
Mi primer amor
Diana era una linda chica, muy popular en el Colegio donde yo estudiaba la secundaria. Yo me hice amigo de su hermano menor, sin saber de su parentesco. Pelusin le decíamos al chico y con él compartíamos juegos, tareas y aventuras. Como vivíamos cerca, empezamos a regresar los tres caminando a casa, después del colegio y en cierta ocasión, Pelusin se encontró tirado un libro de cuentos. El detestaba leer así que me preguntó si yo lo quería. Le dije que si. Esa noche lo leí completo y al dia siguiente le iba contando a Pelusin de los cuentos que más me habían gustado. Diana por lo general caminaba un poco atrás de nosotros y no se mezclaba en las conversaciones. Para ella yo era el amigo de su hermano, únicamente. Pero esa tarde mientras regresábamos, ella se interesó en los cuentos que yo le relataba a su hermano y empezó a hacerme preguntas. Descubrimos que teníamos en común, el gusto por la lectura. A partir de ese día empezamos a platicar cada vez más y eso hizo que Pelusin se resintiera, hasta el punto que cierto día me dejó de hablar definitivamente. Sin embargo la relación con Diana se fue haciendo cada vez más cercana. Los regresos del colegio se hicieron más lentos y deliciosos, Diana y yo caminábamos uno al lado del otro, compartiendo interminables conversaciones, que eran mezcla de sueños, tristezas y esperanzas. Pelusin caminaba delante de nosotros visiblemente molesto y cada poco le recriminaba a su hermana la lentitud con la que caminaba. Ella le sonreía, mientras le alborotaba el rubio cabello, pero seguía embelesada conmigo. Esto hizo que Pelusin me odiara un poco más. Como el tiempo de regreso del colegio no nos alcanzaba, empezamos a juntarnos en las tardes después de hacer las tareas. Diana era un año mayor que yo, ademas iba adelantada un año en los estudios. Yo la miraba como una chica «demasiado» grande para mi, es decir, ella me gustaba mucho, pero no creí que se fijara en un chiquillo como yo. Pelusin se dio a la tarea de separarnos y se quejó con sus padres por lo tarde que regresaban del colegio. También porque su hermana venía a «paso de procesión». La mamá de Diana empezó a poner más atención a las actitudes y comportamiento de su hija, llegando a la conclusión de que eramos novios o estábamos en camino a serlo. La señora no quería que su hija descuidara los estudios, de forma que le prohibió salir por las tardes, que era el momento en que yo me sentaba en la pared de su casa, ella salía a la puerta y nos poníamos a platicar hasta la hora de la cena. Sin embargo, «el agua siempre busca su cauce». Diana empezó a salir de su casa con cualquier pretexto. Ir a comprar algo a la tienda, aunque no lo necesitaran. Ir a traer el pan. Ir a buscar a Pelusin que jugaba en la calle con sus amigos. Todo con la idea de vernos por pequeños períodos de tiempo. Empezamos a intercambiar breves cartas, donde nos contábamos lo que no nos daba tiempo, durante sus frecuentes escapadas. El bajel del amor había zarpado, pero ninguno de los dos sabíamos si llegaría a buena orilla.
Las aguas de nuestra tranquilidad se enturbiaron cuando apareció en escena Emilio, el «ungido» por la familia de Diana para ser su esposo. Ambas familias se conocían desde hacía muchos años y la familia de Emilio estaba en una situación económica solvente, a diferencia de la familia de Diana. En muchas ocasiones los padres de Diana habían pedido ayuda económica a los padres de Emilio, contrayendo una deuda cada vez mayor. Emilio y Diana se llevaban bien, crecieron juntos aunque no había surgido un romance entre ellos. Diana parecía estar resignada a su destino hasta que me conoció y se fue envolviendo en un conflicto que nunca antes había vivido. Por un lado tenía a un chico que conocía muy bien, que era aceptado en su familia y quien por medio de un planificado, enlace matrimonial resolvería la situación económica de su familia y cancelaría cualquier deuda pendiente. Por otro lado estaba este chico nuevo que compartía con ella sueños, fantasías y locuras que la conmovían a un nivel interno tan profundo, que difícilmente alguien pudiera entenderla, tan bien como él.
Llegó fin de año y con ello las fiestas navideñas. Se intensifican las emociones y se rompe la rutina, llevándonos muchas veces a tomar resoluciones que pueden transformarnos la vida. Diana era la primera chica de quien me había enamorado. Ella a pesar de ser un año mayor que yo, tampoco había descubierto que era el amor. Sin saberlo estábamos descubriéndolo juntos y por un breve periodo de tiempo, el resto del mundo dejó de importarnos. Nuestro día giraba entorno a los momentos en que podíamos compartir. Tiempo que robábamos a cualquier situación de la vida. Mi mamá se dio cuenta pronto que mis frecuentes salidas a la tienda, tenían que ver con la vecina. Tuvo la maravillosa idea de hacerse amiga de la mama de Diana, para allanarme el camino. Funcionó muy bien, pronto fui aceptado dentro del circulo familiar de mi primer amor. Excepto por Pelusin y Emilio, quienes no desaprovechaban oportunidad para encontrar defectos en mi o supuestos cambios en el carácter de Diana que «les preocupaban».
Sin embargo, supe ganarme el cariño de la mama y del hermano más pequeño, Tete lo llamaban. Tenia dos años y cada vez que me miraba corría hacia mi para que lo cargara y jugara con él. Muchas veces Pelusin me lo quitaba porque decía que lo podía golpear. Entonces el pequeño Tete, lloraba y daba de gritos hasta que lo dejaban estar otra vez conmigo. La mamá decía que admiraba mi amplio vocabulario y la conversación que parecía venir de una persona de más edad. Diana acostumbraba sentarse en el sofá y muchas veces la sorprendí observándome, como disfrutando de mis reacciones y la relación que estaba creándose, al menos con una parte de su familia.
Unos días antes de navidad, mi mamá me dio otra sorpresa, me dijo que podíamos ir a un almacén a comprar ropa para que estrenara ese día. Antes de conocer a Diana, poco me importaba como iba vestido, pero ahora quería verme bien para ella. Solo mi madre supo que sacrificios tuvo que hacer para complacerme de esa forma, pero yo regresé feliz con la camisa negra brillante y el pantalón de mezclilla que compré. Me sentía un artista de cine. Sabíamos que la cena de navidad era un momento familiar y que solo podríamos vernos antes de la hora señalada. Pero ese día nadie se interpuso y pasamos juntos desde las siete a las diez de la noche. Hablábamos sin parar y nos tomábamos de las manos. Cuando dieron las nueve, hora marcada por la campana de la Iglesia Católica que estaba cerca de nuestras casas, llamando feligreses a una misa especial, sentimos que nuestro tiempo se agotaba demasiado rápido. Le dije a Diana que en caso de que no tuviéramos tiempo después, me gustaría darle un abrazo de navidad. Ella aceptó gustosa y nos entrelazamos en un delicioso gesto, que tradicionalmente se realiza en estas fechas, pero lo convertimos en la forma de manifestarnos ese amor que estábamos sintiendo, aun sin poder describirlo con palabras. Cinco minutos después, nos separamos pero quedamos tomados de las manos. Entonces Diana me dijo que quería corresponderme, dándome otro abrazo. Este fue aun más delicioso que el primero, no parábamos de apretarnos uno contra el otro y de acariciarnos la espalda y los brazos.
Descansamos un rato de los abrazos, para acariciarnos con la mirada. Su hermoso rostro, pálido pero lleno de ternura, con la blancura de su rostro exaltada por el clima frío de fin de año, le daba la apariencia de un ángel. Para mi, ella era un ángel que bajó a la tierra para darme felicidad, al menos por un breve período de tiempo. Seguimos intercambiando abrazos hasta que la campana de la iglesia marcó las diez de la noche, momento en que Pelusin se apresuró a salir a la puerta de la casa, para darle el mensaje a Diana de que ya era hora de la cena. No tuvimos tiempo para decirnos nada más. Un último abrazo y cada quien regresó a su casa.
La siguiente semana una sombra de fatalidad me cubrió con su oscuro designio. Mi madre sería transferida a una oficina en otra ciudad. Tendríamos que mudarnos, antes de fin de año, para iniciar el año en el nuevo lugar. Yo estaba desconsolado, tuve que darle la noticia a Diana, quien evitó hablar mucho del tema, quiso pensar que no era cierto y guardar la esperanza de que no seria necesario que yo me fuera tan lejos. El día treinta de diciembre, un camión llego a mi casa para cargar con nuestras pertenencias. Antes de irme quise despedirme de Diana, pero Pelusin salió a la puerta a decirme que ella estaba muy enferma y no podía salir. El malvado muchachito no podía esconder su cara de satisfacción al decirme esto.
Me fui sin poder despedirme de ella, sin un solo beso, pero seguro de que ella había sido, mi primer amor.
Escrito por: Javier España
