Una noche con «La Sicaria»

Julio es un mes con muchas emociones para mi. Desde recuerdos tristes por la partida de seres queridos, hasta la celebración de mi cumpleaños. Algunas veces he podido celebrar el aniversario de mi nacimiento con reuniones familiares, viajes, regalos o hasta retiros espirituales, pero la celebración que más recuerdo y añoro fue la que me organizó «La Sicaria».

En esa época estaba desempleado y buscando como ganar algo de dinero; la situación económica era grave, así que estaba dispuesto a cualquier cosa, para sobrevivir. Estaba atrasado en la renta y el dueño del apartamento ya había puesto fecha limite para que le pagara o me amenazó con sacar mis pertenencias a la calle. También había prestado dinero a cada amigo que tuvo la mala suerte de cruzarse en mi camino.

Uno de ellos me puso por primera vez en contacto con un hombre de confianza de Gaby Portillo, alias «La Sicaria», quien se dedicaba al «lavado de dólares» producto de narcotráfico. Dinero que era transportado en cantidades al límite de lo legal, por un grupo de «mulas»; supuestos turistas quienes viajaban a paraísos fiscales como Panamá, Bahamas o Barbados, transportando dólares en efectivo, en billetes de baja denominación. Este dinero era reunido por un encargado en el lugar de destino, para ser entregado al contacto local, cerrando la transacción.

Al encargado del grupo le pagaban unos dos mil dólares, mientras que a las «mulas» se les pagaban trecientos a cada uno, más la estadía en un hotel y los pasajes de avión. Durante algunos meses estuve viajando como «mula» hacia Panamá y poco a poco me fui ganando la confianza del encargado de mi grupo. En esa época las autoridades empezaban a sospechar del movimiento de lavado de dólares, pero aun no habían entendido bien el sistema. Sin embargo en un día de suerte, para las autoridades del Aeropuerto de Panamá, detectaron a veinte pasajeros transportando mucho dinero en efectivo, los detuvieron a todos y lograron que varios confesaran que no era su dinero y que les estaban pagando por transportarlo. Ese día detuvieron al encargado del grupo y lo acusaron formalmente de transporte ilegal de divisas. Eso dejó un vacío en la estructura y por recomendación y aval del amigo que me había introducido a la organización, fui nombrado como nuevo encargado de grupo. El trabajo consistía en reclutar a veinte o treinta personas de mi confianza, capacitarlas, conducirlas al aeropuerto de salida, entregarles el dinero a cada una, acompañarlas en el avión, transportarlas del aeropuerto de llegada a un hotel, reunir el dinero, pagarles y entregar el total del dinero al contacto local.

En un día regular se transportaban unos docientos mil dólares en efectivo, por cada vuelo. Salían cinco vuelos diarios de mi país hacia Panamá, haciendo un total de un millón de dólares diarios, aproximadamente treinta millones de dólares al mes. Estas enormes cantidades de dinero, más la recurrencia de los mismos pasajeros viajando semanalmente al mismo destino, terminó de alertar a las autoridades quienes fueron incrementando los controles y logrando interceptar cada vez más grupos.

Sabiendo esto, «La Sicaria» se reunió con los encargados de grupo, para advertirnos de los controles, para exigirnos que escogiéramos mejor a nuestra gente y para amenazarnos en caso de que perdiéramos un cargamento.

Yo había estado cocinando en mi cabeza, una idea para reducir el riesgo de ser detectados. Empecé a aplicarla con mi grupo, seleccionando muy bien a cada miembro y preparando con anticipación una lista con las preguntas y respuestas más frecuentes, realizadas por las autoridades del aeropuerto. Hacíamos ensayos y les enseñaba a no ponerse nerviosos y guardar la calma. Creamos el perfil del turista adinerado que va a Panamá a casinos, hoteles, playas y restaurantes, pero que desconfía de las tarjetas de crédito y transferencias bancarias, así que prefiere llevar su dinero en efectivo.

A menos que la persona confesara transportar dinero por encargo, las autoridades no podían detenerlo, porque llevaba cantidades por debajo del límite que establecía la ley. Fue así que mis grupos empezaron a destacar y ser más efectivos. Esto atrajo la atención de nuestra «patrona», quien quiso saber detalles y se reunió conmigo para que le explicara mi método. Quedó impresionada por la sencillez de mi explicación y me encargó que se los enseñara a los otros jefes de grupo. Esto elevó mi estatus en la organización y así pude frecuentar más a la señora Gaby, de quien me fui enamorando.

Nadie sabia a ciencia cierta de la vida sentimental de nuestra líder, pero circulaban algunas «leyendas urbanas», respecto a su orientación sexual, a que había matado a varios de sus amantes, a que era la mujer de un importante «narco», pero mi favorita era que nadie había podido conquistar su corazón. A mi me sonaba a una oportunidad en un millón.

Gaby «La Sicaria» era la reina de su peligroso mundo. Su frase favorita era: «¡Antes muerta que sencilla!». Eso significaba que jamás la veríamos desarreglada, no importando las circunstancias. Me atraía su belleza natural, su magnetismo personal y la energía que transmitía a donde ella llegara. Nadie podía estar indiferente a su presencia. Hablaba siempre en voz alta, casi a gritos a veces y daba ordenes directas y claras. Siempre rodeada de un séquito de su confianza que cumplían la función de guarda espaldas y de mandaderos. Hombres y mujeres cuyas principales actividades en la vida eran cuidarla,atenderla y complacerla. A ellos no les era permitido tener vida personal, ni tiempo libre. A cambio tenían la vida asegurada, rodeados de lujos, buena comida, vivir en casas elegantes y transportarse en vehículos de último modelo.

Cuando pude acercarme un poco a ella, a base de buenas decisiones y resultados, pude ver mas allá de los mitos que la rodeaban. Vi una mujer protectora, maternal y algo insegura. Añorando algo que tal vez ella no podía discernir entre amor y protección. Algo que tuvo en su niñez, pero había perdido en algún momento de su pasado. Era la única llave que abría la puerta a su corazón. ¿Podría tener yo esa llave?

Nuestra relación transcurrió entre éxitos y fracasos sin avanzar un ápice, hacia la dirección de mis sueños, esperanzas y fantasías. Cada viaje exitoso era para mi una forma de decirle «que la quería» y «que podía protegerla». Sin embargo, durante mucho tiempo, no me dio ninguna señal de haber recibido el mensaje o de tener algún interés en mi, como hombre.

En ese tren de sucesos estábamos cuando llegó otro mes de julio y se «alborotaron» mis emociones. La música que escuchaba, como por ejemplo la melancólica balada del grupo «Scorpions», me recordaba la ausencia de personas que habían sido importantes en mi vida, pero que tomaron rumbos diferentes al mio. Estaba solo, rodeado de un mundo peligroso. Tenía dinero pero no compañía con quien disfrutarlo. Podía compararme el pastel más caro de la ciudad, sin tener con quien compartirlo. Ya para finales del mes, cierto sentimiento de tristeza se apoderó de mi mente, mi cuerpo y mi alma. A tal punto que todos a mi alrededor empezaron a notarlo. Los más cercanos a mi, sabían de mis «depresiones de julio», los demás creían que me estaba drogando o que había terminado alguna relación amorosa. También la Señora Gaby, notó mi cambio de semblante. Ella había visto que siempre actuaba con entusiasmo aun en las tareas mas denigrantes. Varias veces resaltó ante los demás mi positivismo y la forma en que convertía un problema en una oportunidad. Decía admirar mi capacidad de dirigir sin criticar a mis subalternos. De forma que cuando se hizo demasiado evidente mi estado de ánimo bajo, me llamó a su oficina privada y quiso saber la razón por la que había cambiado mi forma de actuar.

La primera reacción que tuve fue negarlo y tratar de demostrar que seguía siendo el mismo. De nada sirvió, para una mujer con la experiencia de «La Sicaria». Después de escucharme un rato, me dijo: «Supe que ayer fue tu cumpleaños, ¿es cierto?». Titubeando le respondí que si. Ella sonrió misteriosamente y me pidió que me animara, porque la tristeza y el enojo eran malos para el negocio. Yo me comprometí a ser el de siempre. Al final me pidió que regresara a su casa a las once de la noche, porque tenia un «encargo especial» para mi. Esa era una orden, que nadie en la organización se atrevería a desobedecer. De forma que a las diez treinta de la noche, ya estaba en la entrada de la casa de la Señora Gaby. Un guardaespaldas me revisó y me condujo a una sala, situada en el ala izquierda de la casa, alejada del ruido de la calle, casi internándose en el bosque natural que rodeaba la enorme propiedad. Allí espere por cuarenta minutos, retorciéndome las manos con la angustia de querer saber, ¿de que se trataba todo aquello?.

Después de las once de la noche apareció vestida con un coqueto vestido de puntitos blancos sobre fondo negro, pegado al cuerpo. Tacones altos, maquillaje y peinado de fiesta y un coqueto bolso de mano que hacía juego con su vestido. Luego de saludarme de beso en la mejilla, — algo que rara vez hizo con alguien — me preguntó si estaba listo para acompañarla. Tontamente se me ocurrió preguntarle que -¿a donde?-, pero con la frescura que le caracterizaba cuando se sentía en un ambiente de confianza me dijo: «¡A buscar prostitutas!». Nada podía haberme preparado para esa respuesta. Debo haberme puesto pálido, pero alcancé a decirle que: «Si, estoy listo».

Me dio las llaves de su automóvil mas lujoso y me dijo que yo iba a manejar. Salimos al parqueo y me apresuré a abrirle la puerta de atrás. Ella me dijo que quería irse adelante, así que le abrí la puerta de adelante. Cuando se sentó el vestido subió hasta el limite de lo que podía imaginar, dejando al descubierto un par de hermosas piernas blancas y tersas. Ella se aseguró de que yo las viera y disfrutó mi expresión de idiota. Traté en todo momento de guardar la calma y portarme profesionalmente. Atrás se subieron tres de sus chicas de seguridad, eran las tres más locas y alegres de su séquito. Desde que salimos había un ambiente de fiesta dentro del automóvil.

El destino era un prostíbulo llamado: «Las gatitas». La señora Gaby, iba en busca de una prostituta llamada Pamela, con quien se había puesto de acuerdo, para que se encargara de amenizar una fiesta, en la cual no se escatimarían recursos, ya que según dijo, «La Patrona», se trataba de celebrar una ocasión «muy especial».

Llegamos a la una de la madrugada, un día jueves. Fecha de pocos clientes, lejos aun del día de pago de fin de mes. Desde el momento en que nuestro grupo entró, encendió el ambiente y tenían una mesa preparada para nosotros. La señora Gaby, me dijo entonces: «!Feliz cumpleaños Bicho, te quiero mucho!». Habían cubetas metálicas llenas de cervezas y hielo. Cajetillas de cigarrillos de mi marca favorita. Colmillos de cocaína de «la buena», tubos de aluminio, hojas de afeitar y espejos para aspirar, con toda comodidad. Mucha comida y bocadillos. El salón principal estaba adornado con globos y un gran rótulo brillante con la leyenda: «Feliz Cumpleaños mi Perro». Supe al leer el rótulo, que había nacido algún sentimiento hacia mi en el corazón de Doña Gaby, nunca llamaba así a nadie. Las risitas y miradas de complicidad de sus acompañantes, me confirmaron lo que ya todos parecían saber. Esa era mi noche de buena fortuna.

Los meseros se apresuraron a cerrar las puertas de entrada del prostibulo. «La patrona» mandó a cerrarlo para nuestra mayor comodidad. Nos sentamos a tomar, fumar y aspirar coca por una hora. Doña Gaby se reía de nuestras ocurrencias y chistes, pero parecía estar observando cada una de mis reacciones. Me tocó bailar con cada una de las «guaruras» y con Pamela, por ser el único hombre del grupo. Pero también las chicas bailaban las canciones que les gustaban, entre ellas.

A una señal de Doña Gaby varias chicas del prostíbulo, se acercaron y se pusieron en fila frente a nosotros. Doña Gaby me dijo: «Escoge a dos chicas para que te hagan un baile especial por tu cumpleaños». No fue difícil para mi ya que había un par de chicas que resaltaban entre las demás. Eran altas, esculturales y con una cara mezcla de inocencia y perversión. Eran Pamela y Susan. En cuanto las escogí, subieron al escenario principal y el DJ les puso música electrónica, que les permitió lucirse en un baile frenético, pero muy bien realizado. Hubo una segunda pista de música de banda, que emocionó a una de las acompañantes de Doña Gaby, que se subió al escenario y se sumó al baile. Todos nos paramos de las sillas y fuimos al escenario a apoyar a «nuestra chica». Doña Gaby le hizo una señal casi imperceptible a Pamela, quien se acercó a la orilla del escenario y me llamó para que le diera una cerveza. Yo se la alcancé, pero me dijo que la cerveza era para mi y me preguntó -¿si quería tomármela en ese momento?-. Le dije, — si, claro — entonces la hermosa chica empezó a derramar la cerveza por su cuerpo, formando una catarata de dorado liquido que recorría desde sus firmes senos hasta caer por el «monte de venus». Todos empezaron a corear mi nombre, para que bebiera de ese «oro liquido» enriquecido con el sabor de la espectacular Pamela. Cuando la cerveza dejó de caer, se acercó Susan e hizo lo mismo pero derramando la cerveza por su espalda hasta caer por su perfecto «derriere», de donde también fui casi «empujado» a beber. Después ambas se quitaron las minúsculas tangas que tenían y bajaron del escenario a formar un sensual sandwich donde yo fui el «jamón». Otras chicas se acercaron también y en menos de un minuto me rodearon y empezaron a pelliscarme, besuquearme y acariciarme todas al mismo tiempo. La música subió de tono y sentí como alguien luchaba por desabotonar mi camisa y otra por quitarme el cinturón. Me hubieran desnudado en segundos, pero intervino sorpresivamente Doña Gaby, sacándome del tornado de lujuria y desenfreno en que estaba metido. Me tomó de la mano y me condujo en silencio a una habitación. Solo escuché un largo «huuuy» de las chicas y un grito de Pamela «¡Vayan a coger!».

Ya en la habitación Doña Gaby asumió el rol de «Dominatriz» y no permitió que yo hiciera nada. La iniciativa fue toda suya y después de una hora de explorar placeres que yo no conocía, se acurrucó a mi lado y se volvió una de las «gatitas» de aquel lugar. Un poco más tarde, me contó que ella había trabajado antes allí, donde conoció a un importante «narco», que fue quien la introdujo al mundo del lavado de dinero, pero que nunca quiso casarse con ella.

Eran ya las cinco de la mañana, afuera seguía la fiesta. Pero nosotros nos dormimos por un par de horas. Yo desperté antes que ella y disfruté por casi media hora del más hermoso espectáculo que un hombre puede ver: «La mujer de sus sueños durmiendo tranquila y confiadamente a la par de uno». No era común ver a Gaby vulnerable y relajada. Parecía una niña tomando la siesta, lejos de los peligros y problemas del mundo.

Unos golpes en la puerta la despertaron, ella había pedido que le avisaran cuando fueran las ocho de la mañana. Tenia una llamada importante que hacer. Abrí la puerta envuelto en una sabana y una de las chicas de seguridad entró, no sin antes dirigirme un rápido vistazo, para entregarle un teléfono a Doña Gaby. Luego se fue y cerré la puerta de nuevo. Gaby retomó el papel de «La Sicaria» y llamó a su «dealer» principal. Tenían una historia de discusiones y «malas cuentas» respecto a la distribución de drogas y blanqueado de dinero. Hablaron en una clave que solo ellos conocían. Gaby se miraba regia en su postura de «patrona» a pesar de estar desnuda. Sus pechos al aire se movían al ritmo de sus acentuaciones mientras discutía con el «dealer». Yo me recosté de lado en la cama y me deleitaba con cada gesto y cada movimiento de la mujer mas sexy del mundo. Mi Gaby. La conversación terminó abrutamente y Gaby no pudo ocultar una sombra de preocupación que arrugó ligeramente su frente.

Sin decir nada se recostó de lado, de espaldas a mi, como queriendo encerrarse y no mostrar la cara. La dejé por unos minutos, pero luego me pegué a su cuerpo y quise darle un masaje en la espalda, para que se relajara. Funcionó muy bien, pude sentir sus reacciones involuntarias cada vez que mis manos bajaban por su espalda y subían de nuevo para detenerse en el cuello y en sus hombros. Ella busco pegarse más a mi. Esa fue la señal que terminó de encender la hoguera entre ambos. Las caricias se hicieron más profundas y abarcaron todo su suave cuerpo. Le agregué muchos besos y pequeñas mordidas en el cuello y su espalda. Esporádicos besos en los labios y muchas, muchas caricias. Gaby se volteó hacia mi suavemente y entonces hicimos realmente el amor. Esa era la verdadera Gaby, entregándose voluntariamente, con toda su energía y pasión. Nada puede superar eso. Fue un sueño cumplido para ambos. Pero un sueño que no podía durar para siempre.

Nos quedamos media hora abrazados, riéndonos de la fiesta y de las locuras de sus guardaespaldas. Gaby sabía que tenia que irse pero no quería hacerlo. Dos veces hicimos el intento de levantarnos y vestirnos, pero siempre surgía otro tema de que hablar y volvíamos a meternos entre las sábanas y a enredar nuestras piernas, como para no dejar que el otro se escapara de la cama. Pero es difícil escapar de la realidad por mucho tiempo, como los enamorados quisieran. Porque si; ese día Gaby y yo nos confesamos una atracción y un deseo mutuo que sobrepasaba los limites normales y pedía a gritos, complacer al cuerpo y al alma. Lo hicimos en grande. Gaby me comentó que tenia años de no divertirse tanto y de forma tan natural, sin compromisos de trabajo o de familia. Solo un grupo de locos armando «fiesta» y un hombre que sabia como complacerla y entenderla.

A las diez de la mañana una de sus asistentes volvió a tocar la puerta y le pasó un mensaje urgente. Esta vez tuvimos que vestirnos apresurádamente y la conduje de nuevo a su casa. Apenas espero a que detuviera el automóvil y salto con dirección a su oficina privada. Yo me quedé en el vehículo esperando instrucciones, recordando cada detalle de aquella noche de farra. Nada podía quitarme la sonrisa. Media hora después, Gaby me mando a llamar por medio de una de sus asistentes. Entré a su oficina y volvimos a quedar solos. Tampoco podía quitarse la sonrisa de los labios. Nuestras miradas se cruzaban en una complicidad evidente. Me atreví a invitarla a almorzar. Le gustó la idea, según me dijo llevábamos más de doce horas juntos y aun no quería alejarse de mi. Yo tampoco. Ella eligió el lugar, era una marisquería gigantesca, donde según me dijo, solían terminar sus mejores fiestas. Era muy conocida allí y la atendieron a cuerpo de reina. Disfrutamos de unas cervezas algo de comida y después de un par de horas, Gaby se puso seria y callada. Su mirada perdida en el techo no me auguraba nada bueno. Le pregunté si se sentía bien. Tardó en responderme pero después de un suspiro profundo me dijo: «Me gustas mucho y disfruto de estar contigo, pero lo nuestro es imposible». Recordé las leyendas respecto a sus relaciones sentimentales. Estaba a punto de saber cual de ellas era la verdadera.

Continuó después de un rato: «Junto a mi, tu vida corre peligro y eso me haría vulnerable, serias una distracción que no puedo darme el lujo de tener. Enamorarme es malo para el negocio.» Intenté protestar, pero con un gesto me pidió silencio. Dijo después: «Necesito que te vayas de la ciudad, estas despedido y te pido que nunca me busques o trates de llamarme, mi equipo de seguridad sabe como actuar en estos casos». Supe que no podía decir nada y escuché calladamente su frase final: «Gracias por ayudarme a recordar que soy sólo una mujer, jamás te olvidare, mi perro lindo». Se levantó de la mesa, me dio un último beso y después se fue.

Cumplí con irme de la ciudad, como indemnización recibí una bolsa con aproximadamente una libra de cocaína pura, la cual al venderla me permitió establecerme cómodamente en una ciudad lejana.

De vez en cuando una sonrisa se apodera de mis labios, cuando recuerdo esa noche de parranda con «La Sicaria».

Escrito por: Javier España