¿Una copa?

Venga, claro que sí, por favor. La camarera deja caer unos cuantos cubitos de hielo, ha abierto una nueva botella de ron. ¿Para mi? Que va, pero me ha hecho ilusión, sobre todo cuando, buscando mi complicidad, ha sonreído mientras el líquido bronce va bailando sobre los hielos.

Dejo mi Lamy y cierro la Moleskine, igual que cerré mi maleta en aquel viaje a República Dominicana hace ya veinte años.

Y es que hay lugares que se quedan para siempre grabados en nuestra mente. Y esa sensación se prolonga con el primer trago. ‘¿Está bien así?’, me dice. Está fantástico.

El avión, vía Miami, la llegada a las tantas, el calor húmedo, un olor inconfundible, un mar indescriptible… como el de las fotos, y ese momento, el de llegar a ese hotel colonial en el que dejas todo lo que llevas a un lado y te dejas caer sobre una cama virgen de sábanas blancas. Sí, has llegado.

Mientras los hielos iban perdiendo consistencia y se deshacían con el ron, moví mis pies como recordando aquel paseo por la playa de Bávaro. Éramos tres Amigos, Eliseo, Juan y yo. Nos habíamos propuesto que fuese un viaje inolvidable. Un premio a un año de mucho e intenso trabajo. Era el escenario perfecto para una de esas películas en las que todo sale bien. ¿Y salió? Tenía que haber dejado el móvil en la habitación. Pasó a mejor vida en la orilla fruto de la ‘brisa salvaje del Caribe’.

Un despiste. El dejarse llevar por la magia del Caribe y en la que la puesta de sol invita a darse un chapuzón de última hora. Así, como estés, con lo que lleves. Incluído el teléfono. Un momento, como decía mágico, en la que la gran cantidad de peces, parece que te sonríen cuando sumerges la cabeza. Sentí como el turquesa se mezclaba con otro azul, y otro azul, otro azul más… y sí, muchos más azules.

Las risas de todos nosotros se convirtieron en la mejor de las bandas sonoras. Siempre respetando los mejores ritmos caribeños.

Y llegó la hora. La hora en la que los azules pasan a ser dorados. Y descubro que aquello de mi bolsillo no era una caracola cogida en las profundidades. ¡Era mi teléfono! Pero lejos de dramas, tristezas… hubo risas. A carcajada limpia lo lancé lo más lejos que pude.

Y de ahí, el dorado y el violeta de después se volvió negro. Tocaba volver hacia la luz. Disfrutar de un pequeño oasis sin lujos. De su ron, su fruta recién cortada y una fantástica cena a la luz de la luna doble… la propia y la que se refleja en el mar.

Uy! Ha vuelto la camarera. ¿Puede ponerme otra copa, por favor? Ha dejado esa maravillosa copa de ron a mi lado y me he dado un baño de melancolía con las mismas ganas de entonces.

No guardo fotos de aquel viaje, quizás algún negativo, y un premio que gané con una de ellas. Será por eso que he disfrutado y saboreado tanto esa copa. Tocaba volver con los sentidos.