¿Regreso al futuro? ¿o al pasado?

La que se ha liado esta semana…

Que resulta que los de Regreso al Futuro viajaban esta semana hasta nuestros días y las Redes Sociales se llenaban de homenajes y de guiños. Sí, aunque no hubieses visto la película, pero tocaba ser cool.

¡Cómo hemos cambiado!… Y nuestras oficinas, ¿qué? Recordaba estos días dos de ‘mis’ películas, El Apartamento y Uno, dos, tres, ambas de Wilder, en las que aparecen unas oficinas inmensas con mesas ocupadas por máquinas de escribir y la gente tecleando sin cesar durante horas… sí, esa imagen que a todos nos viene el último día de vacaciones. Cuando la pesadilla del calor asfixiante es sustituida por la pesadilla del aire acondicionado. Somos así de divertidos…

¡Ay la gran ciudad! Esa pecera repleta de tiburones y peces payaso… y abarrotada de ‘paparruchas’. Una organización laboral y unos horarios adaptados a no sé qué y a no sé quién. Sí, hoy ha tocado cambiar la hora para un montón de cosas buenas… ¿de verdad? Y una fama merecida de vagos y a la vez de esclavos del trabajo. Y no es genética. Es una cuestión social y cultural. Ya veréis, ya…

En países como el nuestro, trabajar se sigue considerando de necios y el nec otium choca directamente con la nobleza del alma. Una pena, porque no podremos disfrutar de ciertas ventajas que podemos ver en países luteranos. Nosotros, los guapos del sur europeo, nos hemos creído, y así se ha instalado en nuestras mentes, que el trabajo envilece y que es un castigo divino que da derecho a que el jefe se ensañe con nosotros. Ya sabéis, los currantes nos lo tenemos merecido… y más.

Ni la tecnología ni las mejoras en los procesos nos han servido de nada. Bueno, el teletrabajo si. Lo aprovechamos al máximo, con grados importantes de masoquismo en algunos casos. Teletrabajo en todas sus variantes, como la nonstop working patrocinada por los smartphones. Sí, teléfonos inteligentes les llaman. Anda que…

Ahora decimos, ‘tranquilo, estoy siempre conectado’. Así que ya pueden enviarnos un mail eterno que lo leeremos sin problemas en la pantalla ridícula de un móvil cada vez más grande y hacerlo en cualquier momento: mientras estamos trabajando, comiendo… y supongo que alguno habrá que lo hará mientras está en labores de cama propias de su sexo y del otro. No sé, ese dato no figura en el acuse de recibo.

Estas formas de esclavitud modernas y que tanto apreciamos, y de las que, sintiéndolo mucho, ya no nos despegaremos, surgen en el momento en el que los avances tecnológicos están en su máximo esplendor. Tenemos en nuestras manos mucha, muchísima más potencia que la que llevó al hombre a la luna y nos hemos centrado en hacer cada día el mejor selfie o aumentar el número de followers. Innovación y tecnología punta para trabajar menos y ser igual de productivos. ¡Qué cracks!

Y que eso no coincida con un mejor reparto del trabajo es porque algo terrible ha tenido que pasar en nuestras cabezas. Sí, también en la de los países de cultura luterana. Sí, esos tan bien organizados que tienen mucho más tiempo libre. Vamos mal, vamos en caída libre, rodeados de grandes comodidades eso sí, pero en caída libre.

Thomas Pikkety lleva tiempo explicándolo una y otra vez. Ese ‘problemilla’ que parece medieval de cómo se está repartiendo la riqueza. Un 1% de la población ‘amasa’ el 99% de la riqueza. Y ese 99% restante, da igual la condición, sexo, religión, cultura… se lleva el 1%… y nos lleva, no a repartir el trabajo, sino a quitárnoslo los unos a los otros. Y cuando estamos en un momento en el que la tecnología nos permitiría reducir jornadas a niveles inimaginables hasta en el Paraíso, resulta que solo lo hacemos para aumentar la rentabilidad de las empresas y que eso repercuta en sus cotizaciones bursátiles. Podríamos subsistir trabajando todos menos horas. Sí, todos. Y resulta que está ocurriendo lo contrario. Y cuanto más lees, más criterio y opinión, pero, y esto sí que es una desgracia, cada vez se hace menos.

Viendo este panorama y triste espectáculo que la sociedad está dando, pienso en si sería bueno ‘apuntarse’ a estas corrientes, puede que peregrinas, quizás utópicas, de la necesidad de plantearse el decrecimiento. Buscar un crecimiento no basado en el PIB, sino en la calidad de vida. Ya, muy hippie todo. Muy de autoproducción de energía sin impuestos. Muy de ayudarse los unos a los otros. Muy de economía colaborativa y de emprendimiento social.

Pero paraos a pensar. Sí, puede que esté pidiendo un milagro. Pero haceos ese favor. Os lo digo yo, que curro más horas que yo qué se… Deteneos un momento y pensad en lo bueno de esa idea. Crecer en calidad de vida y frenar el crecimiento en PIB, que no para de consumir recursos y nos convierte en depredadores sin escrúpulos… ¿con guerra mundial como consecuencia final?

Paraos, pensad y respondedme: ¿mola o no mola? Yo creo que un mundo mejor es posible y entre todos será más fácil… Siempre!!!

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