La vaca, el estudiante y el Profesor Hawking

“El mayor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, es la ilusión del conocimiento.” — Dr. Stephen Hawking

La pequeña ciudad de Cambridge es especial por más razones de las que tengo espacio para describir aquí. Desde las horas que se pasan procrastinando por tratar de entender la lógica de la vida social de los patos que navegan el río Cam, hasta lecciones que transforman la forma en la que se aprecia la realidad que nos rodea, es la combinación ideal entre esparcimiento, dedicación e inspiración. Una isla iluminada por el conocimiento en medio de un mar oscuro de causas y efectos que algunos denominan “suerte”.

Hace poco, una de las luces más brillantes de esa isla se apagó para volver a formar parte de la materia que compone el universo que lo fascinó por tanto tiempo. Stephen Hawking no fue únicamente uno de los cosmólogos más distinguidos de su generación. A pesar de la enormidad de sus descubrimientos, reducirlo a su campo de estudio o sus publicaciones no sería justo para una persona cuyo principal impacto fue su ejemplo — su lucha constante por mantenerse activo y positivo a pesar de las adversidades y su misión de traducir y de compartir el mensaje de la ciencia y la razón. Pensando en esas lecciones ocultas, me doy cuenta de su aplicabilidad a asuntos que tienen un impacto directo en nuestras vidas. A mí en particular, me dejó una lección bastante distinta a las que solía impartir en los auditorios de la Universidad.

Conocí al Profesor Hawking durante el otoño del año pasado en Cambridge, donde tuve el privilegio de pellizcar algo de conocimiento y lecciones de vida. Siempre tuve la esperanza de verlo de lejos en algún momento, pero esa mañana extrañamente soleada abrí la puerta y ahí iba, rodando por Malting Lane junto a su enfermera. No solo eso, sino que iba en la misma dirección en la que mis amigos (ticos que me estaban visitando por solo un día y que no se lo podían creer), mi pareja y yo nos dirigíamos. Tratando de mantener nuestra compostura ante el Profesor, esperamos pacientes a que el semáforo peatonal se pusiera en verde, cruzamos la calle y luego me adelanté unos pasos para abrirle uno de los portones que nos separaban del próximo trayecto. Ya con eso, yo me sentí como la persona más realizada de este planeta. Luego de ese portón, estaba un pequeño campo que -como es usual durante la mayor parte del año- tenía algunas vacas jóvenes pastando. Al darme la vuelta, me percaté de lo que eso significaba para el Profesor, ya que una de esas vacas estaba plantada en medio del camino, con una mirada fija en un primate que, a diferencia de los demás que había visto durante su corta vida, rodaba y se movía más rápido de lo normal. La vaca tenía claro que este primate era peligroso y, de cara a esta amenaza, se plantó aún más y comenzó a bajar su testa. En ese momento, mis instintos ticos se activaron, corrí hacia el animal confundido y por mi mente pasaron todos los momentos en los que acompañé a mi padre, un gran veterinario, en sus andanzas por fincas guanacastecas y alajuelenses. De él había aprendido, casi que por osmosis, la habilidad –en ese momento y en ese lugar, el super poder– de mover a una vaca con un simple sonido (un ¡Ooo! ¡Ooo!) y una moción de mis brazos. Por supuesto, funcionó y la vaca se movió con uno de esos trotes torpes clásicos de su especie al lado del camino. No sin antes ahuyentar a un par de vacas más, me volví y me encontré con que el Profesor tenía una sonrisa genuina en su rostro -casi una risa- que me decía silenciosamente “¡Esas vacas siempre atravesadas! Eso estuvo divertido. Muchas gracias por ayudarme.” Poco después nuestros caminos divergieron y lo vi alejarse mientras que estudiantes, académicos y turistas se detenían a saludarlo o simplemente admirarlo.

La actitud que adoptamos frente a los muchos problemas y decisiones complejas con los que nos enfrentamos diaria o rutinariamente, definen el tipo de persona que somos. Podemos ser la vaca, siempre cuidadosa y hostil frente a los cambios y a lo diferente; podemos ser el estudiante, que por un tiempo realiza un esfuerzo por sobresalir y encontrar soluciones creativas pero que eventualmente consigue un trabajo de 9 a 6 para poder consumir y encontrar su propia versión de la felicidad, dejando de lado la curiosidad que un día lo consumió y sintiéndose satisfecho con asistir a los que mueven las palancas; o podemos ser el Profesor, que a pesar de condiciones adversas mantiene una curiosidad insaciable, se consume en un cosmos de complejidad para entender los engranajes de su universo personal y es exitoso en sus proyectos de vida mientras que encuentra una fracción de la verdad, siempre listo para disfrutar los detalles pequeños, comprendiendo que en el gran esquema de las cosas él o ella no es tan importante.

Estos personajes no son exhaustivos de las perspectivas que podríamos adoptar ante los retos que se nos presentan y en muchas ocasiones están entremezclados. Lo más probable es que en cada uno de nosotros haya un poco de la vaca –dejando cualquier connotación culturalmente peyorativa de ese animal de lado–, un poco del estudiante y un poco del Profesor.

No creo que nos corresponde juzgar por qué, sino únicamente tratar de ser empáticos. Por supuesto que para que todos tengamos al menos la oportunidad de ser el Profesor de esta historia, o inclusive en muchos casos el estudiante, necesitamos realizar ajustes enormes a nuestras sociedades. Mientras que se mantengan los niveles imperantes de desigualdad y nuestros gobiernos no mejoren la efectividad de sus políticas públicas, esas oportunidades estarán reservadas para muy pocos y continuará existiendo la mentalidad de miedo y apatía de la vaca. Seguiremos dándole más valor a nuestras emociones y a nuestros prejuicios que a nuestra capacidad para razonar.

No obstante, yo les pregunto: en las pequeñas decisiones que conforman su diario vivir y en sus proyectos personales, pero en especial frente al escenario político al que nos enfrentamos actualmente, ¿ustedes quiénes prefieren ser? ¿La vaca, el estudiante o el Profesor?