Un mal concierto de rock

Javier España
Jul 21, 2017 · 5 min read

El salón estaba lleno de espectadores, listos para escucharnos tocar. Mis amigos con su banda, abrieron el concierto interpretando «covers» de grupos de rock populares. Se había anunciado que yo cerraría el concierto interpretando canciones de rock de los 80’s y 90’s.

No me sentía especialmente nervioso, aunque tenía tiempo de no presentarme en público y no había dedicado tanto tiempo a ensayar. Pero estaba en mi zona de confort, las canciones las conocía bien y las había practicado por años. Hay un refrán popular que dice: «Lo que bien se aprende, nunca se olvida». No estaba seguro de si quería retomar mi carrera musical o solo tocar una última vez, pero internamente, la música vibraba intensamente, deseando contagiar a aquel púbico que esperaba de mí, una actuación memorable.

Mis amigos se habían empezado a despedir, presentando a los miembros de la banda y ofreciendo una última canción. Roger era el vocalista, con una voz grave y un buen falseto, se había hecho reputación en nuestro pequeño mundo del rock. Rip era el bajista, un tipo bajo y fornido, que detestaba la excesiva atención durante el show, de modo que cerraba los ojos y se ocupaba de mantener el ritmo en cada canción, hasta que alguien le tocaba el hombro y le decía que tenía que salir del escenario. De todo el grupo era quien menos aspecto de rockero mostraba. Ángel, el primer guitarrista dominaba unas cuantas escalas lo que hacía que sus «solos» fueran casi siempre los mismos. Esto no le permitía lucirse demasiado, pero lograba «sacar la tarea» en cada presentación. Ángel si se preocupaba por mostrar una imagen rockera. Desde su vestuario de cuero, el pelo y la barba largos, hasta la motocicleta estilo “Shopper” en la que llegaba a los shows. El tecladista era Martín, el más músico del grupo, con formación académica y buen gusto, era quien sacaba a flote el sonido de la banda, disimulando los errores de los demás y adornando cada canción con un «toque armónico» que los hacia parecer más profesionales, al menos para los oídos menos educados. Por último estaba Aníbal «El Animal», que furiosamente golpeaba la batería, tratando de mantenerse en el tiempo de cada canción y cada vez que se equivocaba, volteaba a ver a Rip, para volver a retomar el ritmo.

La música que interpretaba el grupo era fácil de digerir y en ocasiones lograban que el público coreara las más conocidas. El objetivo del grupo que abre un show es el de «calentar» el ambiente para que el artista principal se «monte sobre la ola» de energía del público e intente de llevarlos al clímax.

Como primer intento de conducir al público a un estado de energía exultante, traté de «adecuar» una chispa, acompañado de mi guitarra acústica.
Pero fue entonces, ¡que todo el show empezó a derrumbarse!. Los dedos de mis manos parecieron engarrotarse, los acordes no sonaban bien
y al no tener un acompañamiento correcto, la voz tampoco salió bien de mi diafragma. Mis amigos pusieron una cara de sorpresa y el público quedó en estado de shock, especialmente aquellos que me conocían de antes y me habían escuchado cantar, en mis mejores momentos.

Por algunos minutos, todos estaban esperando que corrigiera el mal comienzo y empezara a cantar de una forma profesional, pero quedé atrapado en un ataque de nervios. Aun así seguí intentando cantar. Despedacé la canción y exactamente a la mitad, ví como el público empezó a abandonar el salón, no sin antes lanzarme miradas de desaprobación y reproche.

Ni siquiera tuve la fuerza para pedirles que se quedaran y me dieran otra oportunidad. Realmente sabía que no la merecía, mi carrera musical, ya hace tiempo, parecía haber terminado. No tenia más frutos de mi «extinto» talento y la conexión que antes era natural con el público, ahora se hacia imposible.

Fracase rotundamente. En pocos minutos el salón quedo vacío, mis amigos pensaron que era bueno dejarme solo por un rato y se fueron a tomar cervezas a un bar cercano. Dejaron allí en el escenario los instrumentos y sentado en medio y al frente, me dejaron a mi, aun con la guitarra en la mano y la vista perdida en la pared del fondo del salón.

Un anciano que era el encargado de la limpieza se me acercó a preguntarme si podía empezar a limpiar el salón. A penas le hice un movimiento
afirmativo con la cabeza. Pero esa reacción me hizo desear cantar otra vez. Abracé de nuevo mi guitarra y con una seguridad que hubiera
deseado mostrar, unos minutos antes, empecé a cantar la canción del «rey imaginario», que se lamenta de como su mundo es destruido por una sublevación de sus súbditos, quienes anhelaban más libertad. Su ritmo lento pero constante, me permitió conectarme emocionalmente con la triste historia, que era tan dolorosa como ese momento de abandono y rechazo que estaba viviendo. Había cerrado los ojos desde el primer acorde de la canción y fui cantándola con una intensidad creciente hasta llegar a la parte en que gritaba a todo pulmón: «Libertad».

Luego la intensidad fue decreciendo, pero no el sentimiento de angustia y dolor. Finalizando con una penosa confesión de vulnerabilidad hasta que
los últimos acordes fueron muriendo lentamente.

Después de terminar de cantar y tocar la guitarra. Me quedé en silencio por un minuto más, tratando de digerir ese momento intimo pero brutal. Sin embargo una especie de sollozo me sacó de mi tren de pensamientos. Abrí los ojos y al fondo del salón vi al anciano de la limpieza, abrazado al palo de su escoba, con la mirada clavada en el suelo y tratando de contener el llanto, inútilmente.

Sin saberlo me había conectado emocionalmente con él, ayudándolo a rescatar un episodio doloroso de su historia personal. Me conmovió verlo allí parado y sin consuelo. Dejé la guitarra por un lado y fui hacia él. Le pregunté si se sentía bien. Me dijo que no me preocupara, era que la canción le había hecho recordar cuando su esposa lo había abandonado para irse con un hombre más joven, llevándose a sus hijos, sus pocas posesiones y destruyendo en pocos días sus sueños, su familia y todo el mundo que había luchado por crear. Su vida se había reducido a ese trabajo de limpieza, a un cuarto alquilado con una cama, un pequeño ropero, una silla, algo de ropa y una carta cada año de parte de sus hijos, para el día de su cumpleaños.

Me quedé callado a su lado, sin saber que decir, respetando su dolor. Pero para mi sorpresa unos minutos después empezó a sonreír. Levantó la cabeza y lanzó por un lado la escoba que sostenía en las manos. Me asusté y dí un paso hacía atrás. Luego me miró y me dijo: «Gracias amigo, en estos veinte años no había podido llorar», en ese momento, aquel hombre había logrado cerrar el círculo de su mayor tragedia personal. Pero más importante aun, se había dado cuenta de algo trascendental: «Tenía el control de su vida, podía pintarla del color que quisiera. Era libre. Perdió algo muy grande, pero ganó la posibilidad de crear de nuevo su mundo, esta vez… tal vez, uno mejor y más feliz».

Me abrazó y me dio de nuevo las gracias. Abandonó el trabajo sin dar explicaciones y se lanzó a conquistar el mundo, ya sin miedo a fracasar, ni perder lo que lograra.

Fue en ese momento cuando descubrí algo de mi: «Mi carrera musical no había muerto, solo estaba cantándole al público equivocado».

Escrito por: Javier España

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