en el vestir de Daniel, su seguridad; esa maravillosa capacidad de escuchar. Había sentido también el calor de su mano, cuando la ayudo a subir al carro. Había valorado su caballerosidad al abrirle las puertas por donde pasó antes de llegar al parqueo. Sus oídos habían sido acariciados por la pastosidad de su voz. Su cuerpo vibró con el roce de su mano izquierda en la espalda, cuando la invitó a subir al carro. Su corazón se aceleró cuando Daniel la miró fijamente a los ojos, de esa manera, que la hizo sentir que él tenía el control y que ella podía dejarse llevar.

Daniel subió la calefacción del vehículo, pero una gota de sudor apareció de la sien izquierda de Isabel, antes de eso. Faltaba poco para llegar. Un poco más y no habría necesidad de seguir «inquietando» a Isabel. Para Daniel esa energía era un alimento preciado. Esa forma de contenerse ante ¡tantas posibilidades! Esa pasión que detectaba en esa chica y que estaba a disposición suya. El nerviosismo causante de esa gota de sudor. Estos momentos serian atesorados por Daniel, ¡para siempre! Faltaba poco para llegar. Un poco más y todo habría terminado.

Llegaron a una garita de control, del residencial donde ella vivía. El guardia se mostró asombrado de verla llegar en un automóvil distinto y con otro hombre. Ella dio una corta explicación tratando de no levantar sospechas en el tipo. Se parquearon enfrente de la casa. Por un momento guardaron silencio. Daniel evitando cualquier comentario que hiciera que ella se lanzara en sus brazos. Ella sin saber que decir. La tensión sexual era altísima. Ella bajó la mirada. Entrelazó sus manos en un gesto de máximo nerviosismo. Daniel abrió la puerta de su vehículo y camino por atrás para ir a abrirle la puerta a Isabel. Fueron unos segundos, pero que Isabel sintió eternos. Daniel aprovecho para respirar profundamente el frío aire de la noche. Camino con paso tranquilo pero seguro. Abrió la puerta, tendió su mano y le ayudó a Isabel a ponerse de pie. El corte lateral del vestido reveló por un momento el hermoso muslo derecho de ella. Al inclinarse hacia el frente, se abrió el escote, mostrando las dos suaves curvas de sus pechos. La ropa interior blanca. Cuando Isabel estuvo de pie, se detuvo un momento, quedando cara a cara con Daniel. Soltó una tibia bocanada de su aliento. Daniel la recibió en plenitud, disfrutándola en cada poro de su cara, entrecerró por un instante sus ojos y después recobró la compostura, dio un paso hacia atrás, y extendió su mano, invitando a Isabel a caminar hacia la puerta de su casa. Siempre con una amplia sonrisa.

Isabel empezó a caminar, lentamente; murmuro unas palabras de despedida y aceleró su paso. Daniel esperó a que entrara, a que lanzara una última mirada en su dirección, a que caminara moviendo su bien formado trasero. Después de esa última mirada, Daniel cerró la puerta del copiloto, camino por enfrente del carro, sabiendo que ella se asomaría a la ventana para verlo partir, lanzando un suspiro, mezcla de alivio y desazón. El se subió al carro, cerró la puerta, lanzó un suspiro de satisfacción y después se fue.


Escrito por: Javier España

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